Edadismo en el fútbol: cuando el DNI cuenta más que la IA | Fútbol | Deportes

El edadismo es la discriminación basada en la edad. Consiste en excluir o tratar desfavorablemente a personas perfectamente capacitadas para desempeñar una profesión únicamente porque han alcanzado cierto número de años. Es un prejuicio que asume que cumplir una cierta edad equivale automáticamente a perder competencia. En muchos sectores esa idea resulta inaceptable. En el fútbol profesional, sin embargo, parece gozar de excelente salud.

Desde hace años, algunos clubes aplican políticas no escritas que funcionan más o menos así: a partir de cierta edad —32, 33 o 34 años— las renovaciones se vuelven imposibles o improbables. No importa demasiado si el jugador sigue rindiendo, si es titular habitual o si su influencia en el juego es decisiva. La fecha de nacimiento empieza a pesar más que el rendimiento. El edadismo en el fútbol no siempre adopta formas explícitas. No suele anunciarse como política oficial. Se presenta como “planificación”, “transición generacional” o “nuevo ciclo”.

El caso de Luka Modric resulta especialmente ilustrativo. Tras más de una década en el Real Madrid, múltiples títulos y un Balón de Oro, el club decidió no renovarlo cuando rozaba los 39 años. La explicación implícita era sencilla: el ciclo había terminado. No tanto por lo que ocurría en el campo, sino por lo que indicaba el calendario.

La ironía es que Modric no se retiró. Fichó por el AC Milan y, lejos de confirmar el presunto declive inevitable, sigue compitiendo al máximo nivel. Minutos, asistencias, liderazgo, lectura táctica: su talento sigue intacto. Si el fútbol fuera un experimento empírico, el resultado sería claro. La hipótesis “edad igual a descenso de rendimiento” no se confirma necesariamente en cada caso. No es el único ejemplo. Cristiano Ronaldo o Zlatan Ibrahimovic, cada uno en su contexto, prolongaron carreras de élite más allá de lo que dictaban los manuales tradicionales del desgaste físico.

Y aquí aparece la paradoja. Vivimos en la era del Big Data y la inteligencia artificial aplicada al deporte. Los clubes miden absolutamente todo: distancia recorrida, aceleraciones, sprints, carga interna, recuperación muscular, impacto en fases ofensivas y defensivas, participación en la construcción del juego, eficacia en la toma de decisiones. Los algoritmos permiten proyectar la evolución física de cada jugador y ajustar cargas de trabajo casi al milímetro. Es decir, la previsión del rendimiento no se basa en las intuiciones, sino en un conjunto de datos verificables. Pero si esto es así, si el rendimiento puede medirse de forma individualizada, ¿qué sentido tiene aplicar un criterio automático basado en la edad? Durante décadas, la edad funcionó como un indicador aproximado de declive físico. Era un atajo razonable cuando no existían instrumentos más precisos. Hoy ese atajo resulta, como mínimo, dudoso y, en muchas ocasiones, contraintuitivo.

Desde un punto de vista racional, la edad es una señal indirecta. Pero cuando se dispone de métricas directas, el uso de esa señal deja de ser necesaria. Es como sustituir un análisis médico completo por una simple pregunta: “¿Cuántos años tiene usted?”. Resulta cómodo, pero científicamente pobre.

También desde el plano jurídico la cuestión es interesante. El Derecho europeo prohíbe la discriminación por edad en el empleo, aunque permite diferencias de trato si están objetivamente justificadas y son proporcionales. La pregunta sería entonces: ¿es proporcional excluir a un jugador por edad cuando existen medios menos lesivos y más precisos para evaluar su rendimiento real? Si la tecnología permite medir la capacidad efectiva, el argumento basado exclusivamente en la edad se debilita.

Además, el rendimiento en el fútbol no es únicamente físico. La experiencia mejora la lectura táctica, la toma de decisiones bajo presión, la gestión emocional del partido. La inteligencia artificial puede medir la velocidad punta, pero no siempre capta con la misma facilidad la inteligencia posicional o la capacidad de ordenar al equipo. Prescindir de un jugador que mantiene altos estándares en estas dimensiones porque “ya tiene cierta edad” puede ser, además de discutible, paradójicamente ineficiente desde un punto de vista económico.

La meritocracia es uno de los valores que el deporte proclama con mayor orgullo. Se juega el que mejor rinde. Se queda quien aporta. Sin embargo, cuando la edad se convierte en un criterio casi automático, la meritocracia decae frente a consideraciones económicas cortoplacistas o políticas deportivas obsoletas y dudosas.

La ironía final es evidente: en un entorno obsesionado con los datos, a veces el número que más pesa no es el de los kilómetros recorridos ni el de los pases completados, sino el de los años cumplidos. El DNI acaba imponiéndose a la IA.

En una época en la que todo se mide, quizá la pregunta sea simple: si el rendimiento sigue ahí, ¿por qué la edad debería ser el criterio decisivo? Mientras el talento siga marcando la diferencia, el calendario debería servir solo para contar las jornadas, no para dictar destinos.

José Luis Pérez Triviño es Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona).

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