sáb. Abr 11th, 2026

La amenaza de Trump a Irán: El lunático estaba aquí abajo en la Tierra | Opinión

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Se acababan de completar las seis misiones tripuladas a la Luna, entre los años 1969 y 1972, cuando Pink Floyd publicó uno de los discos emblemáticos de la historia del rock: The Dark Side of The Moon. Pero los cuatro músicos ingleses, capaces de crear atmósferas sonoras que pasarían por extraterrestres, no pensaban en cantar las proezas de la NASA, sino en hablar de la opresión, de la alienación y de los trastornos mentales. Un asunto este último que les atormentaba desde que expulsaron al fundador de la banda, Syd Barrett, nada más lanzar su primer álbum, porque su cabeza enferma no podía seguir el ritmo. Esto no era el Space Oddity de Bowie: la Luna solo sirve aquí de símbolo. “El lunático está en la hierba”, empieza el tema ‘Brain Damage’, que continúa: “El lunático está en el recibidor”, “El lunático está en mi cabeza”. Y termina: “Nos vemos en el lado oscuro de la Luna”. El lado oscuro no es lo mismo que la cara oculta, porque esta última es la iluminada cuando para nosotros hay luna nueva.

Ninguna canción de The Dark Side of The Moon sonó en la misión Artemis 2 que, precisamente, pudo observar la cara oculta, que no oscura, de la Luna esta semana. En la playlist preparada durante varios años por más de un millón de usuarios de Spotify había 186 canciones, muchas de las cuales tampoco se referían específicamente a la exploración espacial, por lo que sorprende más la exclusión del fluido rosa. No esperamos que los astronautas las hayan escuchado todas, pero consta que una de ellas les despertaba cada mañana (o cuando fuera que terminaran sus horarios de descanso).

Ha sido ilusionante presenciar cómo la humanidad desafía sus límites espaciales, aunque no podía ser tan impactante como debió ser la primera vez que se pisó el satélite en 1969. Que al mismo tiempo el planeta Tierra estuviera en uno de los momentos más explosivos de las últimas décadas hacía un contraste muy perturbador. Mientras la nave Orión daba la vuelta a la Luna, aquí abajo Donald Trump anunciaba con toda su fanfarria y con un lenguaje descarnado que se disponía a cometer crímenes de guerra en Irán, incluso un genocidio. Subía el tono en cada declaración según pasaban las últimas horas del ultimátum que vencía la noche del martes: a los iraníes le esperaba “el infierno”, volverían a la “Edad de Piedra”; son unos “locos cabrones”; EE UU es capaz de “destruir un país entero” de un plumazo. Hasta la guinda: “Esta noche morirá toda una civilización”, palabras que espantaron a muchos líderes mundiales, incluido el Papa, que llamaron a detener esa macabra cuenta atrás. Una civilización con muchos milenios a la espalda como la persa solo puede morir con el exterminio de todos sus habitantes, nada menos que 90 millones.

Entonces vino el volantazo que tantas veces hemos visto, el ya famoso TACO (Trump siempre se acobarda, por sus siglas en inglés). Pasamos del anuncio del apocalipsis inmediato, una noche negra para la historia que iba a desatarse en hora y media, a un supuesto acuerdo para un alto el fuego de dos semanas cuyos detalles son vaporosos, volubles, cambian cada minuto según quién habla. Se suponía que Irán iba a permitir en ese tiempo el tráfico de buques por el estrecho de Ormuz, pero eso todavía no ha ocurrido (al revés: pasan menos barcos) y desde Teherán se insiste en cobrar peaje, dos millones de dólares a cada uno, un nuevo ingreso que no tenía. Y por el momento esta llamada tregua tampoco ha detenido la devastación de Líbano por Israel, que aplica allí la misma inhumanidad que en Gaza: matar sin reparos, forzar desplazamientos masivos de población, bombardear o demoler sus casas y conquistar territorio de facto. Señalado como el gran obstáculo para este endeble proceso de paz, Benjamin Netanyahu anunció, de mala gana y bajo presión de Washington, que va a negociar con Beirut.

Cuando Trump sale de un farol anunciando un acuerdo, no esperen leer su letra pequeña. Recordarán que la amenaza de Trump sobre Groenlandia terminó en un supuesto pacto con Mark Rutte, el servil jefe de la OTAN, del que ni siquiera Dinamarca, el reino concernido, sabe nada. El cese de los ataques en Oriente Próximo sería, de confirmarse, un alivio para la humanidad. Trump lo querrá vender como una gran victoria (es el manual de su maestro, Roy Cohn) pero tiene difícil convencer a la opinión pública, incluida la de EE UU. Irán tiene más motivos para declarar su victoria: en su caso resistir a la primera potencia mundial es vencer. El régimen se ha consolidado y endurecido: ha disparado las ejecuciones de disidentes en la horca en los últimos días, manda la Guardia Revolucionaria y no hay asomo de protestas ante la brutal represión. Teherán ha demostrado por primera vez su capacidad de boicotear la economía mundial en Ormuz, y ha resultado una arma muy poderosa. Que al final se levantaran las sanciones internacionales, a cambio de una contención nuclear como la que se pactó con la Administración de Obama, completaría un relato de triunfo casi total.

Pero no nos podemos quitar de la cabeza las palabras de Trump, por mucho que formen parte de torrente abrumador de dislates: “Morirá una civilización”. Hasta a los extremistas que dominan el universo MAGA les ha parecido excesivo: voces muy influyentes en la ultraderecha de EE UU ponen en duda la salud mental del presidente e incluso apelan a la enmienda 25 de la Constitución, que permitiría inhabilitarlo. Marjorie Taylor-Greene, Alex Jones o Tucker Carlson salieron en público a cuestionar su continuidad. “Esto es maldad y una locura”, escribió Taylor-Greene. “Es un lunático genocida”, dijo Candace Owens, una popular podcaster.

Ojalá esa frase responda a una enfermedad mental y no al cálculo. Ha escrito en El País Máriam Martínez-Bascuñán: “Si Trump está loco, el problema es médico y tiene solución institucional (…). Pero si no lo está, si Trump eligió esa palabra y calculó ese mensaje, si decidió que amenazar con el exterminio de una civilización era una táctica negociadora viable, entonces el problema no es psiquiátrico, sino político. Y es incomparablemente más grave”.

Los mercados, en su línea de estos meses, estaban deseando cualquier señal de desescalada para lanzarse a comprar acciones. Solo el descrédito de Trump puede explicar que la amenaza de exterminar a los persas en pocas horas causara solo leves caídas en las Bolsas; sin embargo, el confuso anuncio de un alto el fuego llevó a una fiesta instantánea: el Ibex subió casi un 4% y el petróleo bajó un 15%. Dos frases recogidas entre gestores y analistas sintetizan bien su desconcierto: “El conflicto sigue un patrón de reality show, caracterizado por rápidas escaladas, pausas tácticas y renovadas tensiones”, dice Christian Gattiker, de Julius Baer. “¿Qué cómo llevamos los inversores las declaraciones de Trump? A base de valiums”, comenta Francisco Quintana, de ING.

Ya no es que la geopolítica impacte en las finanzas, como es lógico; es que empieza a ser al revés, que se para una guerra para dar un alivio al mercado. El economista Santiago Carbó lo ha llamado “financiarización de la geopolítica”. Escribe en este artículo: “El alto el fuego no es solo un acuerdo militar, sino un instrumento de gestión de expectativas en los mercados. Su duración de 15 días coincide más con los ciclos de trading que con los tiempos diplomáticos. No busca resolver el conflicto, sino modular su impacto”.

Esto no es el rally de la paz. Puede venir un rally, o su némesis la corrección, pero no llamaremos paz a este caos. Estamos cerca de que nos vendan como un gran paso hacia la estabilidad mundial que vuelvan a circular barcos por Ormuz (como hacían sin problemas ni peajes antes de esta guerra insensata), que Líbano se convierta en una montaña de escombros y cadáveres, y que el régimen iraní pueda seguir ahorcando a sus ciudadanos. A los inversores parece bastarles ese escenario con tal de volver a lo suyo.

En la última canción de The Dark Side of The Moon, ‘Eclipse’, se dice: “Y todo bajo el Sol está en armonía. Pero el Sol está eclipsado por la Luna”. Unas voces casi inaudibles susurran detrás: “En realidad no existe el lado oscuro de la Luna. De hecho, toda está oscura”.

04:33

Artemis 2 y la cara oscura de la luna

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