La inflación de los alimentos es difícil de digerir para los bancos centrales | Opinión

Cuando sube la inflación, la energía suele dar el primer golpe. Pero son los alimentos los que dejan el regusto amargo. Esto plantea un gran problema a los bancos centrales que sopesan cómo reaccionar ante el cierre del estrecho de Ormuz. Aunque frenen el gasto subiendo los tipos, a las familias en apuros les costará mucho reducir el gasto en alimentación.

Hasta ahora, la principal preocupación de inversores y autoridades respecto al conflicto de Oriente Próximo ha sido la interrupción del suministro de petróleo y gas. Pero el riesgo para la cadena agrícola mundial es igualmente grande. Los principales países del Golfo aportan un tercio de las exportaciones mundiales de urea, ingrediente clave de los fertilizantes. La inflación de los alimentos también suele seguir a la energética: el transporte supone el 20%-40% de los precios finales de los alimentos, según Bank of America, y el gas es un insumo clave para producir fertilizantes. Los precios del arroz, el algodón, el aceite de palma y el azúcar, entre otros productos básicos, ya han subido.

Es cierto que los precios de los insumos alimentarios no suponen un impacto máximo en este momento. A fecha de la semana pasada, el S&P GSCI Agriculture, que sigue la evolución de ocho materias primas agrícolas, seguía un 1% por debajo del nivel del año anterior, pese a que el S&P GSCI Energy había subido en torno a un 40% en el mismo periodo. Esta desconexión entre los precios de la energía a corto plazo y los agrícolas refleja las expectativas de que el conflicto sea de corta duración. A diferencia de la invasión de Ucrania, que eliminó de repente una parte importante del comercio mundial de alimentos, la escasez de fertilizantes surge gradualmente a través de la reducción de los rendimientos de los cultivos a lo largo de varias temporadas de siembra. No obstante, los patrones históricos sugieren que la subida del petróleo y el gas que ya hemos visto debería ser suficiente para impulsar al alza los productos agrícolas en un 12%.

Puede que eso no parezca dramático. Los investigadores han descubierto que solo el 10%-20% de las subidas de los precios de los alimentos se repercuten en los compradores finales. Las tendencias de 2022 y 2023 sitúan esa cifra en un 15%, según la OCDE. Así, una inflación del 12% en las materias primas agrícolas supondría un alza de los precios en los supermercados del 1,8%. Una de las razones de este traspaso en apariencia modesto es que las tendencias de la agricultura nacional suelen pesar más, con independencia de lo que ocurra en los mercados internacionales. Otra es que la inflación de los alimentos ha caídp de forma constante en los países ricos durante las últimas cinco décadas.

Esto concuerda con la ley de Engel, llamada así en honor al estadístico del siglo XIX Ernst Engel: a medida que las personas se hacen más ricas, dedican una menor proporción de sus ingresos a alimentación y bebida, razón por la cual los alimentos han pasado de constituir un cuarto de la cesta de la compra en EE UU en los años 70 al 16% actual. Además, los alimentos procesados han reducido la cantidad de materias primas incorporadas en los productos finales. En las economías desarrolladas, el petróleo y el gas suelen ser mucho más volátiles que los alimentos. Y se trasladan a los precios al consumo el doble de rápido.

Inflación subyacente

Pero lo que más importa a los bancos centrales no es la inflación general, que subirá mecánicamente junto con los precios de las materias primas. La métrica clave es, en cambio, la inflación subyacente, que se obtiene excluyendo los elementos volátiles. Su objetivo es mostrar si es probable que los precios entren en una espiral alcista. Una escasez de suministro de insumos básicos eleva los costes en todos los sectores. Esto genera efectos de segunda ronda, a medida que los trabajadores buscan salarios más altos para compensar la pérdida de poder adquisitivo y las empresas suben los precios para preservar sus márgenes. La semana pasada, la presidenta del BCE, Christine Lagarde, afirmó que se centrará especialmente en la duración de estos efectos. También señaló que algunos son “no lineales”: que se intensifican cuando los niveles de inflación son altos.

Los alimentos juegan un papel fundamental en ambos aspectos. Siguen suponiendo el doble de gasto para el hogar medio que la energía, y son también la compra más frecuente. Así que tienen un peso desproporcionado en la percepción de cómo están subiendo los precios hoy en día, y de cuánto subirán en el futuro.

Los responsables de fijar los tipos consideran este último factor, conocido como expectativas de inflación, como un motor clave de las demandas salariales arraigadas. La experiencia post-2022 demostró que, en un momento de interrupciones en el suministro, la inflación de los alimentos puede volver de repente con fuerza: unos cuatro meses después de que las subidas de los precios de la energía ya hubieran alcanzado su punto álgido, los alimentos crearon una segunda ola inflacionista. Esto supuso un quebradero de cabeza para el Banco de Inglaterra hasta bien entrado 2025.

Lo mismo podría volver a ocurrir. Un análisis de regresión de Breakingviews sobre datos de la OCDE de 1971 a 2025 sugiere que, si el componente de alimentos y bebidas del IPC subiera tanto como el energético, tendría un impacto diez veces mayor sobre la inflación subyacente.

Un aumento mensual puntual del 1,8% en los precios de los alimentos elevaría inicialmente la inflación subyacente en solo 7 puntos básicos, mientras que una crisis energética del 11% la elevaría en 11 puntos básicos. Pero los efectos de los alimentos tendrían más inercia, sumando 50 puntos básicos a la inflación un año después, frente a los 43 de la energía, y tardando seis meses más en disiparse. En conjunto, estas dos perturbaciones hipotéticas pero plausibles elevarían la inflación subyacente del 3,6% a un máximo del 4,5%, calculamos. Si los precios de la energía subieran aún más en una perturbación prolongada, los efectos inflacionistas serían aún más pronunciados.

La inflación subyacente se mantendría por debajo del máximo pospandémico del 7,7%, lo cual tiene sentido: hace tres años, las economías avanzadas tenían un paro más bajo y un enorme ahorro acumulado, lo que permitía a la gente seguir gastando y negociar contratos salariales más sólidos. Los responsables del BCE, el Banco de Inglaterra y la Reserva Federal saben esto, así como el hecho de que unas tasas más altas no abordarían la fuente de la inflación: la escasez de materias primas.

Pero, como reconoció Lagarde, las autoridades monetarias seguirán tomando medidas para frenar la economía si la inflación se aleja aún más del 2%. No obstante, la ley de Engel también funciona a la inversa: los hogares pueden reducir las comidas fuera de casa y cambiar a marcas más baratas, pero la demanda de alimentos solo puede descender hasta cierto punto. Al aumentar los costes de financiación para los productores de bienes primarios, las autoridades pueden, de hecho, empeorar la situación.

Esto es especialmente cierto en los mercados emergentes, donde los precios en los supermercados están más estrechamente vinculados a los precios de las materias primas y los alimentos representan entre el 20% y el 60% de la cesta de la compra. Nuestros cálculos sugieren que la inflación subyacente de esas economías alcanzaría un máximo de 120 puntos básicos por encima de los niveles actuales, dado el mismo aumento del 40% y del 12% en la energía y las materias primas agrícolas, respectivamente.

La energía ya plantea un difícil rompecabezas a los bancos centrales. Si a ello se suma una crisis alimentaria, la probabilidad de que den con la solución adecuada se desploma.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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