El sueco Andreas Almgren se impone en el maratón de Nueva York el día en el que Martín Fiz dice adiós a la distancia | Deportes
Como si un ciclo de la naturaleza muriera en el mismo momento en el que otro comienza a nacer, el invierno de Martín Fiz en Central Park otoñal, la última carrera de 42 kilómetros (y 195 metros) en el 42º maratón del campeón alavés, llega en el mismo instante en el que ya florece, primavera atlética en la calle 59 oeste de la Gran Manzana, bordeando el parque de las maravillas, otro atleta europeo, el sueco Andreas Almgren, de 31 años, que podría ser el hijo crecidito del atleta que más ha hecho por la difusión del maratón en España. Pero el verdadero hijo de Fiz, Alex, debutaba en la distancia junto a su padre, que le había exigido en cierta forma —no hay atletismo ni placer sin exigencia— que corriera por debajo de las tres horas. “Podríamos haber ido a 3h 30m, y habríamos disfrutado, porque ya con la edad he perdido músculo y no tengo la fuerza en la pisada que me permitía ir a mejor ritmo,”, explicaba el campeón mundial de 1995, de 63 años. “Pero es mejor disfrutar sufriendo, porque eso es la vida, esfuerzo, sacrificio…” Disfrutaron, seguramente, y sufrieron de verdad, casi pájaras, en las prolongadas cuestas que llevan a la meta por Quinta Avenida y la calle 59, y rozaron su objetivo, que no alcanzaron por poco más de 70 segundos después de haber pasado la media en 1h 26m: 3h 1m 11s para el hijo, Txikifiz; dos segundos más para el padre, Bigfiz.
También Almgren corría en Nueva York su primer maratón, y, como un campeón predestinado que desafía la historia, y como deseaban tantos aficionados, pues el sueco es un atleta que enamora, lo ganó. 2h 6m 1s, un tiempo que no está nada mal en un recorrido con tanto sube y baja como el Nueva York de los cinco burgos y otros tantos puentes, y sin liebres. Metódico y analítico en carrera, tal como exige el master en matemáticas que está cursando, y tal como se plantea sus entrenamientos, que él mismo se organiza: 2.000 kilómetros en las 10 últimas semanas, al final de una temporada en la que ha corrido los 3.000m en 7m 26s, ha ganado el Mundial de medio maratón batiendo el récord de Europa (58m 6s) y los Europeos de 10.000m en Birmingham con una exhibición front runner en la que dobló a casi todos los competidores. Entrenamientos de doble umbral a lo Ingebrigtsen, zona 3 y velocidad, buena cantidad de carbohidratos en carrera, bicarbonato, ciencia. Aguantó tranquilo la carrera de tirones planteada por el marroquí Talbi, el italiano Crippa, que fue su último acompañante y terminó segundo, el keniano Benson Kipruto, el ganador en 2025, que sucumbió en los últimos metros y solo fue cuarto, y el atleta de Leshoto Kamohelo Mofolo, tercero.

“Probablemente nunca me había sentido tan a gusto después de una carrera. Cuando Benson empezó a acelerar a 5 km de la meta, sentí que hoy tenía las piernas para ganarle. Así que simplemente respondí a todo. Luego llegamos a la calle 59 y empecé a abrir un poco de ventaja. Pensé: ‘¿Puedo intentar un ataque ahora?’. Vi que tenía una ventaja bastante grande y no sería necesario acelerar, y entonces me dije: ‘Vale, Andreas, disfruta de esta vista, que ahora son 100 metros, porque esto no es algo que mucha gente puede experimentar”, cuenta Almgren para describir su paseo por Central Park soleado en una mañana fría, en la que no se vio obligado a hacer hablar su velocidad innata de atleta que empezó corriendo los 800, y lo hizo en 1m 45,80s. Ningún atleta con esa velocidad había ganado nunca un maratón de los Majors, ni con su abanico de marcas, sub 13m en los 5.000m y sub 27m en los 10.0000m. Sujetando la cinta que rompió con el pecho al cruzar la meta estaba uno de los más grandes, Bill Rodgers, el norteamericano que ganó hace 50 años el primero de los cuatro maratones de la Gran Manzana que ganó consecutivos, en los tiempos heroicos en los que logró, junto a otros mitos como Alberto Salazar, que correr en chándal por el parque se pusiera de moda en Nueva York y medio mundo. “No se puede pedir un debut mejor. No sé qué decir, estoy a punto de ponerme a llorar. Es mejor de lo que jamás hubiera podido imaginar. Esto de la maratón es bastante divertido, la verdad”.
Almgren es el primer atleta nacido en Europa que lo consigue desde que en 1996 lo hiciera el italiano Giacomo Leone, acabando, como lo había hecho en mayo en Copenhague en el Mundial de la media, con 30 años de asfixiante dominio africano en la distancia. Regresó el fondo a los años 90, cuando los europeos eran los dioses, quizás al 1994 en el que Sabino Padilla le dijo a Fiz que si seguía empeñado en correr 5.000m (donde le costaba bajar de los 14m) y 10.000m (donde a duras penas bajaba de 28m) no tendría mucho futuro como atleta. Tenía 31 años. Podía seguir como si nada o arriesgarse y pasar al maratón, como le recomendó Padilla, ya en la cresta de la ola de la fisiología en España como preparador del increíble Miguel Indurain. No ganó su primer maratón, Boston 94, un debut en el escenario de la maratón más antigua, pero sí el segundo, el que le proclamó campeón de Europa en Helsinki liderando un podio enteramente español, por delante de Diego García y Alberto Juzdado. El año siguiente alcanzó lo máximo al proclamarse campeón del mundo en Gotemburgo, anticipando la llegada triunfal del soriano Abel Antón, que le destrozó en el Mundial de Atenas 97 y ganó también el siguiente Mundial, Sevilla 99. Europa acabó ahí hasta la llegada de Almgren.
Cuando le preguntan, ahora que pasa de los 60, cuál es su mejor recuerdo, dice que la llegada de Helsinki, el abrazo con el ya fallecido Diego García y con Juzdado, y que el peor, el cuarto puesto de los Juegos de Atlanta 96, a los que llegaba como nunca de fuerte, sin un gramo de grasa y barba de varios días que, decía, no se afeitaba porque así le temerían más los rivales. “Llevaba adrede pinta de muerto de hambre”, recuerda, “pensando que al verme, los demás dirían, cuidado, que este no puede temer a nada ni a nadie”.
Colgó las zapatillas de la gran competición internacional después de terminar sexto en los Juegos de Sídney, barrido por el inclemente viento que soplaba en el gran puente. Después se hizo atleta popular y misionero del maratón. “Soy un corazón con patas”, se autodefinió hace años, y lo era en los dos sentidos, en el de la capacidad física y en el de la generosidad. Contribuyó con asociaciones y fundaciones, y en el desierto a favor de los saharauis, organizó entrenamientos con reclusos, entrenó a atletas como su paisano Iván Fernández, que se negó a ganar un cross en el que el que iba el primero se equivocó de llegada y esperó a que le volviera a superar.
Había nacido en Vitoria, hijo de salmantinos de Tamames, Castilla profunda, que emigraron a la capital alavesa en acelerado proceso de industrialización en los años 60. Corría todos los días por el Prado, a la salida de Vitoria hacia Miranda de Ebro. Una figura solitaria que daba vueltas incansable al perímetro de 700m del parque. Era cuando llamaban loco al que corría por el parque, cuando ahora los millones de runners llaman ignorantes a quienes se contentan con pasear por el Retiro sin unirse a las hordas de zapatilleros que lo invaden soberbios. Y en el Prado vitoriano, también, y seguramente compararán sus zapatillas en la tienda que Fiz abrió al lado, Runnigfiz. “Pero lo que más me emociona de verdad”, reflexiona, “es cruzarme con gente que me diga, ‘he empezado a correr maratones por ti, Martín, gracias”.
En categoría femenina, una prueba plagada de ausencias, se repitió la llegada y el resultado de 2024. Sprint de dos kenianas, Helen Obiri y Sheila Chepkirui, y victoria final de la segunda (2h 24m 36s).
