La disputa por el dinero del futuro | Negocios

Para la anhelada autonomía geopolítica, Europa busca reforzar el papel del euro en una arquitectura financiera global centrada en el dólar estadounidense: una moneda presente en casi el 90% de las transacciones globales de divisas y que denomina cerca del 60% de las facturas del comercio mundial, de los títulos internacionales de deuda y de las reservas oficiales de bancos centrales.

Este predominio financiero contrasta con el tamaño relativo de la economía estadounidense, que representa sólo el 15% del PIB real mundial y en torno al 12% del comercio global; cifras similares a las de la Unión Europea y siendo paulatinamente superadas por China. Pero esta divergencia entre peso económico y liderazgo financiero no debiera sorprender. Ya en el siglo XVII, pese al alcance imperial de España, la primacía financiera pasó del real de a ocho al florín neerlandés. La escala económica importa, pero no basta.

¿Qué más es necesario? Junto a la fortaleza económica, existen otros tres factores clave para sostener una arquitectura financiera global: inmunidad a coerción geopolítica (poder militar), garantías y confianza (institucionalidad) y eficiencia (liderazgo tecnológico).

En el plano militar, Europa está rezagada; en el institucional, en cambio, el equilibrio se inclina cada vez más a su favor. Al creciente uso del sistema financiero estadounidense como instrumento de presión —tanto frente a países como a individuos— se suma el deterioro fiscal: crece el riesgo de que EE UU acabe licuando por inflación una deuda pública que ya ronda el 120% del PIB. Recordemos que el surgimiento del Banco de Ámsterdam encontró terreno fértil tras las reiteradas suspensiones de pagos de Felipe II. Sin credibilidad no hay sistema; perderla es fácil, recuperarla no.

Con empate en los tres primeros pilares, el cuarto —la tecnología— resulta decisivo. Mientras EE UU apuesta por la creación privada de dólares (stablecoins), el BCE avanza en la emisión del euro digital. Pese al intenso debate, se trata de innovaciones tecnológicas más que financieras: una mayor digitalización de los mercados monetarios por parte de EE UU y del propio dinero por el BCE. Cabe preguntarse si no falta ambición en Europa. Porque la primacía de Ámsterdam surgió de auténticas revoluciones financieras más que tecnológicas —como la creación de la Bolsa o los precursores de los repos— que transformaron la liquidez y profundidad de los mercados.

En un mundo más fragmentado, donde el liderazgo económico se reparte entre varios polos, la innovación financiera será clave. Ideas no faltan: hace más de ocho décadas, Keynes planteó sin éxito una cámara de compensación global entre economías afines para prescindir de una moneda hegemónica. Conviene pensar con esta ambición, porque la verdadera autonomía no consiste en ocupar el centro del sistema, sino en ser capaz de transformarlo.

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