Un tiempo prestado | Mercados Financieros

En verano uno mira menos las noticias y quizá por eso las ve con mayor claridad. Llegan a ráfagas: un titular en el móvil, una conversación a medias, la radio de fondo. Y casi todas parecen contar la misma historia: las Bolsas rozan máximos, las empresas ganan más que nunca y la tecnología no se detiene. La economía, a juzgar por el escaparate, va bien.

Después uno levanta la vista de la pantalla y encuentra una realidad menos perfecta: el vecino que no llega a fin de mes, la tienda de barrio que ha echado el cierre o el hijo de treinta años que no puede pagarse un alquiler. Algo no encaja y no está usted teniendo visiones. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo.

Durante buena parte de las últimas décadas fue justo al revés. A ver, no todo era perfecto —hubo crisis, recesiones, desempleo y algún susto de los gordos—, pero nos iba bien o al menos, aunque la prosperidad no alcanzara a todos por igual, la economía sí disfrutaba de unas fuerzas de fondo que hacían que sus beneficios llegaran a muchas más capas de la población.

No, no era un mundo igualitario, pero sí uno en el que crecer resultaba relativamente más fácil y los beneficios del crecimiento se extendían más. Hoy la frase se ha dado la vuelta: todo va bien, pero a todos nos va mal. El dato luce y, por debajo, mucha gente está peor que hace años.

Alguien podría tener la tentación de mirar aquel mundo con nostalgia, como si hubiera sido fácil y ahora lo estuviéramos perdiendo. No era un mundo perfecto. Hubo desigualdad, precariedad y regiones enteras que se quedaron atrás. Lo bueno es que el viento de cola era tan ancho que casi todos notaban algo de empuje. Aquella etapa contó con dos ayudas extraordinarias: dinero cada vez más barato y una enorme capacidad productiva incorporándose a la economía global.

Desde finales de los años ochenta, los tipos de interés siguieron una larga tendencia descendente. Al mismo tiempo, China y otras economías emergentes añadieron cientos de millones de trabajadores al mercado laboral mundial. Las empresas pudieron producir más barato, ampliar sus márgenes y financiarse a costes cada vez menores. A ello se sumaron el avance tecnológico, el aumento del comercio y unos mercados de capitales cada vez más profundos.

Nos acostumbramos tanto a estas condiciones excepcionalmente favorables que las confundimos con la normalidad. Y no, no lo era. Era un tiempo prestado, pero las condiciones del préstamo han cambiado.

Lo que vivimos ahora quizá no sea tanto un mundo nuevo como el regreso de uno más antiguo y conocido, el de siempre, donde el capital es escaso, la geopolítica pesa y la rentabilidad no les toca a todos por igual. La anomalía no es este presente. La anomalía fueron aquellos treinta años “tan amables”.

Hay una razón de fondo. La economía ha dejado de buscar únicamente lo más barato para buscar también lo más seguro. Durante años se producía allá donde resultara más eficiente, donde saliera a cuenta, sin preguntar demasiado por la bandera del proveedor, el fabricante o el origen de la energía. Ahora los gobiernos quieren las fábricas cerca, la energía bajo control y los proveedores en el bloque político “correcto”.

Puede ser razonable, incluso necesario, no voy a entrar a discutirlo. Pero duplicar cadenas, reindustrializar y rearmarse cuesta dinero, y ese dinero se paga con más inflación y con tipos que difícilmente volverán a niveles próximos a cero. No digo que lo barato se repartiera siempre de forma justa. El dinero gratuito subió el precio de los activos y benefició sobre todo a quienes ya los poseían. La globalización dejó ganadores y perdedores. Aun así, abarató bienes, amplió el comercio y permitió que muchas compañías crecieran sin necesidad de disponer de balances extraordinarios. El nuevo modelo, sin embargo, favorece a las empresas que parten con más capital, mayor escala y respaldo público.

Un claro ejemplo es la inteligencia artificial, porque democratiza el acceso a capacidades que hasta hace poco una pequeña compañía no podía ni siquiera soñar. Pero la infraestructura que sostiene esa aparente democratización está extraordinariamente concentrada y premia a quien ya iba por delante: al que tiene los datos, el capital para invertir miles de millones y el acceso a los recursos, que devora funcionando las veinticuatro horas. Además, cuanto más potente se vuelve, más se concentra. La inteligencia artificial puede abaratar el conocimiento y, al mismo tiempo, encarecer todo lo físico que necesita para funcionar.

Para el que invierte, nada de esto significa que hoy sea más difícil que antes. Solo que es distinto.

Durante largos periodos bastaba con estar dentro y dejar que el viento de cola hiciera buena parte del trabajo. Ahora hay que elegir bien dónde estás, porque los lados se han separado tanto que el mismo mercado puede ser el cielo o el infierno según dónde caigas. El índice está en máximos, cierto, pero conviene mirar de qué está hecho ese máximo, quítele unos cuantos nombres y el retrato cambiará. Muchas de las compañías llevan meses sin ir a ninguna parte. Así que uno cree que se apoya en el mercado y, sin darse cuenta, se apoya en unas pocas empresas.

Por eso importa más que nunca saber qué nombres explican la rentabilidad y cuánto se está pagando por ellos. Distinguir la compañía con una ventaja real de la que solo tiene una buena historia, la que financia sus propias inversiones de aquella que depende de financiación o la que convierte la innovación en beneficios de la que se limita a anunciarlos. No lo dude, es mucho más trabajo; pero también es más interesante.

No hay que leer nada de esto en clave de derrota. El mundo que viene tendrá crecimiento, innovación y oportunidades. Puede que incluso algunas sean más atractivas que las de antes, pero exigirán mayor selección. Habrá que ganárselas una a una.

¡Ah! Y la próxima vez que le digan, entre el segundo refresco y el chapuzón, que la economía va estupendamente, no discuta. Puede que sea verdad. Solo hay que preguntarse: ¿para quién?

Virginia Pérez es directora de inversiones de Tressis

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