Doncic, Alcaraz, Pogacar y el inevitable paso del tiempo | Deportes

Vi el otro día algo que me chocó de una forma un tanto absurda. Sobre el parqué del Kaseya Center de Miami, Luka Doncic, estrella de Los Angeles Lakers, y Carlos Alcaraz, número uno del tenis mundial, compartían impresiones mientras miraban al suelo y se tocaban el hombro con esas palmaditas que solo se le da a alguien con quien no tienes suficiente confianza. “¿Cómo estás?”, “¿todo bien?”; son algunas de las frases a las que recurrieron para romper el hielo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. El brevísimo encuentro, en cualquier caso, precedió a una foto de los dos juntos, y cómo no, unas horas más tarde, a la difusión de la misma en las redes sociales de los protagonistas. Lo que de verdad me dejó pensando, no obstante, no fue el encuentro entre dos estrellas del deporte mundial, sino el efecto del irremediable paso del tiempo.
Yo, que soy del 96 y estoy a punto de adentrarme en la treintena, esto es, soy muy joven para muchos de los que leerán estas líneas, y muy viejo, a su vez, para muchísima más gente de la que mi cerebro es capaz de asimilar, vi debutar a Doncic, tres años más joven que yo, en el primer equipo del Real Madrid. “Dicen que ese chico es muy bueno”, le comenté a mi padre, con quien aún vivía entonces. “Podríamos ir a verle jugar”. Años después, en una demora inherente a los planes que arrancan en condicional, y con aquel chavalín dominando a su antojo el baloncesto europeo, fuimos al Palacio de los Deportes. “Esta es mi casa”, gritó Doncic señalando el parqué en una de esas mañanas en las que el sol ilumina el polvo en el aire de la calle Goya. Pocos meses después, se marchó a la NBA —Doncic, no el sol—, donde continuó su carrera mientras yo, a un océano de distancia, lo observaba con el orgullo irracional del hermano mayor que nadie le asignó.
En su reciente encuentro con Alcaraz en Miami, sin embargo, Doncic era el veterano. Y se notaba. Carlitos, como le gusta que le llamen, nació en 2003, es decir, tiene cuatro años menos que el astro de los Lakers, y por ende, siete menos que yo. Una cuenta rápida y extremadamente sencilla que no ha impedido que el murciano, todavía un crío, haya levantado ya siete Grand Slams, convirtiéndose por el camino en el nombre llamado a reconfigurar la historia del tenis. Una bofetada temporal de la que muchos todavía tratamos de recomponernos.
La mañana de domingo en la que vimos a Doncic llevando las riendas del campeón de Europa con solo 18 años, Alcaraz, con 14, se reunía con sus profesores para buscar la forma de compaginar los estudios de Secundaria con algunos de los más prestigiosos torneos juveniles de España. De aquellas tampoco conocíamos a Tadej Pogacar, a quien aún le quedaba algo más de una temporada para debutar como profesional en el equipo UAE. Hoy, el ciclista esloveno no es solo el más grande en su disciplina, campeón este mismo sábado de la Milán-San Remo, la carrera que creía imposible, sino que muy probablemente se ha convertido ya en el mejor deportista que jamás hayan visto estos ojos. Y todo, su carrera, la de Doncic y la de Alcaraz, ha sucedido en un chasquido.
Los mejores neurocientíficos del mundo coinciden en señalar que aún no se ha podido explicar el mito de que la vida se acelera a medida que envejecemos. Lo que es seguro, y sí se ha podido demostrar, es que independientemente de lo que hagamos con él, el tiempo avanza de igual manera para todos. En el mismo espacio —toda una vida para muchos, un pestañeo para otros— en el que Alcaraz, Doncic o Pogacar se han convertido en lo que son hoy, cientos de miles de personas, millones tal vez, se han quedado en el camino. Una inmensidad de nombres que no conocemos ni conoceremos nunca. Una muestra más de que, al contrario de lo que muchos nos quieran hacer creer, el tiempo no premia el esfuerzo, simplemente transcurre.
Escribió Manuel Vicent que el mar es un conjunto de olas sucesivas de igual modo que la vida está compuesta de días y horas que fluyen una detrás de otra. Y es así. Cada día que pasa estamos más lejos de la tarde en la que soñamos con ese gol, ese punto o esa carrera, y más cerca de que alguien mucho más joven a quien todavía no conocemos lo cumpla por nosotros. Cada mañana en la que despertamos, por tanto, nos acercamos más a que alguien más joven que Doncic, Alcaraz y Pogacar les pase por encima, como ellos hicieron con quienes les precedieron. Maravilloso e inquietante bis cíclico.
