Hundimiento total de Jon Rahm en el Masters de Augusta | Deportes
La frialdad de las cifras retrata el hundimiento. Jon Rahm ha firmado este jueves su peor vuelta en 10 participaciones en el Masters de Augusta, 78 golpes, seis sobre el par; sus nueve hoyos iniciales suponen también el registro más alto de su carrera en el torneo, 40 golpes; por primera vez en este grande no ha conseguido un solo birdie en toda la ronda; y este viernes se asoma al precipicio de no pasar el corte después de haberlo superado siempre desde su debut en 2017.
El juego ha conducido hasta esa casilla de salida. Nada ha funcionado para Rahm, especialmente errático en los greens, condenado por hasta cuatro tripateos y con una estadística de golpes perdidos con el putt de 4,27 respecto a la media de los competidores, solo por detrás del amateur argentino Mateo Pulcini.

Y las palabras, en caliente, reflejan esa frustración. “Ha sido todo, todo, igual de mal. Un mal día en general, tan malo que tengo que pasar página. El campo está duro, complicado, de lo más duro que he visto, pero no hay excusas. No hay nada bueno a lo que aferrarme. Ha sido inesperado porque he jugado tan bien esta temporada hasta ahora que me fastidia. Ha sido culpa mía, he cometido muchos errores”.
Esa debacle de Rahm contrasta con su gran inicio de temporada en LIV: segundo, segundo, primero, quinto y segundo en las cinco citas que ha disputado y unos marcadores muy bajos. El vasco firmó -23 en Riad, -20 en Adelaida, -23 en su victoria en Hong Kong, -10 en Singapur y -26 en Sudáfrica, cuando cedió en el desempate ante DeChambeau. En total, un acumulado de 102 golpes bajo el par que lleva a preguntarse si esa preparación de los campos es la más apropiada a la hora de enfrentarse a terrenos más escarpados como Augusta.
Tampoco el resto de la tropa de la Liga saudí presente en Augusta puede sacar mucho pecho. Ni uno de los 10 jugadores de LIV ha bajado del par. El mejor, Sergio García, empató con el campo.
Bajo un clima seco que ha endurecido y amarilleado los greens ya en la primera jornada, solo 16 jugadores han bajado del par. La clasificación la lideran el estadounidense Sam Burns, uno de los mejores pateadores del circuito americano, y el defensor de la chaqueta verde, Rory McIlroy, con -5, por -3 de Jason Day, Patrick Reed y Kitayama. Con -2 asoman Lowry, Schauffele, Rose y Scheffler en una parte alta de la tabla con mucho peso pesado.
En Augusta no transcurre el tiempo. Cada año todo está exactamente en el mismo lugar. El campo pese a algunas pequeñas variaciones, los pinos, las azaleas, la casa club a la sombra de su grandioso árbol, los sándwiches de pimiento y el marcador manual con todos los resultados junto a la calle del hoyo 1. Hasta por un momento el aficionado que se detiene frente a la blanca tabla de clasificación tiene la sensación de haber viajado al pasado y encontrarse en los años noventa. José María Olazabal es el líder del Masters de Augusta. Pero no es 1994 ni 1999, los años de las dos chaquetas verdes del vasco, sino 2026, y Olazabal tiene 60 años y juega el Masters por 37ª ocasión en su carrera.
El seguidor se frota los ojos. No, no es un sueño o un recuerdo de otra época. Olazabal ha firmado el birdie en el par cinco del segundo hoyo, y otro en el tercero, y luce en lo alto de la tabla hasta que comienzan a superarle los chavales. Y hasta que, al final de la ronda, Augusta se pone ya muy cuesta arriba y ese -2 se convierte en un +2 (bogey, doble bogey y bogey entre el 14 y el 16) que sin embargo no borra la satisfacción por el trabajo cumplido. “Supongo que todos estaréis en shock”, bromea luego ante los periodistas. “Yo sé dónde estoy y no voy a luchar por el torneo, pero he disfrutado mucho”, añade. Se ha ganado un buen rato bajo los focos en su 37º Masters, el 97º grande de su carrera.
La caballería ya está suelta cuando Olazabal se gana el merecido descanso. Cabalga Rory McIlroy, liberado después de cerrar el año pasado la colección de los cuatro grandes. Toda esa presión acumulada durante tantos años, los temblores de piernas, ha desaparecido y el norirlandés da rienda suelta a su magistral juego, colíder. Rory mira ahora a otra cita con la historia, suceder a Tiger Woods (2001 y 2002) como el último golfista que defendió la chaqueta verde con éxito. Antes lo lograron Jack Nicklaus (1965-66) y Nick Faldo (1989-90). El campeón vigente no quería que empezara este Masters para no dejar en la percha la famosa prenda, pero ha arrancado con hambre de conservarla.
El patinazo es para Bryson DeChambeau. El científico loco se ha ganado su apodo a pulso. El estadounidense pasa por el tubo de ensayo y el microscopio cada parte del juego. Todo lo mide, lo pesa y lo calcula en busca de la fórmula perfecta para embocar la pelota en el hoyo. La posición del cuerpo, el tamaño de los palos, el viento o la presión atmosférica son algunas de las variables que pasan por su cabeza cuando se prepara para dar un golpe. La improvisación o el instinto de jugadores como Seve Ballesteros, que este 9 de abril hubiera cumplido 69 años, no entran en sus coordenadas.

DeChambeau conduce sus ideas hasta el extremo de desconfiar de los fabricantes de palos y crear sus propias herramientas de trabajo. Así se ha plantado en este Masters con un hierro 5 que ha diseñado con una impresora 3D. “Tengo una naturaleza particular en la que la innovación es un hábito. Aprendo a través del fracaso”, afirma. Pero visto lo visto ayer, no tanto. DeChambeau se hunde con todo el equipo, +4, muy lejos de sus sueños de grandeza después de ser sexto y quinto en las dos últimas ediciones en el Masters y de aterrizar con dos victorias seguidas en la Liga saudí. El hombre que llegó a decir que para él Augusta era un par 67, en lugar de 72, sigue chocando contra la realidad. Igual que Jon Rahm.
