El final que no viste venir

Todas las noches me digo que debo comprar un despertador analógico en vez de poner la alarma en el móvil: lo tienes después tan cerca que acabas desbloqueando el teléfono de nuevo como una resistencia a que se acabe el día. La pantalla al encenderse vuelve más oscura la madrugada. Reviso los mensajes y en un grupo archivado alguien ha enviado una imagen: un helado con la forma de un niño que sonríe bobalicón. Tiene un gorro de chocolate en punta, los ojos y la boca son rosa fresa y la nariz es una bola verde de chicle. Mikoboy se llama esa criatura bidimensional que me mira sobre la frase: ¿Te acuerdas de la última vez que lo tomaste? No, nunca lo tomé. Empiezo a observar el resto de helados que salen por detrás en el viejo cartel de Miko y reconozco mi preferido, que ya no se fabrica. Me pregunto si somos capaces de saber cuándo es la última vez que hacemos algo, y no solo el último helado infantil: un partido al futbolín con ese amigo, una copa de vino, un baño en el mar, un gol de tu jugador favorito, ¿sabías que había sido el último?
