Más relato que sustancia en el neocolonialismo de Trump en Venezuela | Opinión

El anuncio estadounidense sobre el petróleo venezolano del pasado sábado evoca un pasado colonial que abre (o refuerza) muchos más interrogantes de los que cierra. En primer lugar, sobre el futuro del país: el acuerdo apunta a un régimen de protectorado propio de la Centroamérica de los años 1920, cuando se acuñó el término república bananera: la legitimidad de Delcy Rodríguez para entregar las reservas petroleras no es muy distinta de la de Nicolás Maduro para nacionalizar empresas. La segunda duda es de carácter práctico. La industria petrolera venezolana necesita inversiones milmillonarias, 86.300 millones de dólares según apuntó Caracas, y de largo plazo.
El petróleo venezolano no es fácil ni barato de extraer: por este motivo, el sector privado estadounidense ya fue, poco después de la operación para derrocar a Maduro, extremadamente cauto. Si algo necesitan este tipo de inversiones es estabilidad. Cabe esperar que las empresas del sector (acostumbradas a tratar con gobiernos de todo pelaje, y con capacidad para seleccionar inversiones en todo el mundo), antes de abrazar las estratosféricas cifras apuntadas por Donald Trump, hagan sus propios cálculos: coste, ingreso, beneficio y, sobre todo, riesgos de un eventual cambio político que pueda estropear las cifras de la hoja de cálculo.
La tercera duda es la que siempre rodea a los anuncios de Trump (dando por hecho que el Ejecutivo de Caracas es una comparsa): qué parte es real, qué parte es un deseo y qué parte es inventada, pues siempre hay un poco de todo. A dos meses de las elecciones legislativas, el hecho es que llenar el depósito de gasolina tiene un coste récord a causa de una guerra, la de Irán, que la Casa Blanca no parece en condiciones de ganar militarmente; tampoco de explicar en qué consistiría esa victoria. Venezuela proporciona un relato alternativo (eso sí, falso), según el cual el poder militar y la decisión de su comandante en jefe redundan en favor del ciudadano medio de forma inmediata y cristalina, como un tuit.
La caída de Maduro y la tutela estadounidense de Venezuela son un imán para el capital extranjero hacia una industria petrolera en fase de derribo, asolada por lustros de corrupción y déficit inversor. Un proceso del que se podrán beneficiar empresas que, como Repsol, han mantenido las operaciones en el país, y que permitirá recuperar producción. Pero ello dependerá de las decisiones del sector privado, que siempre prefiere un marco institucional predecible y estable. El mundo no es el mismo que hace 100 años.
