Con la testosterona hemos topado: “No huele a ciencia, apesta a estigma”, protesta Caster Semenya | Deportes

En L’Équipe de este sábado, la viñeta reflexiva-humorística de Lasserpe. Bajo el título, “test de feminidad en los Juegos Olímpicos de 2028”, dos hombres, una tabla de planchar con ropa arrugada encima y una mujer: “Tiene cinco minutos para planchar una camisa”. La mujer, hombros caídos, fatalista, rendida, se lamenta: “Cuando hablamos de un gran paso atrás, estamos aún muy lejos de la realidad”.
Con iguales derrotismo y tristeza, y un cierto apunte de ironía, Jonathan Ospina, investigador de la Universidad de Valladolid, lee el documento del Comité Olímpico Internacional (COI) que fija el dogma único de “mujer biológica” y retoma los controles genéticos de cromosomas para expulsar del deporte de competición a las transgénero y a las intersexuales porque su organismo produce demasiada testosterona para lo que es normal en el sexo femenino, baja los brazos y llora: “Bienvenidos a 1984”.
El paso atrás del COI al retomar unos test de sexo abandonados en los años 90 del siglo pasado por consideraciones éticas y legales, conforta al orden establecido, a la necesidad de establecer reglas fijas para una realidad ambigua, y enfurece y rebela a quienes la sufren y al mundo de la ciencia y la ética.
Caster Semenya, africana, aquella por lo que todo empezó, levantó inmediatamente la voz. “Escribí al COI. No recibí ninguna respuesta. Cuando me pidieron que participara en la consulta, dejé una cosa clara: no voy a dejar que me usen como una voz simbólica. La consulta no significa nada si ya lo tienes todo decidido. No significa nada si no te has sentado a escuchar nuestras historias, nuestro dolor, lo que nuestros cuerpos han tenido que soportar en nombre del deporte”, dice Semenya, doble campeona olímpica, mujer intersexual (con el llamado DSD, desarrollo sexual diferente, mujer pese a un cromosoma Y), a la que se prohibió competir en categoría femenina si no tomaba estrógenos para rebajar su nivel de testosterona. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos le dio la razón en su negativa a medicarse, pero su sentencia no modifica las normas. “Si el COI hubiera escuchado de verdad, si la presidenta Coventry hubiera hecho lo que exige una política basada en la evidencia, esta política no existiría. No huele a ciencia. Apesta a estigma. No nació del cuidado por las atletas. Nació de la presión política. Como mujer africana, esperaba que la presidenta Coventry fuera diferente. Esperaba que nos escuchara a todas, no solo a las poderosas, no solo a las que viven cómodas. Tuvo la oportunidad. Nos falló”.
Semenya forma parte de Humans of Sport, una asociación que aboga por la inclusión, cuya directora ejecutiva, Payoshni Mitra, traza la línea ideológica, de clase, de género, de raza, en la que se mueve el concepto “mujer biológica”: “El movimiento deportivo se doblega ante las mismas fuerzas que desmantelan los derechos humanos a nivel mundial: la administración Trump, el movimiento crítico con el género, el esencialismo biológico disfrazado de equidad”.
Todo gira, por supuesto, alrededor de la testosterona, la hormona masculinizante considerada como la gran panacea del rendimiento. Gira, por tanto, alrededor del papel de la mujer. Se prohíbe a las mujeres trans y a las intersexuales competir con las mujeres biológicas por la ventaja que les da la testosterona de más, pero históricamente no se ha combatido con ningún furor a los deportistas que por alteraciones genéticas producen endógenamente más testosterona de la que se considera normal en los hombres biológicos. Cuando se decidían los positivos en los laboratorios antidopaje solo si el cociente testosterona/epitestosterona era superior a cuatro, aquellos deportistas que lo sobrepasaban, como en su momento el ganador del Tour Floyd Landis, alegaban que generaban de más porque su cuerpo era así. Y a aquellos que demostraban que no mentían, que por cualquier razón genética sobrepasaban los límites (lo considerado normal es 1 a 1, testosterona-epistestosterona), el doctor Manfred Donike, el mismo alemán que puso en marcha el método de detección, les sometía a un análisis hormonal y les expedía un carné de testosterona, un salvoconducto para seguir compitiendo pese a la aparente ventaja de disponer de más fuerza.
“La relación T/E se sigue usando como criterio de sospecha, para pasar después a confirmar con cromatografía de gases-espectrometría de masas de relación isotópica (GC-IRMS). Para un deportista con T/E alta de forma natural, la primera vez se hace un IRMS para comprobar que es negativo y, por tanto, natural. El rango de normalidad será más alto para ese deportista. Y las muestras siguientes se tratan igual: se comprueba que estén dentro de su rango de normalidad. Periódicamente, se van haciendo IRMS en muestras que estés dentro de rango”, explica Rosa Ventura, directora del laboratorio antidopaje de Barcelona. “La T/E está dentro del pasaporte esteroidal de cada deportista, de modo que se van viendo los valores de las muestras y se establecen los rangos de normalidad para cada individuo. El carné de antes ahora es el pasaporte biológico”
Nunca se habló de falta de igualdad en la categoría masculina: la ventaja genética es legal. De hecho, para muchos especialistas no está tan claro que la testosterona sea tan importante para el rendimiento, la causa principal de la ventaja competitiva. Ni siquiera lo tenía tan claro el médico Eufemiano Fuentes, uno de los más sabios en asuntos de dopaje. “Es un paso adelante. Permitirá que no se castigue a inocentes”, afirmó a EL PAÍS Fuentes, en el equipo ciclista Amaya entonces, en 1993, cuando la UCI aprobó el salvoconducto de la testosterona. “Prefiero que se escape un culpable a que se condene a un inocente. Era muy duro para un deportista tener que demostrar su inocencia después de haber sido castigado. De todas formas, la testosterona está a la baja como medio de dopaje. Su relación beneficio-perjuicio para el rendimiento del deportista es muy negativa. Rinden más otros anabolizantes, como el estanozolol o la nandrolona”.
“Llegamos a la conclusión de que se respeta el principio de igualdad de oportunidades cuando las atletas con trastornos del desarrollo sexual (DSD) compiten en la categoría femenina, ya que la ventaja en el rendimiento que les proporciona ser DSD es algo que otras atletas femeninas pueden alcanzar sin contar con ella”, concluye en una investigación la italiana Silvia Camporesi, profesora de bioética e integridad y ética deportivas en la Universidad de Lovaina, que encuentra la razón del buen trato al hombre y la estigmatización de la mujer en el masculinismo inherente a los dirigentes deportivos. “La masculinización de los cuerpos de las deportistas que provocó el uso experimental de esteroides suscitó temores. El uso de esteroides supuso un desafío para el orden de género en el deporte debido a la masculinización de los cuerpos de las mujeres que provocaba”, reflexiona Camporesi, miembro del comité de asesoramiento ético de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), en una de sus publicaciones elaboradas a medias con Ospina. “En 1967, en medio de una creciente preocupación pública por el uso de esteroides y la masculinización de los cuerpos de las mujeres, el COI creó una comisión médica para llevar a cabo pruebas de dopaje y de sexo en el deporte y para elaborar una lista de sustancias que debían prohibirse en el deporte. Hoy en día es importante recordar los vínculos históricos entre la verificación del sexo y el dopaje, ya que muchas de las preocupaciones planteadas sobre los competidores se deben a la preocupación por las ventajas desleales en el deporte provocadas por la testosterona, algo que suele asociarse con el dopaje”.
La mejor marca de Semenya en 800m (1m 54,25s) se quedó a un segundo del récord mundial. Es una marca en un rango que más atletas, sin sospechas de ser DSD, han pisado. Como Semenya, la inglesa blanca Keely Hodgkinson, la estrella actual de la media distancia, ha bajado cuatro veces por debajo de 1m 55s. La ventaja genética de otras atletas, como el 3% que proporciona el gen ACTN3 en las pruebas de velocidad, se considera lógica. Quizás porque no afecta al aspecto físico de las deportistas, al ideal de cuerpo femenino determinado por la imaginación de los hombres.
