El BCE se enfrenta al ‘déjà vu’ de la inflación: ¿será transitoria o duradera? | Economía

La historia es cíclica. El eterno retorno de la inflación ha devuelto al Banco Central Europeo al mismo dilema que enfrentó hace un lustro: ¿es la subida del precio de la energía un fenómeno temporal, destinado a apagarse, o el inicio de un shock de largo alcance? La hemeroteca carece de piedad. En 2021 y 2022 el Eurobanco consideró que se trataba de un episodio transitorio y tardó más de la cuenta en subir los tipos de interés. Se equivocó. Ahora, la pregunta envenenada regresa. Y hacer lo contrario no garantiza atinar: la misma estrategia puede ser errada en un caso y acertada en el otro. El manual pierde importancia ante algo más complejo. Casi todo se trata del tiempo que tarde el inquilino de la Casa Blanca en cerrar la caja de los truenos que abrió hace casi tres semanas, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque masivo a Irán para derribar el régimen.

“En este contexto, no esperamos que Lagarde repita la expresión de que estamos en ‘buen lugar’. Todavía no hay motivo para que el BCE entre en pánico, pero instalar una habitación del pánico dentro de ese ‘buen lugar’ no parece una mala idea“, afirma Carsten Brzeski, jefe de Macro de ING. Resumiendo: Fráncfort no tocará los tipos de interés este jueves, que seguirán en el 2%, aunque el año plácido que encaraba, con la inflación bajo control, y ningún movimiento en el horizonte, ha quedado sepultado por el conflicto. Ya no sirve dejar trabajar a la inercia, y vuelve al Consejo de Gobierno un debate que parecía enterrado, el de si hay que subir el precio del dinero este año para enfriar la inflación que generarán la escalada del gas y del barril de petróleo por el bloqueo del estrecho de Ormuz.

Eso no significa que la subida de tipos sea inevitable este año. Ese sería el último recurso del que tirar. Antes, los analistas de Citi esperan que gane peso el arma dialéctica. Endurecer el discurso sin tocar nada. “Esperamos que el Consejo de Gobierno emita comunicados con un tono agresivo, pero el listón para que se traduzca en acciones concretas nos parece todavía muy alto”, señalan desde el banco estadounidense.

El BCE se adentra por tanto en una fase de hacer énfasis en los riesgos, que han virado en cuestión de pocas semanas del temor a una desinflación demasiado pronunciada a lo contrario, pero sin apretar el botón. “Subir los tipos de interés en el contexto de una crisis de oferta negativa clásica, cuya duración parece prácticamente imposible de evaluar con certeza, podría considerarse muy controvertida y podría provocar un enfrentamiento entre el banco central y los gobiernos (y la opinión pública)”, agregan los expertos de Citi.

El mercado de futuros anticipa ahora mismo al menos un aumento de los tipos de interés antes de cerrar 2026. Pero el escenario es cambiante, y esa volatilidad podría volver a manifestarse, para bien o para mal, con un mayor número de subidas de tipos si la guerra se enquista. O con ninguna si la situación se apacigua.

Más allá de los precios del barril de petróleo, del megavatio hora del gas, y del fortalecimiento del euro frente al dólar, todos ellos inflacionistas, la guerra no deja todavía una cantidad de datos suficiente para que los expertos del BCE calculen el impacto del incendio bélico de Oriente Próximo. Ni siquiera hay aún estadísticas de inflación de marzo disponibles, y no se conocerán hasta final de mes. Si no hay reelaboración exprés por parte de los analistas del banco, la contienda también dejará anticuadas antes de tiempo las previsiones de crecimiento económico e inflación que el BCE presenta este jueves. Sin el factor guerra en ellas, serían algo parecido a papel mojado.

Si bien haber errado en el diagnóstico de la anterior crisis inflacionista no implica que ahora sea más sencillo descifrar lo que ocurrirá, sí ha provocado, en opinión de Brzeski, de ING, un cambio en las preguntas que se formularán los mandamases de la política monetaria europea. “La cuestión ya no es solo si esto es una crisis petrolera, sino: ¿Cuál es el nivel inicial de inflación? ¿Están ya las expectativas en riesgo? ¿Está la crisis agravando otras presiones inflacionarias? ¿Qué tan persistente es probable que sea?”.

Efectos de segunda ronda

El argumento de que subir los tipos no ayuda a bajar el precio del barril de petróleo se torna anticuado. Y la mirada se centra en si el encarecimiento de la energía acaba filtrándose a otros productos, propiciando así los temidos efectos de segunda ronda: la famosa espiral de subidas de precios que a su vez retroalimentan subidas salariales en un círculo vicioso de difícil solución.

Adrià Morron, economista de CaixaBank Research, estima en un análisis reciente que aún es muy difícil cuantificar los efectos de la guerra sobre la economía. “Puede ir desde un reajuste de algunas décimas en las proyecciones macroeconómicas de la eurozona a un nuevo escenario estanflacionista. La clave es la duración e intensidad del conflicto”, explica. “También habrá que ver en qué medida el BCE incorpora el cambio arancelario desencadenado por la sentencia del Supremo de EE UU, que anuló buena parte de los aranceles de Trump (y la respuesta de la Administración con un arancel global, pero temporal, del 10%)”, añade.

Aunque las consecuencias que está desencadenando la ofensiva contra Irán no son idénticas a las de Ucrania —cuando existía un mayor riesgo de desabastecimiento de gas, y la electricidad subió con más fuerza— la encrucijada a la que se acerca el BCE tiene algo de déjà vu con la situación de 2021 y 2022, y enciende una mecha de incertidumbre que puede marcar el fin de mandato de Christine Lagarde, que en octubre del año que viene dice adiós a Fráncfort tras ocho años nada sencillos, atravesados por la pandemia, la escalada inflacionista derivada de la invasión de Ucrania, y ahora, un nuevo amago de crisis energética con origen en Oriente Próximo.

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