El esfuerzo fiscal de los españoles alcanza su pico máximo alrededor de los 50 años | Economía

El esfuerzo fiscal de los españoles alcanza su punto máximo en torno a los 50 años de edad. Esa fase del ciclo vital suele vincularse con el momento álgido de la trayectoria profesional y con los niveles más elevados de ingresos laborales, por lo que los principales impuestos ligados al trabajo, como el IRPF y las cotizaciones sociales, se disparan. Este pico no es un fenómeno aislado, sino que forma parte de un patrón más amplio que describe cómo se generan y redistribuyen la totalidad de los recursos económicos a lo largo de la vida.

La estructura del sistema impositivo explica en gran medida este resultado. Las cotizaciones sociales y el IRPF son las grandes figuras que más afectan al contribuyente medio. Son impuestos que siguen de cerca la evolución del recorrido profesional, por lo que alcanzan su mayor intensidad en el momento en el que se perciben las mayores rentas, dibujando una colina que se erige y que vuelve a aplanarse después. Por su parte, los impuestos ligados al consumo muestran una evolución algo diferente, con un tipo medio efectivo en el IVA que aumenta hasta aproximadamente los 45 y 50 años para, después, empezar a disminuir.

Este comportamiento fiscal se entiende mejor si se observa dentro del llamado ciclo económico de la vida, cuyo análisis permite entender cómo funcionan las cuentas intergeneracionales y cómo se financia el consumo en cada franja de edad. La Fundación de Estudios de Economía Aplicada, Fedea, publicó este lunes las Cuentas generacionales de los miembros de los hogares, un ejercicio que identifica la existencia de fases sistemáticas de déficit y superávit asociadas a la trayectoria vital y, por tanto, la aparición de mecanismos de reasignación de recursos intertemporales e intergeneracionales.

El informe, elaborado por los académicos Julio López Laborda, Carmen Marín, Jorge Onrubia y Ángel de la Fuente con datos de 2022, muestra que los resultados para España reproducen el patrón típico de las economías desarrolladas. En los primeros años de vida y durante buena parte de la juventud se registra un déficit, porque las rentas son inexistentes o todavía reducidas mientras el consumo continúa. Los menores de 16 años, por ejemplo, carecen de ingresos propios y dependen de transferencias familiares y públicas para financiar su consumo. Incluso después de incorporarse al mercado laboral, los menores de 30 años, en promedio, todavía no generan recursos suficientes para cubrir sus necesidades. “El hogar opera como institución aseguradora, frente a la insuficiencia transitoria de rentas laborales propias en edades tempranas”, detalla el documento. Además, “el tratamiento de la vivienda habitual en propiedad, con su doble registro como renta imputada y consumo privado, refuerza este mecanismo de redistribución familiar”, añade.

El punto de inflexión se da a partir de la treintena. Durante las décadas centrales de la vida laboral las rentas del trabajo crecen y superan claramente los niveles de consumo, generando un superávit económico. Ese excedente permite financiar transferencias hacia otros miembros del hogar ―generalmente hijos o jóvenes cargo― y también sostener una parte relevante de la redistribución pública mediante impuestos y cotizaciones sociales. De hecho, el saldo de las transferencias netas alcanza su valor más negativo en torno a los 50 años, lo que indica que en ese tramo de edad los individuos son, en promedio, financiadores netos del resto de la población.

En la franja que se mueve entre los 50 y los 65 años el perfil empieza a cambiar gradualmente. Los rendimientos del trabajo y los impuestos comienzan a reducirse, mientras que los ingresos procedentes de activos y el ahorro ganan peso antes de dejar el protagonismo indiscutible a las pensiones, que pasan a convertirse en la principal fuente de ingresos. En esta fase del ciclo vital, el equilibrio entre consumo y recursos vuelve a apoyarse en mecanismos de redistribución, tanto públicos como privados.

Las cuentas generacionales elaboradas por Fedea muestran, así, que el funcionamiento económico entre edades se sostiene sobre tres grandes pilares. El primero es el sector público, que redistribuye recursos a través de palancas como las pensiones, las prestaciones en especie o servicios como la sanidad o la educación. El segundo es la familia, que financia buena parte del consumo de los jóvenes a través de transferencias directas dentro del hogar. Por último se encuentra la acumulación de activos y el ahorro, cuya importancia crece a medida que avanza la edad. En conjunto, estos mecanismos permiten que los superávits generados en las etapas centrales de la vida —cuando también se concentra el mayor esfuerzo fiscal— financien los déficits que aparecen al inicio y al final del ciclo vital.

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