La apuesta renovable o la libertad de poder decir no a la guerra | Opinión
La economía española depende de lo que pase en el mercado del petróleo. Históricamente no hemos tenido capacidad de maniobra, con la salvedad de la gestión de las reservas estratégicas que garantizaran el abastecimiento en el corto plazo, porque la volatilidad e incertidumbre que rodean el mercado del crudo son intrínsecas a las características geopolíticas de los países productores y a la generación de conflictos bélicos en los que el petróleo ha sido un elemento desencadenante.
Desde 1973 hemos sufrido las consecuencias de las manipulaciones del mercado del petróleo motivadas por intereses económicos que han dejado huella en el desarrollo económico de los países que son dependientes de los combustibles fósiles y carecen de recursos energéticos, la mayor muestra de debilidad económica. Esto se traduce, en definitiva, en la imposibilidad de abastecer, de manera autónoma, nuestras necesidades básicas y de proyectar un horizonte de progreso sin los sobresaltos que ocasiona estar permanentemente a la espera de la próxima crisis. No podemos olvidar, como puede verse en el gráfico, que la evolución de los precios del petróleo ha estado influenciada por sucesos ajenos a la evolución de la oferta y de la demanda en el mercado.
La cartelización de los productores de petróleo fue una de las causas principales de las crisis de los años setenta. Su poder les permitió que, entre 1973 y 1979, se multiplicara por 10 el precio de crudo. Ese poder que ostentaban ha sido sustituido por acciones no pacíficas en las zonas de extracción de petróleo. Podemos observar los efectos en el precio de la guerra de Irán-Irak, la invasión de Kuwait, la llamada Primavera Árabe, las consecuencias del atentado de las Torres Gemelas, la invasión de Ucrania o, ahora, del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán. Desgraciadamente, como norma, en todas ellas, constatamos que la volatilidad de precios ha dado paso al inicio de procesos de recesión.
También tenemos que considerar la relación unívoca del consumo de fósiles con el agravamiento del cambio climático. De hecho, es la razón principal por la que algunos países han reforzado la voluntad de impulsar un cambio en su política energética para conseguir proyectar nuestras ilusiones e iniciativas sin que estas dependan de aquellos que controlan los mercados de la energía.
La Unión Europea, a raíz de la penúltima crisis provocada por la manipulación de los mercados por parte de Rusia, como antesala de la invasión de Ucrania, puso en marcha el Paquete Verde Europeo para reducir la dependencia e incrementar la seguridad de abastecimiento energético y los esfuerzos en la lucha contra el cambio climático. Esta apuesta está refrendada por la evolución tecnológica e industrial de las fuentes de energía renovables que permiten competir económicamente con los fósiles y romper la incertidumbre permanente sobre la seguridad de suministro y la volatilidad de los precios de la energía.
Hemos sufrido las consecuencias de que Rusia, como suministrador energético principal de Europa, manipulara el precio de los combustibles fósiles. Un chantaje que, sumado al modelo marginalista de fijación de precios, hizo que, en marzo de 2022, la electricidad alcanzara los 545 euros/MWh, 8,5 veces el precio medio de 2025. Estamos viendo ahora cómo, tras dos semanas de conflicto bélico, el petróleo ha llegado a cotizar en torno a los 120 dólares el barril, partiendo de unos precios estables por debajo de los 70 dólares, y la incertidumbre se ha hecho dueña de los mercados. Este incremento dispara directamente contra nuestra línea de flotación macroeconómica, ya que por cada 10 dólares de subida del precio del barril de petróleo, en cómputo annual, nuestro déficit comercial se deteriora en 4.000 millones de euros, un 0,23% del PIB. Si lo analizamos desde la perspectiva del consumidor, los precios finales del diésel, la gasolina o la electricidad ya reflejan las consecuencias, aunque no haya razones para validar la celeridad de su aplicación, instando al gobierno a volver a tomar medidas.
Nuestra posición de debilidad energética y de dependencia se resuelve aprovechando lo que tenemos, que son las fuentes de energía renovables y que ya han demostrado su capacidad para generar electricidad con menos coste. Una menor dependencia energética nos da libertad como país, nos permite mantenernos al margen de conflictos que se han originado por la voluntad de controlar el petróleo y que introducen incertidumbres, tanto en la seguridad de suministro como en la consolidación de nuestros planes de crecimiento. En definitiva, poder decir no a la guerra manteniendo nuestra apuesta por el diálogo para la resolución de conflictos en el ámbito internacional será posible si nuestro futuro rompe con la dependencia energética de quienes los promueven con el objetivo de incrementar el control sobre el petróleo.
El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) es un primer paso hacia la independencia y la competitividad. El desarrollo acompasado de todos sus objetivos –electrificación, eficiencia, renovables, almacenamiento, gestionabilidad del sistema…– debe permitirnos forjar un futuro con menores incertidumbres y dependencias de quienes, por la fuerza, intentan alterar el orden multilateral del que hemos disfrutado. El cumplimiento del PNIEC, en términos de reducción de la dependencia gracias a las renovables, supondrá, con los precios actuales, un ahorro económico en 2030 por encima de los 95.000 millones de euros, un 5,5% del PIB.
Tenemos una ingente labor por delante, pero esta depende de nosotros y de poder cumplir la apuesta de país por el aprovechamiento de los recursos renovables, de los que disponemos en mayor abundancia que otros países de nuestro entorno. La eliminación del marginalismo, que otorga a los fósiles la potestad de fijar los precios del mercado mayorista, hacer que el despliegue renovable vaya acompañado de las medidas que permitan aprovechar su capacidad de producir y disponer de electricidad a menor coste o conseguir que el viento, el sol y el agua sean considerados bienes comunes para uso y disfrute de toda la sociedad son tareas que están por desarrollar.
La historia ha anclado nuestro progreso económico y la cobertura de nuestras necesidades energéticas al designio de países con dudoso comportamiento, tanto a favor de los derechos humanos como de respeto al derecho internacional. Tenemos en nuestras manos romper, al menos, el anclaje energético, contribuyendo, además, a luchar contra el cambio climático. La libertad y las oportunidades de futuro como país están en mantener la ambición renovable y romper el yugo fósil y en apostar por una economía más verde, estable, independiente y segura.
