Más turismo, más empleo | Opinión

El turismo deja otro récord este verano. Cerca de 3,1 millones de afiliados a la Seguridad Social en julio estaban vinculados con esta actividad. Es una plusmarca en cifras absolutas, superando los registros del pasado mayo, y supone que el sector generó casi un 14% del total de empleos que había en España (más de 22,5 millones). El hecho de que en ese mes se batieran máximos tanto en cotizantes totales como en las profesiones turísticas muestra hasta qué punto el sector y la economía española discurren en paralelo.
Del turismo siempre se ha dicho que es la gran industria de España. Un recurso clave para su economía, sin el cual no se entendería el proceso de convergencia con otros países del entorno iniciado en los años sesenta del siglo pasado o, ya en el presente, la salida de la Gran Recesión. Pero el peso del turismo en el empleo también ha lastrado la percepción de España y su caracterización como un mercado laboral con mucha mano de obra no cualificada. Un ecosistema, en definitiva, de baja productividad y poca innovación que complica el deseo de asemejarse más a otras economías avanzadas.
En ese sentido, la mejor noticia de los últimos tiempos no es solo que el empleo turístico progrese. Sino que el sector en su conjunto da signos de que algunas cosas están cambiando. Se vio la semana pasada en las cifras de coyuntura hotelera del INE. Otro récord de pernoctaciones pese a la caída de algunos de los principales mercados emisores (que siguen siendo el Reino Unido, Alemania y Francia), a la vez que subía mucho más la tarifa media. Datos consistentes con lo que llevan tiempo mostrando las estadísticas de llegadas (que crecen moderadamente) y de gasto turístico (que sube mucho más).
En definitiva, España está diversificando mercado turístico y creciendo en cantidad, pero sobre todo en calidad. Pese a que muy probablemente este año se superen por primera vez en la historia los 100 millones de viajeros, lo relevante es que esa apuesta por volumen ni es ni puede ser indefinida. Y solo queda por tanto aumentar el impacto económico de quienes llegan, intentando minimizar la huella social y medioambiental que dejan. Pero no es una transformación menor, ni inocua. La competitividad en precio de España es clave para que no pierda atractivo como destino. Y la nueva escalada inflacionista que ha traído la guerra de Irán, especialmente aguda en el flanco energético, obliga a poner los cinco sentidos en el proceso.
