Acantilados del Norte, un ‘Mundial’ de trail en La Palma | Deportes
Como deporte en creación que es, el trail gesta recorridos que aúnan el dolor de piernas y la logística, pero lo que caracteriza a un momento es que su trazado tenga sentido en sí mismo. Acantilados del Norte, con sus cerca de 29 kilómetros y más de 2.000 metros de desnivel positivo —un parámetro imposible de medir con fiabilidad en la nublosa cobertura junto al mar— no solo es una de las carreras más duras del mundo, sino una reivindicación histórica de la zona más pobre de La Palma, un sendero que sirvió para vincular a los pueblos que lo formaban: las rutas de los pescadores hacia el mar y para comerciar entre vecinos. Así que no hubo que inventar nada, simplemente poner en un GPS esa arteria despoblada, la de los habitantes que huyeron a localidades más grandes en busca de un colegio o un centro médico. Entre el orgullo y la dificultad única de tanto sube y baja en terreno tramposo, este sábado la isla albergó un Mundial, con una participación con poco que envidiar al del pasado mes de septiembre en Canfranc. La cita, consolidada en el máximo nivel de las Merrell Skyrunning World Series, brindó la victoria de Manu Merillas y Sara Alonso, platas mundialistas.
En los tiempos donde lo grandes palacios canarios se construían con la madera de La Palma, enclaves como Franceses —conocido por su pescado— o Tablado eran lugares de riqueza. El paso de las décadas los vació y quedan los extremos de recorrido, Barlovento y Garafía, como referentes de un lugar en peligro de extinción: apenas resisten unos 600 vecinos en todo el trayecto de la carrera, arreglado por el Cabildo de La Palma a finales del siglo XX como parte de un camino que rodea toda la isla. Quedan esas pistas de hormigón, cada vez más comido por el sendero. Como las escuelas, supermercados y campos de fútbol abandonados en un trayecto sin bares, un auténtico test del latido de un lugar.
El calendario de las Sky —el nombre de guerra del circuito más vetusto del trail, la antigua Copa del Mundo— incluye este año 18 carreras por todo el mundo con señas de identidad claras, alguna tan expuesta que exige el casco como material obligatorio. Igual que Matterhorn Ultraks traza una aproximación salvaje al Cervino, Acantilados del Norte, en un contexto diametralmente opuesto, al nivel del mar, plantea un menú único por las vistas y la complejidad del recorrido. Por eso no solo está en el calendario, sino que este año se ha convertido en una de las siete carreras con estrella roja, el máximo rango, junto a otras dos españolas como Gorbeia y Sobrescobio. Además de Dements, la final, en el interior de Castellón, a la que los atletas acuden con sus cuatro mejores resultados a lo largo del circuito.
España no solo es potencia en eventos, sino en corredores. Acantilados es la primera gran cita del calendario internacional de la media distancia, el test verdadero de cómo ha ido la pretemporada. La duda que todos compartían en las cenas previas en el hotel que compartían con jubilados alemanes. Alonso y Merillas, los dos referentes nacionales más laureados de último lustro —con permiso de Kilian Jornet, en su propia categoría— salieron con un sobresaliente.

El leonés siguió su auge tras su segundo puesto en la maratón de Canfranc y esta vez batió al francés Frédéric Tranchand, coronado campeón del mundo en los Pirineos. Fue un mano a mano toda la carrera que decidió gracias a su conocida pericia en esas bajadas de terreno tramposo, con una piedra que sobrecalienta los pies y no perdona un solo error a los tobillos. Esa destreza no solo permite ganar tiempo, sino ahorrar esfuerzo de cara a la siguiente subida. Ganó en 2h31m54s. El galo fue segundo a 1m18s. El podio lo cerró Alain Santamaría, cuarto en Canfranc, a 4m15s. El top-10 tuvo siete españoles.
Alonso superó este invierno otra traba más en un historial de percances que incluye un ingreso hospitalario en la víspera de Zegama, la maratón de montaña más cotizada del mundo, que acabaría ganando en 2025, y un accidente con una vaca que desembocó en una fractura de costilla. Esta vez fue un virus que obligó a tres semanas de reposo absoluto. Retrasó sus planes, pero mandó un mensaje el domingo al organizador, Jairo Ponce de León, para pedirle un dorsal. La donostiarra, que conocía lo justo el recorrido, impuso su favoritismo en una carrera que dominó de principio a fin. Batió el récord de la prueba 3h00m43s, pero se quedó con la espinita de los 43 segundos para romper un nuevo umbral. Derrocó a Marta Martínez, tercera a 6m47s. Entre medias, brilló Patricia Pineda, segunda a 5m29s.

La gran seña de identidad de la carrera es cómo alterna el sentido de la marcha para que cada pueblo tenga cada año el superior incentivo económico de la meta y ambos compartan la financiación. Aunque un lugar como Barlovento avisa del viento, la salida de este año, Garafía, fue la sede de un auténtico vendaval que se esfumó tras el primer tercio de carrera, en el corazón de los acantilados. Aunque este sentido tiene más desnivel positivo, los tiempos son parecidos. A los vecinos de esos enclaves olvidados les da igual de dónde vengan los corredores o adónde vayan. Los abuelos que comen higos en Gallegos agradecen que unos tipos con vestimenta exótica devuelvan el ruido a sus calles. Que El Mudo, un lugar que un día superaba los 500 vecinos, vuelva a articular palabra. Los mejores corredores de trail del mundo al servicio de otra batalla paralela a la del cronómetro: la lucha contra la despoblación.
