Formar salía gratis | Negocios

Recibir totalmente corregido un escrito que uno creía brillante y entender que no bastaba con saber derecho para ser abogado. Descubrir que unas condiciones generales impecables podían ser inútiles si no recogían lo que preocupaba al cliente. Nada de eso se enseña en una facultad, por buena que sea. Los que firmamos esta columna aprendimos así, y no en la misma época.
Se enseñaba en el despacho. El abogado júnior revisaba contratos, cotejaba jurisprudencia, preparaba escritos que alguien le devolvía corregidos. La corrección era la escuela. Y el socio que corregía sabía hacerlo porque alguien le había corregido antes a él, y así hasta donde alcanza la memoria del oficio. Los sistemas de inteligencia artificial (IA) se llevan esa tarea y, con ella, la ocasión de corregir y de ser corregido. Se interrumpe una cadena, no un tipo de trabajo. Una profesión que deja de transmitir no se hunde. Descubre, una generación después, que no tiene nada que entregar.
Está medido fuera del derecho, aunque el atajo sea el mismo: entregar un resultado que uno no habría sabido producir. En un seguimiento de 30 meses a casi 27.000 escolares chinos, aquellos que delegaban los deberes en la IA subían la nota y tardaban un tercio menos, pero dos años después rendían peor en los exámenes que de verdad contaban. Quienes seguían dedicando el mismo tiempo al trabajo aprendieron con normalidad. No penalizaba la herramienta. Lo que penaliza es dejar de estar delante del problema.
Aquella escuela con la que aprendimos salía gratis porque el aprendiz producía valor mientras aprendía y sus horas se facturaban. La pirámide no toleraba la formación: la financiaba. Nadie tenía que decidir si invertir en ella, porque venía incluida en el precio del trabajo. Y eso no es exclusivo del derecho. También ocurría, del quirófano a la redacción, en cualquier profesión en la que se aprendía produciendo. La IA no rompe la formación. Rompe la subvención cruzada que la hacía invisible. Al romperse aparece en la cuenta de resultados una partida que no había estado ahí jamás.
Cuando 100 despachos piden el mismo análisis al mismo sistema de IA, los 100 obtienen respuestas similares. La productividad pasa a ser condición para competir, no la razón para ser elegido por el cliente. La excelencia nunca ha vivido en el promedio.
Lo que distingue a un despacho de otro es lo que no se le puede pedir a un sistema. El conocimiento del negocio, del cliente y de la contraparte se construye durante años, trabajando sobre asuntos reales y aprendiendo de quienes ya saben leerlos. Eso es lo que el cliente llama confianza. Cualquiera puede adquirir la misma herramienta. Nadie puede comprar ese proceso. Un despacho puede fichar a quien ya lo ha recorrido. Todos los despachos a la vez, no.
Por eso la decisión urgente no es qué herramienta incorporar, sino cómo aprenderán los abogados júniores cuando ese trabajo ya no pase por sus manos. La respuesta cómoda es ponerlos a supervisar lo que la máquina produce. Pero eso es tanto como pedirles que juzguen un trabajo que nunca han tenido que hacer. Los júniores tendrán que seguir produciendo con la IA y respondiendo de lo que entregan. Antes el socio corregía un escrito. Ahora tendrá que corregir el juicio con el que ese escrito fue construido.
Eso exige dos cosas que parecen contrarias. Exigirles antes versiones casi finales donde antes bastaba un borrador. Y darles más tiempo, no menos, para trabajarlas y para que las supervisen a ritmo humano. Es decir, devolverles justo lo que la máquina acaba de ahorrar.
Toda eficiencia liberada acaba en algún sitio. Por defecto, en producir más de lo mismo. Devolver ese tiempo a quien aprende cuesta dinero este año y rinde dentro de diez. El daño de no hacerlo tarda exactamente lo mismo en aparecer. Pero no por lejano, ese daño deja de ser previsible. No hay socio con criterio donde no se formó un abogado júnior. No es una decisión del departamento de personas. Es de dirección.
Ninguna de aquellas correcciones enseñaba derecho. Enseñaban a ejercerlo. Nunca ha bastado el conocimiento técnico para ser un buen abogado; hace falta el criterio del que todo el mundo habla y pocos explican qué es ni cómo se obtiene. El criterio exige tiempo, errores y uno o varios maestros. Tres cosas que el trabajo regalaba y que ahora habrá que presupuestar. Quien no lo decida tendrá un despacho extraordinariamente eficiente. Le faltará lo único que la eficiencia no produce: la siguiente generación de buenos abogados.
