Calidad universitaria y fondos de inversión | Negocios
La barbarie europea de los primeros siglos medievales —provocada por la caída del Imperio Romano a mano de bárbaras tribus— finalizó con la creación de escuelas y colegios alrededor de monasterios, iglesias y catedrales; custodios durante siglos del legado intelectual de la Antigüedad Clásica. En la Salamanca del siglo XIII, los profesores que entonces impartían clase consideraron que el nombre de “colegio” no cuadraba con la actividad que allí se venía realizando: las enseñanzas de filosofía, leyes, medicina, teología y otras disciplinas, indagaban en búsqueda de un conocimiento “universal”; motivo por el que la denominación más razonable para una entidad semejante era el de “Universidad”. Ese nombre hizo fortuna y, desde entonces, así se “bautizan” todas ellas en el orbe entero.
Los objetivos que persigue la Universidad y los que en ella participan son evidentes: calidad formativa, excelencia académica o la mejora en la docencia y la investigación. Por otra parte, nunca ha sido fácil cuantificar el valor material de esas finalidades. Desde luego, el máximo premio del individuo que alcance cualquiera de esos logros, estará vinculado a un hecho tan inmaterial como es el honor. Así como las matrículas de honor, el honor de los profesores honorarios, o los “honoris causa” en los doctorados. Todo ello tan inmaterial como lo es la gloria universitaria que una institución puede alcanzar con su prestigio. Pero, secularmente, es eso y solo eso lo que la Universidad siempre ha pretendido.
Sin embargo, en tiempos recientes, surgió sorpresivamente en el ámbito universitario la aparición estelar de un nuevo actor al que no le satisface en absoluto la escasa materialidad de esos objetivos “gloriosos” u “honorables”. El frío pragmatismo mercantil de los fondos de inversión busca en los centros de formación superior una rápida rentabilidad económica, y a fe que la están consiguiendo. No se puede cuestionar un lícito afán de lucro en las entidades a ello destinadas. Lo preocupante son las consecuencias que provocan los métodos precisos para su obtención en un ámbito tan sensible como son los estudios universitarios.
La necesidad de nutrir las aulas con grupos de alumnos cada vez más numerosos está necesariamente reñida con el establecimiento de barreras de acceso vinculadas a la excelencia. El comprensible deseo de un aumento de ingresos a través de elevadas cuotas de matrícula, anima a la reducción de las becas para alumnos con necesidades económicas, sea cual sea la calidad académica de éstos.
El “compromiso” de la entidad formativa con la anhelada obtención de un título por parte del “cliente” que satisface un precio, anima al descenso de la exigencia por parte del profesorado. A todo lo anterior se une la inconveniencia de invertir en cuestiones tan poco rentables como la investigación, las alianzas internacionales con universidades y escuelas de prestigio o la búsqueda de talento en la docencia.
Es triste admitirlo, pero actuar en base a todo lo anterior tiene una lógica aplastante dentro de los objetivos de un fondo de inversión. El fin último de su actividad no es prestigiar al centro educativo en el que invierte, sino evidenciar cómo de rentable es su actividad para transferir su titularidad a otro fondo que, a su vez, tendrá idénticos objetivos.
Así estamos viendo circular los raudos y fulgurantes cambios de propiedad de importantes universidades, análogos al de una falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda. Aunque en este caso hay que reconocer que la moneda es de todo menos falsa. Los fondos de inversión a nadie engañan: su indisimulado deseo no reside en emular los laureles académicos de Oxford, la Sorbona o Compostela, sino más bien alcanzar los espectaculares rendimientos de Amazon, Mercadona o El Corte Inglés; entidades, todas ellas, tan respetables como ajenas a la noble actividad que antaño iniciaron aquellos abnegados y fecundos monjes del medioevo.
Tampoco es susceptible de condena el intento de captación masiva de estudiantes. Aquellos que se incorporan al tipo de centro docente que acabamos de describir, se están sometiendo a un “fraude” voluntariamente aceptado, pues sucumben a la fácil tentación de obtener un título universitario esquivando los arduos sacrificios que conlleva alcanzarlo en los ámbitos del mérito y el esfuerzo.
Por suerte o por desgracia, no es fácil —ni siquiera justo— evitar este tipo de situaciones en una sociedad libre. En todas las naciones de nuestro entorno existen numerosos ejemplos de universidades que así funcionan, lo que no obsta a que lo hagan en el mismo territorio y ámbito en el que actúan los más brillantes centros académicos del mundo. Será la propia sociedad la que otorgue su admiración entusiasta o su cordial indiferencia hacia uno u otro planteamiento; su consideración respetuosa o despectiva hacia las titulaciones obtenidas en una u otra institución.
La gran pregunta es si la mera abundancia de recursos financieros supone un verdadero impulso para la calidad académica o si, más bien al contrario, son el rigor universitario y el prestigio los baluartes que garantizan la necesaria estabilidad económica de una institución. Para numerosos centros universitarios —españoles o extranjeros— que pertenecen a entidades sin ánimo de lucro, no ofrece duda la apuesta por la segunda opción de la disyuntiva.
Es esa la que ha conseguido la pervivencia de instituciones centenarias; la que más eficazmente conjuga tradición y modernidad; la que —con esforzada paciencia, perseverante solidez y sacrificio generoso— ha logrado convertir a escuelas y universidades en legendarias. Cada entidad es libre de elegir el modelo que considere más satisfactorio. Unas se decantarán por la rentabilidad; otras lo harán —lo continuarán haciendo— por el honor y la gloria.
