Cuando la camiseta tapa todo | Fútbol | Deportes

Estamos en la semana en la que el racismo bajó de las tribunas al terreno de juego. Aunque el jugador es un hincha que juega, no es lo mismo un territorio que otro. La tribuna es un lugar idóneo para perder el control: se contagian los excesos, se autoriza el insulto, se aprovecha el anonimato. Pero en el campo te apuntan las cámaras, el rival es un colega y se supone que hay una responsabilidad social propia de quienes estamos bajo observación.
La cuestión es que un supuesto insulto racista (no tengo duda, pero tampoco prueba) escondido detrás de una camiseta, puso al fútbol ante todas sus contradicciones. El Benfica entero se puso detrás de la camiseta de Prestianni solo porque es uno de los suyos. Desde el entrenador hasta el presidente activaron el sesgo de pertenencia: pensaron como piensa la tribu a la que pertenecen, defendiendo su identidad y sus intereses. No tengo intereses en juego en esta historia, pero noto que me pesa escribir sobre el tema por pura argentinidad. Prestianni es de los míos por la peor de las complicidades: la nacionalista. Ese es el botón malsano que suele utilizar el fútbol, al fin y al cabo, patria chica.
¿Y si no fuera el fútbol sino los seres humanos los que en el incidente revelaron su condición? Gustave Le Bon, en su imprescindible libro “Psicología de las masas”, habla de cómo la gente desciende “varios peldaños en la escalera de la civilización” en situaciones de emergencia. Hace menos tiempo, Rutger Bregman lo contradijo en su no menos memorable libro “Dignos de ser humanos”, con pruebas irrefutables del espíritu generoso y solidario del ser humano. ¿Y si los dos tuvieran razón? Me gusta decir que alguien que va al cine es más inteligente que alguien que va al fútbol. Aunque sea la misma persona. Para darle la razón a Le Bon basta con ir a un partido y amucharse en la tribuna con miles de tipos que aman a su equipo y se entregan a una emoción que se desboca con facilidad. Para estar en sintonía con Bregman bastará con acompañar a uno de ellos fuera del estadio y verlo actuar en su vida cotidiana, donde la razón atenúa los excesos pasionales. De esos dos materiales estamos hechos.
Nuestra sensibilidad con respecto a temas como el racismo aumentó en los últimos años, pero una vez más el fútbol demuestra que llega tarde a todas las revoluciones.
Se activó el protocolo de racismo durante el partido, gesto de buena voluntad que es imposible que llegue al fondo de la cuestión. La UEFA abrió un expediente al día siguiente, pero una investigación no le quita a nadie la camiseta de la boca. Afortunadamente Gianni Infantino, presidente de la FIFA, se mostró “entristecido y conmocionado” y aprovechó para soltar un discurso que terminó con contundencia. “¡No al racismo! ¡No a cualquier forma de discriminación!”. Ante tal demostración de civismo, tranquiliza saber que Infantino no le entregará un premio por la paz a Prestianni.
El Benfica perdió la oportunidad de pasar a la historia grande de la decencia reconociendo la falta de su jugador y ayudando a su educación y a la de todos los futbolistas.
Cada vez que el fútbol elige proteger al suyo antes que el valor, se retrasa respecto a la sociedad que representa. La UEFA podrá sancionar, pero la verdadera reparación no es jurídica, es cultural. Cuando un club prefiera perder un partido antes que la decencia, el fútbol dará un salto de madurez. Mientras tanto, seguiremos pensando con la camiseta puesta… o con la camiseta tapándonos la boca.
