El mercado del petróleo tardará entre tres y cinco meses en recuperar la normalidad tras un eventual alto el fuego | Mercados Financieros
El estrecho de Ormuz no es un telón ni una barrera que se abre y cierra con facilidad. Este estratégico enclave, epicentro de la crisis energética que acecha al mundo, se asemeja más a un tubo de pasta de dientes. El tráfico se paralizó de forma fulminante cuando se conoció el ataque de EE UU e Israel sobre Irán, cuando navieras y aseguradoras vieron el peligro antes incluso de las represalias iraníes sobre buques o instalaciones energéticas. Su reapertura, sin embargo, va a ser mucho más lenta y complicada, aun cuando se cumplan las previsiones más optimistas. Si la guerra en Oriente Próximo acabara hoy mismo, el mundo tardará meses en recuperar una mínima normalidad en el suministro petrolífero.
Llevará tiempo reactivar las instalaciones ahora paralizadas, reparar las dañadas y organizar el tráfico marítimo de todos los barcos ahora atrapados en el golfo Pérsico, alrededor de 2.000. Y persistirá en el precio del petróleo y el gas una prima de riesgo, reflejo de un shock desconocido en décadas. La total recuperación de la industria no se contará en meses, sino en años. Este mismo martes Qatar se acogió a causa de fuerza mayor para anunciar que no podrá cumplir los contratos de suministro a largo plazo con China, Corea del Sur, Italia y Bélgica, durante un plazo de cinco años.
“Si mañana se reabriera el estrecho de Ormuz, se tardaría de tres a cinco meses en recuperar cierta normalidad desde el punto de vista de la oferta de petróleo”, explica Jorge León, analista de la consultora Rystad Energy. El cierre de ese paso marítimo se ha convertido ya en “la mayor amenaza de la historia para la seguridad energética”, según reconoció la semana pasada el director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol. Semejante terremoto ha causado en apenas tres semanas un alza del 45% en el precio del petróleo brent y del 70% en el gas natural. La reapertura del enclave estratégico urge a las economías mundiales y en especial a Estados Unidos. Donald Trump, empeñado en la reapertura de Ormuz, afrontará en noviembre las elecciones de mitad de mandato y se arriesga a desencadenar una crisis que ya se hace notar en el bolsillo de los estadounidenses, que pagan más por la gasolina y el diésel.
“Primero ha habido un cierre de instalaciones y se tardará en producir de nuevo. También habrá que reparar infraestructuras dañadas por los ataques, como la planta catarí de gas Ras Laffan. Y descongestionar el golfo Pérsico de barcos que han quedado allí fondeados”, explica León. Cada uno de estos retos deja cifras desafiantes. La AIE calcula que más de 40 infraestructuras energéticas, de nueve países diferentes, han sufrido daños “severos o muy severos”, lo que ya supondrá un primer retraso para la reanudación del suministro. Los daños a la planta de Ras Laffan, la mayor de gas natural licuado del mundo, equivalen a un suministro de 12,8 millones de toneladas por año, lo que representa el 17% del nivel habitual de exportación de la planta y alrededor del 3% de la producción mundial. Las autoridades de Qatar ya han confirmado que su capacidad de exportación de gas ha quedado afectada a largo plazo. Según advierte la consultora energética Vortexa, la situación ha pasado “de una interrupción logística a una pérdida de suministro estructural que se prolongará durante varios años”. Además, el retraso en los proyectos de ampliación que estaban en marcha reducirá en 28 millones de toneladas anuales el aumento de capacidad mundial de producción de gas natural licuado previsto para 2028. Kuwait tardará unos cuatro meses en recuperar su producción, según las autoridades del país.
En cuanto al petróleo, el tráfico por Ormuz es de solo una media de dos petroleros al día en la última semana. El flujo de petróleo a través del Estrecho se ha desplomado el 98% y también la actividad productora de potencias como Arabia Saudí, Kuwait, Irak o Emiratos Árabes, ya sin capacidad de almacenamiento. Goldman Sachs apunta que la acumulación de petróleo que ahora flota en los petroleros atrapados en el golfo Pérsico ha aumentado en 74 millones de barriles desde el 27 de febrero, “lo que sugiere que los productores del Golfo podrían estar acercándose a los límites de almacenamiento en el mar”.
Cuando reabra Ormuz, ese petróleo cargado ya en buques será el primero en salir a la venta, mientras se pone de nuevo en marcha la maquinaria de producción y se reparan los daños. Un buque petrolero VLCC (Very Large Crude Carrier) puede transportar alrededor de dos millones de barriles y un superpetrolero, hasta cuatro. Una valiosa carga de 400 millones de dólares al precio actual que se apresurará a abandonar el golfo Pérsico, aunque no sin antes sortear un previsible embotellamiento de barcos. De hecho, en el Golfo hay ahora atrapados 2.000 buques y unos 20.000 marineros, según denunció la semana pasada Arsenio Domínguez, el secretario general de la Organización Marítima Internacional (OMI), la agencia para asuntos marítimos de Naciones Unidas.
“No será cuestión de arrancar y salir. Será necesaria la actuación coordinada del sistema de control del tráfico marítimo”, explica Emilio Rodríguez-Díaz, director del Departamento de Ciencias y Técnicas de la Navegación y Construcciones Navales de la Universidad de Cádiz y especialista en seguridad marítima. Así, del mismo modo que los controladores aéreos distribuyen el tráfico aéreo, es necesaria la organización del tráfico marítimo, que en el estrecho de Ormuz es tarea de Irán y Omán. Por el estrecho de Gibraltar, el paso marítimo con mayor tráfico del mundo y que es coordinado por los sistemas de control de España y Marruecos, pasan cada día unos 300 barcos. Uno cada cinco minutos, el doble del tráfico antes habitual en Ormuz.
“Incluso tras la resolución de este conflicto, se necesitará tiempo para reactivar la producción de petróleo, probablemente entre uno y dos meses más, lo que sugiere perturbaciones duraderas en la oferta de crudo“, afirman en Edmond de Rothschild AM. La producción de petróleo y gas se reanudará, pero van a quedar daños estructurales que no garantizan que los precios vuelvan al nivel previo de finales de febrero. Los analistas señalan que el petróleo va a seguir cotizando con una prima de riesgo geopolítica, que seguirá disparada cuanto más tiempo dure el cierre de Ormuz, pero que no va a desaparecer del todo cuando se reabra. La que ya se considera la mayor crisis de suministro de petróleo de la historia ha hecho evidente la vulnerabilidad de las infraestructuras energéticas de Oriente Próximo y el riesgo que supone la elevada concentración de producción y capacidad de reserva de crudo en la zona. ”Ahora esperamos que los responsables políticos restablezcan unos niveles más elevados de reservas estratégicas tras la reapertura del estrecho y que los mercados incorporen una prima de seguridad en los precios a largo plazo”, concluyen en Goldman Sachs.
