El estadio Azteca reabre entre la memoria y el negocio | Fútbol | Deportes

Estoy en México, donde a menos de tres meses de su inicio, ya empieza a jugarse el próximo Mundial. El torneo se filtra en conversaciones, anuncios y tertulias televisivas. Y, por supuesto, en el escenario por excelencia: el ya mítico estadio Azteca. Renovado por razones de comodidad, de seguridad y de modernidad, sigue siendo reconocible en su esencia, elevando su estructura imponente al sur de la Ciudad de México. El negocio no permite que se detengan ni siquiera los estadios que son leyenda.
La Final de la Copa del Mundo de 1986 entre Argentina y Alemania se disputó ante 114.600 personas, muchas de ellas de pie. Esta noche, bajo el nuevo nombre de “Estadio Banorte”, el Azteca, ahora más cómodo, elegante y digital, volverá a abrir sus puertas. Lo hará con un partido entre las selecciones de México y Portugal, ahora con una capacidad para 87.400 espectadores, todos sentados. Y con un alto porcentaje de zonas VIP y hospitality de alto nivel que multiplicarán la recaudación, gracias a los afortunados que quieren convertir el fútbol en una experiencia pagando entradas carísimas. Fútbol prémium.
Los accesos, aparcamientos y algunos detalles no menores aún están sin terminar, lo que, esta noche, invita a pensar en un caos. Pero se confía en que todo estará listo para el Mundial. El prestigio de un país puede ponerse en juego en un estadio y el Azteca, como símbolo, se convertirá en los próximos meses, en unidad de medida de la ambición y capacidad organizativa de México.
En el escenario que fue testigo de las mayores hazañas de Pelé y Maradona, se esperaba a Cristiano Ronaldo, pero una lesión le impidió viajar. Su ausencia, conocida a principio de semana, redujo el ruido mediático y frenó la venta de entradas. Una prueba más de que el fútbol, como le oí en una ocasión a Florentino Pérez, es un negocio de héroes. Sin embargo, el Azteca se basta para dotar de épica a cualquier partido e, incluso sin Cristiano, registrará una gran asistencia de mexicanos orgullosos de su estadio y de su selección. Me emocionará estar ahí para ver el partido y reencontrarme con otros tiempos.
El Azteca lo visité en varias ocasiones junto a Félix Aguirre, gerente del estadio y buen amigo. No importa cuántas veces se haya estado allí: aún vacío, impresiona. Es el “esqueleto de multitudes”, como definió a los estadios vacíos Mario Benedetti, guardando el eco de goles heroicos. En este caso, un esqueleto dinosáurico y majestuoso con más de sesenta años de historia sobre sus hombros de cemento. Historia viva del fútbol, pero también del boxeo, de la música y hasta religiosa: Juan Pablo II celebró una misa en el estadio en 1999.
Este año al Azteca le cabrá otro honor. Será el primer estadio en albergar tres inauguraciones de Copas del Mundo, cuando el 11 de junio arranque el Mundial 2026 con un México-Sudáfrica. Merecía también la Final, pero una vez más el romanticismo perdió la batalla frente al negocio, en un fútbol cada vez menos atento a la memoria. El “Azteca”, ahora “Banorte” y, durante el Mundial, “Estadio Ciudad de México” por imposición de FIFA, es una víctima más de esa lógica comercial que borra nombres, aunque no recuerdos.
Esta noche, quienes acumulamos años veremos sobre el césped las figuras fantasmales de héroes a los que el tiempo o las lesiones habrán convertido en nostalgia. Pero el renovado Azteca, brillante y actualizado, recordará al abrir sus puertas que el fútbol es también memoria. Y que existen escenarios capaces de custodiarlas como un tesoro, mirando hacia adelante a la espera de nuevas proezas.
