El Bayern es un vendaval y el Liverpool debe remontar | Fútbol | Deportes

En un memorable repaso, el Bayern se garantizó el pase a los cuartos de final de la Champions en la ida de su eliminatoria contra la siempre incómoda Atalanta, que salió a buscar al equipo bávaro a su área y se encontró con tres sopapos antes del ecuador de la primera parte. Luego, el Bayern rubricó tras el descanso con otro trío de goles para solventar el cruce a pesar de un gol postrero de Pasalic para los italianos (1-6).
El Bayern entró al partido arrollador. Gnabry y Luis Díaz avisaron hasta que Gnabry exploró la línea de fondo y le regaló el primer gol a Stanisic. A partir de ahí empezó el festival. Movió la pelota como los ángeles el Bayern. Olise marcó el segundo con una rosquita de manual antes de generar el tercer tanto, que llevó la firma de Gnabry. Nico Jackson tuvo el cuarto en sus botas por dos veces apenas sobrepasada la media hora y atinó al fin en el inicio de la segunda parte.
El Liverpool, por su parte, ya había perdido en el campo del Galatasaray en esta Champions el pasado mes de septiembre en la fase de liga. Ahora, en los octavos de final, se repitió el resultado. Ganaron los turcos por la mínima (1-0) al aprovechar un saque de esquina que tocó Osimhen en el corazón del área y remachó Lemina en boca de gol. Todo sucedió en un partido vibrante, un ir y venir en el que los locales se levantaron tras un inicio tibio para ponerse en ventaja a los ocho minutos de partido. Nada cambió en el marcador a partir de ahí, pero bien pudo hacerlo, sobre todo en el tramo final del partido, cuando Ekitiké y Gakpo pudieron empatar en sendas acciones de ataque de un Liverpool desatado que mejoró tras el descanso.
Hubo dos goles anulados por bando, a Konaté por una mano y a Osimhen por fuera de juego. Ganó con justicia el Galatasaray, que fue el mejor equipo y tiene la opción de regresar a unos cuartos de final de la máxima competición continental por primera vez en trece años.
“Jugar en el estadio del Galatasaray es realmente difícil. Cada vez que recibíamos el balón, había un rugido tan fuerte que te asombraba. Es muy difícil comunicarse con los chicos”, resumió Arne Slot, entrenador del equipo inglés.
