sáb. Feb 21st, 2026

Estos minerales ganan guerras (y Europa no tiene su control) | Negocios

Corría el año 1485 cuando, en el campo de batalla de Bosworth, en Inglaterra, los ejércitos de Enrique Tudor, conde de Richmond, intentaron derrocar al rey Ricardo III. Este último —un hombre capaz de desatar tormentas de sangre y que Shakespeare convertiría en el gran arquetipo de la villanía— convocó a sus tropas y pidió su mejor caballo. Según la tradición popular, su herrero se quedó sin materia prima y no pudo fabricar suficientes clavos para asegurar todas las piezas del atalaje. El forjador hizo lo que pudo: fijó el cuarto herraje con la mayor firmeza posible, con la esperanza de que resistiera. Así, el rey Ricardo III se lanzó a la guerra. En medio de la batalla, el monarca vio un punto débil en la línea enemiga y rápidamente giró al animal. Durante el movimiento, la herradura se soltó, el caballo tropezó, Ricardo cayó al suelo, perdió el casco y murió abatido. Tiempo después circuló un proverbio que resumía la escena: “Por un clavo se perdió una herradura; por una herradura, un caballo; por un caballo, un caballero; por un caballero, un campo; por un campo, todo un reino”.

Cinco siglos después, la historia de Ricardo III hace eco. Hoy, en un contexto de grandes tensiones geopolíticas y en medio de un rearme europeo, el sector de la defensa necesita los clavos de otros —actualmente convertidos en tierras raras, galio, grafito, manganeso, litio, cobalto, aluminio, cobre y tungsteno, por mencionar solo algunos— para impulsar su gasto masivo en militarización. De los 12 minerales críticos que la OTAN considera cruciales para la defensa del Viejo Continente, China domina entre el 60% y el 90% de la cadena de producción de estos. “La industria de defensa no ha sido una prioridad en la formulación de políticas europeas durante las últimas décadas, hasta que la agresión rusa contra Ucrania la devolvió con urgencia al centro del debate político”, afirma Benedetta Girardi, analista del Centro de Estudios Estratégicos de La Haya. “Y evidentemente, tampoco lo son las cadenas de suministro”, agrega la especialista, que ha encabezado la elaboración de un informe en el que se detallan las vulnerabilidades del continente en este campo.

Las necesidades de minerales críticos tienen una arquitectura compleja, en la que se cruzan las prioridades industriales de defensa con las de la electrificación y el consumo de nuevas tecnologías. Por ejemplo, el grafito y el aluminio son los materiales más críticos para el sector militar debido a su uso masivo en casi todas las aplicaciones: aviones —de combate, transporte, patrulla marítima y no tripulados—, helicópteros —de combate y polivalentes—, portaaviones y portahelicópteros, buques de asalto anfibio, corbetas, patrulleros de altura, fragatas, submarinos, tanques, vehículos de combate de infantería, artillería y misiles. Pero la Unión Europea (UE) considera que para la transición verde las tierras raras son la prioridad máxima. “El sector energético, por ejemplo, ha acaparado la discusión sobre los materiales empleados en los aerogeneradores, y la industria de la defensa ha sufrido la concentración del discurso”, añade Girardi.

“Las materias primas son la base de nuestra industria manufacturera. Sin ellas, no existen satélites, sistemas de radar, redes de comunicación, chips informáticos, tanques, baterías, munición de artillería, granadas, aviones de combate, drones, fragatas, submarinos, escáneres de resonancia magnética ni chips de inteligencia artificial”, advierte Joris Teer, analista del Instituto de Estudios de Seguridad de la UE (EUISS). En un caza de combate moderno, los materiales estratégicos son tanto su columna vertebral como sus nervios. El aluminio ligero y el grafito estructural reducen el peso y mejoran la maniobrabilidad. Mientras que el titanio y el acero reforzado sostienen los fuselajes y los sistemas de propulsión sometidos a tensiones enormes. La electrónica de a bordo y los sistemas de sensores dependen del cobre, el germanio y el níquel para garantizar las comunicaciones y el control. Los imanes de alto rendimiento requieren metales como el cobalto y las tierras raras. Incluso los sistemas de energía y almacenamiento utilizan litio y manganeso para alimentar armas, radares y enlaces de datos en misiones prolongadas.

Un buque de guerra es, en esencia, una amalgama de metales y recursos estratégicos. La estructura principal del casco y las cubiertas se levanta con hierro y acero, reforzados con aleaciones ligeras como el aluminio, destinadas a reducir el peso sin comprometer la resistencia. Los sistemas de detección y comunicación incorporan cobre, molibdeno y oro para optimizar la conductividad y la fiabilidad operativa. En el sonar de proa se utilizan grafito y baterías de litio y de cromo, que alimentan los sistemas auxiliares y las reservas energéticas. “El principal problema, para la UE y EE UU, es que la producción de estos materiales se concentra en pocos países y, en muchas ocasiones, son países que consideran rivales y competidores, fundamentalmente China”, recalca Teresa de Fortuny, investigadora del Centre Delàs d’Estudis per la Pau.

Otros países clave —como Rusia, Myanmar, la República Democrática del Congo, Sudáfrica o Indonesia— aparecen como proveedores relevantes, pero muy por detrás del gigante asiático. Europa y EE UU apenas figuran como productores significativos en contadas excepciones, lo que refuerza su dependencia exterior. Los países del Viejo Continente son grandes demandantes de minerales críticos, explica Ester Sabatino, investigadora experta en defensa del International Institute for Strategic Studies (IISS) Europe. “Actualmente, consumen alrededor del 25% de la demanda mundial de estos, pero producen solo cerca del 3%”, indica. “Esta situación no va a cambiar de forma considerable en el futuro próximo, ya que Europa carece de minas, y su desarrollo y puesta en funcionamiento requieren un elevado nivel de inversión y plazos largos, entre 10 y 15 años siendo optimistas”, reconoce.

Europa ha querido reforzar su autonomía estratégica mediante el Reglamento de Materias Primas Críticas (Critical Raw Materials Act, CRMA), en el que se han seleccionado 47 proyectos que cubren 13 de los 17 minerales necesarios para la transición verde y digital, así como para aplicaciones en sectores clave como la defensa y el aeroespacial. El objetivo es garantizar que la extracción, el procesamiento y el reciclaje de materias primas estratégicas que se realicen en Europa cubran, respectivamente, el 10%, el 40% y el 25% de la demanda de la UE, a más tardar en 2030. A ello se han sumado alianzas internacionales y el plan ReSource EU, que busca diversificar el suministro para garantizar la seguridad económica.

A pesar de iniciativas clave como el nuevo Centro Europeo de Materias Primas Críticas —una institución clave de la UE diseñada para asegurar el suministro de minerales estratégicos— previsto para 2026, la región mantiene una dependencia crítica de terceros países que no se resolverá a corto plazo. “Si bien la inversión en reciclaje, producción alternativa y nuevas asociaciones son fundamentales para la resiliencia industrial, el camino hacia la soberanía de los recursos será un proceso lento que requiere una ejecución sostenida”, agrega Sabatino.

Gonzalo García de Miguel, presidente de Abenójar Tungsten, dice que la puesta en marcha de la mina de tungsteno en Abenójar, en Ciudad Real, va tarde: tendría que haber estado operativa ya este año, pero no ha sido posible por la falta de financiación, que es su principal obstáculo. “Necesitamos 150 millones de euros para arrancar. Tenemos comprometidos 55 millones de capital y estamos cerrando la financiación restante. Estamos listos para empezar desde hace dos años”, comenta el responsable del proyecto, calificado por Bruselas como estratégico para impulsar las capacidades de materias primas estratégicas en Europa. El tungsteno de alta calidad y rendimiento necesario para la defensa se produce principalmente en China, país que ostentaba la mayor cuota de producción mundial, con aproximadamente el 85%, seguido de Vietnam, con un 4%, y Rusia, con un 3,5%. Este elemento —utilizado en múltiples aplicaciones de defensa debido a sus propiedades, como la dureza, la resistencia y la tolerancia al calor, fundamentales para la fabricación de componentes de motores y de ojivas— no tiene sustituto. Es el metal con el punto de fusión más alto de la tabla periódica, unos 3.460 grados. Esto lo hace imprescindible para la fabricación de blindajes, toberas —módulo final del motor que se encarga de acelerar el flujo de gases de salida— de aviones y otras aplicaciones militares.

Advertencia cumplida

Así que el proyecto de Abenójar, llamado El Moto, sería recibido como agua de mayo por la región. “En la primera fase produciríamos unas 3.500 toneladas al año”, resalta García de Miguel. Esta cantidad cubriría poco más del 20% de las necesidades de tungsteno de la UE. Su objetivo es que, en los próximos años, se cubra cerca del 50% del consumo europeo. Sobre todo, resulta esencial en el momento geopolítico en el que los posibles riesgos de seguridad asociados a la alta concentración de las cadenas de suministro de minerales críticos, de los que la Agencia Internacional de Energía (AIE) ha advertido desde hace tiempo, se han materializado. La última muestra de ello fue la suspensión de la exportación de tierras raras anunciada por China en octubre de 2025, que planteó importantes riesgos para la seguridad nacional y económica mundial, con posibles impactos graves para diversos sectores estratégicos, como el energético, el automotor, el de defensa, el aeroespacial, la inteligencia artificial y los semiconductores.

Ello se ha sumado a los impuestos a principios del año pasado a una serie de minerales estratégicos, como el galio, el germanio, el grafito y el tungsteno, como represalia selectiva contra los aranceles a EE UU, que es el principal proveedor de armas de Europa. Según el Instituto SIPRI, las importaciones de armas estadounidenses por parte de países europeos de la OTAN aumentaron del 52% al 64% en el último lustro. Estados Unidos se ha consolidado como el líder indiscutible con el 43% de las exportaciones globales, aprovechando que Rusia ha perdido cuota de mercado al priorizar su propio frente en Ucrania, país que se ha convertido en el mayor importador mundial de armamento con el 8,8% del total. No solo el Viejo Continente compra más armas estadounidenses, sino que lo hace a un precio mucho más oneroso, debido a que los minerales que han sufrido una restricción han aumentado su precio. Por ejemplo, el de las tierras raras. El año pasado, cuando China impuso numerosos controles a la exportación de tierras raras, se rompió el tablero de juego global. Hasta entonces, los precios estaban prácticamente controlados por Pekín y solo existía un índice de referencia, pero esa unidad se ha desmoronado.

Fragmentación

“Desde el año pasado, el mercado se ha fragmentado: hay un índice en Norteamérica, otro en Europa y otro en China, con precios mucho más altos en Occidente”, resalta Neha Mukherjee, especialista en estos mercados de la consultora Benchmark Mineral Intelligence. “El material exportado desde China se ha vendido a precios tres, cinco o incluso 10 veces superiores a los internos. No se debe a la lógica tradicional de oferta y demanda, sino a la escasez y a su carácter estratégico. Los controles estaban dirigidos principalmente a las organizaciones de defensa, lo que disparó los precios”, añade la especialista. EE UU y Europa tienen grandes presupuestos militares y concentran a las principales empresas de fabricación de armas, pero no controlan sus propias cadenas de suministro. Ahí es donde el asunto se vuelve estratégicamente crítico: ante cualquier conflicto geopolítico, el suministro puede verse interrumpido. “Por ejemplo, ahora se habla mucho de Venezuela o de Groenlandia. ¿Por qué Trump quiere Groenlandia? No solo por razones estratégicas, sino también porque Groenlandia tiene minerales que EE UU quiere”, subraya Mukherjee.

El poder militar de EE UU se apoya cada vez más en las tierras raras, insumos esenciales para su tecnología más sofisticada. Un F-35, que se ha convertido en el estándar de la aviación de combate en Europa —adoptado por países como Alemania, Polonia o el Reino Unido—, requiere unos 418 kilos para los sistemas de guiado, los sensores y la propulsión. En un destructor Arleigh Burke —la columna vertebral de la defensa antimisiles de la OTAN en el Atlántico y el Mediterráneo—, esa cantidad se eleva hasta 2.600 kilos, y en un submarino de la clase Virginia, los sumergibles nucleares de ataque que son el activo más sigiloso y avanzado de la Armada estadounidense, alcanzan los 4.600 kilos por unidad. Más del 70% de las importaciones estadounidenses de estos materiales provienen de China, lo que evidencia una clara fragilidad estratégica.

La electrificación del campo de batalla avanza al mismo ritmo que en la economía civil, pero con exigencias mucho más extremas. Los ejércitos actuales dependen de sistemas portátiles para tropas desmontadas, desde radios y equipos de guerra electrónica hasta sensores y dispositivos electrónicos que permiten activar la detonación de un explosivo mediante señal. Todos ellos alimentados por baterías de litio diseñadas para soportar bajas temperaturas, altas tasas de descarga y entornos hostiles. El Departamento de Defensa (DoD) estadounidense hace frente a un desafío logístico y tecnológico considerable al gestionar más de 5.500 tipos de baterías diferentes, donde la tendencia actual es la transición desde químicas tradicionales como el plomo-ácido hacia el ion de litio en aplicaciones que van desde equipos portátiles para soldados hasta sistemas espaciales y drones submarinos, según mencionó en una conferencia, en junio pasado, Eric Shields, máximo experto en política y suministro de baterías para el ejército estadounidense.

Al tiempo que se han añadido más baterías al equipamiento militar, se han sofisticado sistemas de defensa, como los drones, de los que Europa aún carece de una respuesta adecuada ante las tecnologías rusas que se han perfeccionado durante la invasión de Ucrania, argumenta Oleksiy Honcharuk, quien se desempeñó como primer ministro de Ucrania de 2019 a 2020, en un artículo publicado en el Centro Eurasia del Consejo Atlántico. Un ejemplo de ello ocurrió en septiembre de 2025, con la intrusión de 19 drones rusos en el espacio aéreo de la OTAN. Dicha acción obligó a los cazas F-35 a derribarlos. “La respuesta fue absurdamente costosa. Cuando drones no identificados interrumpen el tráfico aéreo en Europa, nadie sabe con certeza cómo reaccionar”, añade. Sin embargo, todos los drones involucrados en la guerra en Ucrania dependen de China. “Desde cuadricópteros del tamaño de la palma de la mano que guían la artillería hasta municiones de largo alcance, casi todos los sistemas no tripulados de ambos bandos contienen materiales y componentes originarios de fábricas y refinerías del gigante asiático”, explican desde el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).

La fibra de carbono, los imanes de tierras raras, las celdas de iones de litio y los chips de nitruro de galio son elementos esenciales de la cadena de suministro china que sustenta la arquitectura de la guerra moderna con drones. “El despliegue de uno de estos dispositivos apunta a una verdad simple en la guerra moderna: la resiliencia industrial es una fuerza de combate”, dicen los especialistas del CSIS. Para César Ramos, director general de la Asociación Española de Empresas Tecnológicas de Defensa, Aeronáutica y Espacio (Tedae), hay otro aspecto clave de gestionar en este momento de alta tensión geopolítica: “Debemos ser capaces de proteger las cadenas de suministro globales. Para acceder a los materiales críticos necesitamos cadenas seguras en un doble sentido: protección y seguridad”.

El representante del gremio indica que no basta con evitar interrupciones logísticas —como un bloqueo en el canal de Suez—, sino que también hay que protegerlas frente a ataques o vulnerabilidades que comprometan el acceso a los materiales. “La demanda ha aumentado y la velocidad de entrega se ha acelerado, por lo que es necesario disponer de materias primas suficientes para actualizar los stocks”. Y asegura que los materiales críticos son fundamentales no solo para los gobiernos, sino también para las empresas y los ciudadanos. “De algún modo, quien controla los materiales críticos controla la seguridad”.

Una historia de colonialismo y saqueo

La seguridad de los minerales críticos ha sido el gran talón de Aquiles de Occidente. Gracelin Baskaran, directora del Programa de Seguridad de Minerales Críticos del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), indica que, a principios del siglo XX, el poder militar e industrial de las grandes potencias dejó de depender de la producción nacional para sostenerse sobre una red global de dependencia y colonialismo. El Reino Unido, Francia y Alemania comprendieron que el rearme no era posible sin los recursos de ultramar. Mientras Londres succionaba manganeso de la India y cromo de Rodesia, Berlín compensaba su escasez geológica mediante la compra agresiva de minas extranjeras y de deuda de países ricos en recursos. Esta competencia feroz se extendió incluso a sectores entonces exóticos como el de las tierras raras, donde el control austro-alemán de la monacita en Brasil y la India logró expulsar a EE UU del mercado durante medio siglo.

La víspera de la Primera Guerra Mundial intensificó esta presión hasta niveles críticos, explica la experta en un informe. El estallido del conflicto en 1914 desnudó la fragilidad de las cadenas de suministro, especialmente para EE UU. A pesar de su inmensa riqueza natural en carbón y hierro, el país descubrió que carecía de reservas estratégicas y de una coordinación efectiva para la movilización bélica.

Cuando la Segunda Guerra Mundial estalló, EE UU desplegó una diplomacia minera agresiva para blindar su suministro. En el suelo latinoamericano, inspeccionaron 440 depósitos y detectaron nuevos recursos de tungsteno, tantalita y otros elementos en México, Brasil y Perú. Simultáneamente, en África, Washington financió al Congo Belga para industrializar y forzar la extracción de cobre y cobalto, mientras que en 1943 los norteamericanos levantaron una planta moderna de níquel en Cuba. El ocaso del conflicto trajo el desplome de los imperios europeos; las jóvenes naciones de África y Asia usaron su riqueza mineral como motor económico, justo cuando la Guerra Fría convertía esos yacimientos en enclaves críticos de combate geopolítico. Los minerales ahora funcionan como activos de diplomacia y coacción, superando su papel de simples mercancías.

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