Guerra en Irán: Trump mueve el mercado, pero el mercado también mueve a Trump | Opinión
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“Todo el mundo sabe que Trump tiene poca tolerancia a las caídas bursátiles porque él considera que los índices son un barómetro de su gestión, o de su ego, quién sabe”. La frase es de Hugo Ferrer, gestor de la sociedad de valores GPM, y aparece citada en este artículo de Laura Salces que analiza las claves del último movimiento de lo que se ha venido en llamar TACO (Trump always chickens out, Trump siempre se acobarda). Es la estrategia por la cual los inversores cuentan con que el presidente de EE UU dará marcha atrás en sus medidas más dañinas para la economía (antes fueron los aranceles o la amenaza a Groenlandia) en cuanto se adviertan sus graves consecuencias.
El último caso de TACO sucedió este lunes. Cuando las Bolsas de Asia y Europa se despeñaban y el petróleo se acercaba a los 120 dólares, Trump declaró que posponía cinco días el ultimátum de 48 horas que había dado a Irán, por el cual destruiría su infraestructura energética si no desbloqueaba el tráfico en el estrecho de Ormuz. El magnate añadió que estaba teniendo negociaciones “muy productivas” con Teherán. Que Teherán lo desmintiese no evitó que el mercado viera que la Casa Blanca busca cómo frenar una escalada que, de prolongarse, puede resultar catastrófica para toda la región y para los precios energéticos. En la noche del martes Washington dio un paso más: se supo que había propuesto un plan de 15 puntos para detener la guerra, que se negociará con la mediación de Pakistán. Más alegría para el mercado: el petróleo cayó hasta el borde de los 100 dólares y las Bolsas subieron con fuerza. También dio igual que Irán expresara su rechazo a ese plan: la idea de una negociación ha arraigado con fuerza, aunque tarde en dar resultados. El jueves llegó otro pasito: la Casa Blanca se da hasta el 6 de abril para ese diálogo. Lo justo para pasar la Semana Santa sin grandes sobresaltos.
Los inversores reaccionan de forma frenética ante los anuncios de Trump, sin tener en cuenta que puede decir una cosa y la contraria en cuestión de minutos. Se quedan con el mensaje positivo: en realidad hay mucho dinero con ganas de invertir en Bolsa, y cualquier señal de que el conflicto en Irán puede irse encarrilando es recibida con euforia. No es tanto que se crea cada palabra de Trump como que se trata de adivinar sus intenciones. El mercado tampoco es iluso: nadie espera que el conflicto en Oriente Próximo se resuelva del todo, si esta región lleva inflamada 80 años: basta con volver a la inestabilidad habitual allí, sin que se paralice el tráfico de gas y crudo por Ormuz. Trump mueve el mercado, entonces, pero el mercado también lo mueve a él: entre los bonos, la Bolsa y el barril de crudo le doblan el pulso.
El temor de Trump a que se desboque el precio del petróleo está, claro, bien fundamentado. Lo chocante es que no lo tuviera calculado. Niveles sostenidos cercanos a los 150 dólares (hay quien no descarta que el barril alcanzara los 200) causarían sin duda una crisis inflacionaria, una recesión y un empobrecimiento de la población mundial. Es obvio que Trump no quiere eso, y menos aún con elecciones legislativas, las midterms, en noviembre, en las que se juega su dominio de las Cámaras.
The Economist ha señalado esta semana que Trump solo tiene cuatro vías para acabar la guerra y ninguna es buena.
- Negociar un alto el fuego. No será fácil porque Irán no se fía, dado que ya fue atacado en medio de conversaciones.
- Un cese unilateral de la ofensiva por EE UU. Aunque Trump declare la victoria, nada aseguraría que se pacificase la zona ni que se desbloqueara el estrecho de Ormuz.
- Mantener la ofensiva durante unas semanas. Es lo que quiere Israel, darse un tiempo más para acabar de machacar infraestructuras militares y civiles iraníes, pero esto implicaría nuevos ataques a los países vecinos, prolongaría el cierre de Ormuz y agravaría la crisis del petróleo y el gas.
- Una escalada, con ataques al sistema energético iraní, para doblegar al régimen y sacarle un acuerdo después. Eso es lo que puso muy nerviosos a los mercados y a las petromonarquías del Golfo, que sufrirían las represalias. Si además se producen operaciones militares en suelo iraní, aunque se limiten a la costa o a la isla de Jarg, se dispara otro peligro, el de muertes de soldados de EE UU.
Así que sigue sin estar a la vista una salida rápida a esta guerra, de la que nunca supimos los objetivos de Washington. Ni siquiera sabemos muy bien por qué se inició. The New York Times ha dado nuevos detalles que apuntalan la versión de que Netanyahu convenció a Trump de que el régimen de los ayatolás se vendría abajo cuando fuera atacado. Ayudaría a esto lo envalentonado que se sentía Trump tras su operación exprés en Venezuela. Pero ese pensamiento optimista resulta difícil de creer para cualquiera que conozca el país persa, como deben conocer de sobra el Mosad, la CIA y la infinidad de asesores de ambos gobiernos. Es sabido que el régimen de Irán lleva más de cuatro décadas preparándose para este escenario. No se va a rendir fácilmente, se juega su existencia y sabe que su arma más temida es causar daño a la economía global.
De forma que el mercado se va calmando sin que en realidad haya señales claras de un fin de la guerra. Cualquier contratiempo en la supuesta negociación, como una acción militar contra infraestructuras energéticas, puede volver a desencadenar caídas abruptas de los parqués y subidas del petróleo. La otra cara de la moneda es que, si el conflicto queda paralizado en las próximas semanas, los mercados lo celebrarán con fuertes alzas en las acciones. Pero aun así el mercado del crudo tardará en normalizarse: se cree que se necesitarán entre tres y cinco meses para ello, porque hará falta reparar instalaciones, reactivar pozos y gestionar un colapso logístico en el mar. Y atención al impacto en el gas: Qatar ha activado una cláusula de fuerza mayor que afectará a los contratos de exportación de gas natural licuado con China, Corea del Sur, Italia y Bélgica. Eso no impacta tanto en España, cuyo mayor proveedor de gas es Argelia, a quien corteja España para elevar las importaciones por el gasoducto.
Volviendo a la Bolsa, cada inversor decide cuál es su apuesta. El dilema, complejo, es o bien apuntarse al esperado “rally de la paz”, si es de los optimistas; o asumir el riesgo de perdérselo con tal de esquivar posibles derrumbes en los próximos días, si se inclina por el pesimismo. Quizás acabaremos llamando paz a un alto el fuego muy precario que no resuelva nada y deje sembrada la semilla de futuros estallidos funestos para la región, la estabilidad mundial y la economía. Todo apunta a que eso bastaría a quienes mueven los mercados.
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