Pippa York: “Las trans no somos el problema en el mundo femenino: nosotras no agredimos a otras mujeres” | Ciclismo | Deportes

El mito Perico Delgado, quizás la gran leyenda del deporte español, nació en una destilería de whisky en la sierra segoviana, y no existiría si no fuera por Robert Millar, el rival más denostado por toda España, y objeto de burla e insultos . El 11 de mayo de 1985, Millar se despistó por Navacerrada y regaló al segoviano su primer gran triunfo: el maillot amarillo de la Vuelta a España. “Perico me cae bien. Es buena persona”, dice quien fuese antagonista de Delgado y que ahora es mujer y se llama Pippa York (68 años) en una entrevista realizada en la redacción del diario As. La escocesa, nacida en Glasgow, ha participado en el III Congreso Deporte en Positivo.

En los ochenta competía como ciclista profesional masculino, era un borde, con manos grandes, como buen escalador, y al que temían los periodistas por su antipatía. Ya era una mujer en un cuerpo de hombre y en un mundo hipermasculinizado. “Me dedicaba al ciclismo profesional y dejaba lo otro [su transexualidad] de lado; intentaba no tener que lidiar con ello“, detalla, “pensaba: ‘Ya me ocuparé de eso más tarde”. La realidad es que “había días en los que no estaba bien; pasaba algo”.

York habla meses después de haber publicado junto con el periodista irlandés David Walsh el libro La escapada, que habla sobre ciclismo, sobre el Tour, sobre su vida y que fue reconocido como el mejor libro deportivo de 2025 en el Reino Unido. Años después de colgar la bicicleta, se divorció, superó una depresión tremenda gracias a los estrógenos y una transición realizada en Tailandia. Fue entonces cuando empezó a estar mejor consigo misma. Ha cambiado de sexo, ha elegido su nombre, y sus manos siguen siendo grandes, manos de trabajadora. Sin embargo, su buen humor es nuevo, y permanente, emana ironía escocesa, tiene ganas de charlar.

Pregunta. Cuando era ciclista, ¿no le habló a nadie de su identidad? ¿No podía confiar en nadie?

Respuesta. Era imposible. Incluso ahora, no hay futbolistas gais [visibles] en ninguna parte del mundo; ninguno se atreve a decir que es gay.

P. Colgó la bicicleta en 1995, a los 36 años, y ocho años después transicionó.

R. Tardé unos cinco años en tocar fondo por la depresión que padecía. Fue cuando supe que debía buscar ayuda profesional. Aunque no llegué a tener pensamientos suicidas, no me cuidaba como debía.

P. En la Vuelta del 85 le llamaban maricón porque llevaba un pendiente en la oreja.

R. Oía maricón y no sabía qué significaba, tuve que preguntarlo… Fue divertido.

P. Era quizás una forma de venganza: un escocés que en los Tours del 83 y el 84 había demostrado ser mejor escalador que los españoles ―fue rey de la montaña del Tour 84―, como si la afición pensara que a un español no se le puede dejar atrás en los Pirineos.

R. Cuando llegué a Europa, no había muchos ciclistas británicos en el pelotón, quizás uno. Los escoceses estamos acostumbrados a cierto nivel de hostilidad. Aunque hagas algo que guste a la gente y ofrezcas espectáculo, te das cuenta de que no siempre estarán de tu parte; pero no estás allí para hacer amigos. Estás allí para competir, así que compites.

Pippa York

P. La vuelta del 85 fue histórica por la forma en la que la perdió y por la victoria de un mito, Perico, empujado por toda España contra usted.

R. No me importó esa reacción. Me gustó estar en España. Me gustó esa especie de locura de las carreras ciclistas.

P. ¿Entendía que le lanzaran ese tipo de insultos?

R. España aún no se había recuperado de la época de Franco y de toda esa represión. Y llego yo con un pendiente. En España la gente no llevaba pendientes. Era como: ‘¿Qué es esto?’. En Europa, los años ochenta fueron la época en la que podías llevar pendiente sin importar si eras hombre, mujer o lo que fuera. Ahora miras y ves a futbolistas con pendientes, piercings y tatuajes, y está bien visto. En los ochenta, aquello llamaba mucho la atención. Y yo pensaba: ‘Sí, llevo un pendiente, ¿cuál es el problema?’. Pero todo el mundo se quedaba sorprendido. Ahora, en cambio, España es buena para las protestas; aquí se hacen protestas de verdad.

P. También llevaba melena.

R. Llevaba el pelo largo, sí. No hay ciclistas con el pelo largo. ¿Y qué? ¿Por qué importa? ¿Por qué tienes que llevar el pelo corto y no puedes llevar pendientes?

P. Usted era borde con la prensa.

R. Yo no lo veía así: a mí no me pagaban por atender a los medios. Me pagaban por ganar carreras de ciclismo.

P. Pero la gente quería conocerle y saber qué pensaba.

R. Y yo no quería contárselo. Además, el equipo ciclista [el Peugeot francés] no me pedía que hiciera más trabajo con los medios porque podían contar con corredores franceses a quienes les gustaba hacerlo. Yo lo veía así: si les doy [a los medios] una hora de mi recuperación, es una hora que he perdido. Así que, si venían a hacerme preguntas, simplemente respondía: sí o no, no lo sé, me da igual… Ya sabe, básicamente: lárgate. Y algún “vete a la mierda”, sí. Así me ponía yo, y eso me permitía ganar quizá una hora más de recuperación para el día siguiente. Para mí, fue una decisión bastante fácil de tomar. Además, influyó lo que veía en otros deportes, como el tenis. Tenías a McEnroe y a Navratilova dando entrevistas, y era algo así como lo que yo quería hacer. Pensé: ‘Si ellos pueden hacerlo, ¿por qué yo no?’

P. El año siguiente perdió la Vuelta ante Álvaro Pino, más fervor patriótico.

R. Perico me cae bien. Es buena persona. ¿Pino? No tanto. Miro la trayectoria de Pino después: se va al Kelme y surgen todas las historias de dopaje. Y pienso que, tanto como persona como ciclista, en nuestra época tuvimos que vivir aquello sin poder contárselo a nadie. Y no quería eso para la próxima generación. No quería que esos chicos crecieran pensando: ‘Ah, no, se espera que hagamos trampas, y si no las hago, me echarán’. Es una mala situación. Pino continuó con eso en el Kelme, así que pensé: ‘No, no eres buena persona si haces eso’.

P. Y usted no era gay…

R. No era gay, no me atraían los hombres [estuvo casado con una mujer cuando era hombre; y su pareja actual, Linda, es otra mujer], así que pasé de ser un hombre a ser lesbiana y trans. Hay gente que piensa: ‘Ah, sí, los gais… eso, más o menos, ya lo entiendo. Está bien’. Pero si eres trans, es como: ‘Eso es demasiado complicado’. Y la reacción es: ‘Ah, vale… aléjate de mí’. Ser transexual te sitúa en un nivel por debajo; no se nos acepta de la misma manera que las personas homosexuales.

P. De hecho, las autoridades deportivas no aceptan a las mujeres trans: el Comité Olímpico Internacional (COI) aconseja a las federaciones internacionales que no las dejen disputar competiciones con mujeres cis.

R. Todo gira en torno a la idea de que la competición deportiva es el escenario ideal donde todos parten en igualdad de condiciones. Pero si hay una mujer trans compitiendo y no gana, eso quiere decir algo. Te indica que no es competitiva. Que yo sepa, en todos esos deportes que han prohibido competir a las mujeres trans, nunca ha habido ninguna atleta trans. Es una excusa política tras la que esconderse, porque se vende como una forma de proteger a mujeres y niñas frente a las personas trans. Pero nosotras no somos el problema en el mundo femenino. No somos nosotras quienes convivimos con mujeres y las agredimos. Esa violencia no proviene de nosotras.

P. ¿Lo vincula con la transfobia?

R. Es una forma de decir que no quieren la inclusión de las personas trans. No se me permite correr los 100 metros porque soy trans. No porque sea buena, sino porque se me ha vetado en el atletismo, el tenis, la natación, el ciclismo, el fútbol, el bridge, el ajedrez, los dardos, el snooker, el billar, los bolos, el curling y la esgrima, bajo el pretexto de que soy una atleta de élite a ese nivel y tengo una supuesta ventaja. Como si mi transición me hubiera permitido adquirir todas esas características que hacen que ahora sea una futbolista de élite, a pesar de que nunca he jugado al fútbol.

P. ¿Cree que esa exclusión está muy extendida?

R. Bueno, mire lo que pasa en Madrid: la gente se manifiesta por el coste de la vida, los alquileres, el trabajo, la vivienda y todo eso. Y entonces alguien grita: “¡Ah! ¿Y qué pasa con el deporte masculino y femenino?”. Y responden: “Ah, sí, eso es terrible”. No importa que no puedas permitirte una casa o comida; pero, ¡oh!, hay una mujer trans ahí jugando al tenis. Sí, mira eso, es terrible. No querrías eso para tu hija. Y todos dicen: “No, no quiero eso para mi hija

P. Hace unos años cubrió tres Tours como periodista. ¿Le enganchó el ciclismo de ahora?

R. En cada generación, si coges a los mejores y les aplicas la forma moderna de hacer las cosas, seguirían siendo los mejores. Si piensas en Delgado como el mejor ciclista de España hace 30 años, pues 30 años después, esa versión de Delgado seguiría siendo el mejor ciclista. Simplemente, rodaría más rápido.

P. ¿Tiene un ciclista favorito?

R. Todo el mundo adora a Wout van Aert, porque pierde bastante y tiene carácter. Y me gusta Pogacar. Me gustan los personajes complejos y con carácter. Cuando veo a Remco y se enfada, eso me gusta. Se estresa en ciertas situaciones, se nota que sigue siendo emocionalmente vulnerable, y eso lo hace más humano.

P. ¿Cómo le caía Bernard Hinault, el patrón de su época?

R. Lo que pasa con esos tipos, los que ganan el Tour de Francia cinco veces, es que todos tienen cierto carácter, ego y ambición. Lo expresan de formas distintas; Hinault tenía un lado agresivo, aunque ahora es menos agresivo que cuando competía.

P. ¿Ha aprovechado estos días en Madrid para visitar la sierra y los escenarios de aquella etapa de 1985?

R. No, ¿para qué? Fue un campo de batalla, sí: ahí es donde perdí. En el Tour de Francia, cuando paso por los Pirineos, donde gané etapas, no es que vaya conduciendo por allí pensando: “He estado aquí, gané una carrera, ¿vamos a subir por ahí?” Compites 100 días al año durante 10, 12 o 14 años, ves tantas cosas, ves a tantos corredores ganar y perder. A veces ganas tú, a veces pierdes. Lo importante como ciclista profesional es ser competitivo, mantener tu sitio y seguir siendo capaz de influir en el desarrollo de la carrera. Aunque no ganes, si eres competitivo y puedes aportar algo a la toma de decisiones, entonces tienes tu lugar. Sin embargo, cuando ya no eres competitivo ni influyente, llega el momento de retirarse, porque si no, te destrozan cada día.

P. Lo que decía Ángel Arroyo, su rival en el Tour, que murió el domingo, “Si esto es el ciclismo, me retiro, porque esto no me gusta”.

R. Pienso en él, ha muerto relativamente joven. Siempre digo que tenemos un número limitado de latidos, y yo he gastado muchos de ellos en carreras ciclistas. Es una idea propia de la filosofía china: uno dispone de una cantidad limitada de energía, de energía vital. Y, tras correr unos cuantos Tours de Francia, te queda un poco menos de energía. Puede que no viva tantos años, pero me he divertido.

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