mié. Jul 29th, 2026

China puede seguir apagando las llamas del precio del petróleo | Opinión

En la crisis del estrecho de Ormuz de 2026, China es un factor importante, pero sobre todo por lo que no ha hecho. Desde que estalló la guerra en Oriente Próximo en febrero, el mayor importador de crudo del mundo ha recortado drásticamente sus compras en el exterior, con lo que ha dejado los precios del petróleo muy por debajo de lo que podrían haber sido. Mientras la inestabilidad en el Golfo volvió a empujar el brent hacia los 100 dólares por barril (aunque luego retrocedió tras el acercamiento de posturas entre EE UU e Irán), la pregunta clave es si se mantendrá el discreto papel de Pekín.

En su punto álgido, la guerra dejó atrapados unos 13 millones de barriles diarios de suministro tras Ormuz. El aumento de la producción fuera del Golfo y las extracciones de las reservas mundiales absorbieron parte del déficit global. China también contribuyó. Tras haber importado una media de unos 12 millones de barriles diarios durante los cinco años anteriores, según los datos aduaneros, el país compró solo alrededor de 7 millones de barriles diarios en junio.

Sin la actuación de Pekín como una especie de consumidor de transición —el equivalente, en el consumo final, del papel que tradicionalmente ha desempeñado Arabia Saudí—, el petróleo habría costado incluso más que su máximo de 120 dólares por barril de mayo. Es más, la posición de China resulta ahora aún más determinante. Los ataques de los hutíes contra los buques en el mar Rojo pueden dificultar que Arabia Saudí esquive Ormuz desviando sus exportaciones a través de su oleoducto hacia Yanbu. Las reservas mundiales que han ayudado a cubrir los déficits de suministro han caído con rapidez. Si China irrumpiera en el mercado para reemplazar de golpe los 5 millones de barriles diarios de importaciones que le faltan, los precios podrían dispararse mucho más.

Sin embargo, hay motivos para pensar que eso no ocurrirá. A diferencia de otros grandes consumidores de petróleo como Japón, China no afrontó el golpe del Golfo sustituyendo principalmente el crudo entrante por barriles de sus almacenes. Al contrario, todo su sistema se contrajo y se adaptó, al parecer hasta un punto que sorprendió incluso a Pekín.

Entre finales de febrero y finales de junio, el menor procesamiento de las refinerías chinas —medido sobre todo por el volumen de crudo tratado en un periodo determinado— representó cerca del 60% de la reducción total de 5 millones de barriles diarios en las importaciones, según la firma de análisis Energy Aspects. La caída se produjo después de que el Gobierno restringiera las exportaciones de gasolina, diésel y otros combustibles a principios de marzo.

Los consumidores chinos, por su parte, se mostraron sorprendentemente dispuestos a recortar su propio consumo de combustibles fósiles cuando los precios subieron hasta los topes internos que las refinerías están obligadas a respetar. Los conductores condujeron menos, aunque los precios en las gasolineras solo aumentaron de forma moderada, y algunos propietarios de vehículos de gasolina antiguos optaron por alternativas eléctricas. La demanda de diésel cayó con fuerza a medida que se aplazaban proyectos de construcción pública y los camiones eléctricos y de gas natural licuado desplazaban a los vehículos convencionales. El tren de alta velocidad, relativamente barato y bien conectado en China, ofreció una alternativa al avión.

La extensa industria petroquímica china también ayudó. Años de expansión de la capacidad han generado un exceso de oferta crónico y márgenes escasos en productos como los plásticos. Los productores entraron en la crisis con abundantes inventarios, lo que permitió a las plantas reducir sus tasas de operación mientras los clientes agotaban existencias. Las refinerías y las empresas químicas también sustituyeron, en la medida de lo posible, las materias primas derivadas del crudo por gas licuado de petróleo, etano, gas natural y materias primas a base de carbón.

Todo ello supuso que solo el 40% de la reducción de 5 millones de barriles diarios de importaciones —o 2 millones de barriles diarios, según los datos de Energy Aspects— correspondió a menores compras destinadas a las reservas. Eso, en cualquier caso, se compara con los niveles elevados de febrero, ya que Pekín ha tratado de incrementar sus reservas de petróleo de forma más activa desde el año pasado. Y aunque China autorizó en abril a las refinerías estatales a recurrir a sus inventarios como precaución durante la crisis, la mayoría de las reducciones han afectado a las reservas comerciales.

La gran incógnita es qué han supuesto estos diversos cambios para el nivel general de las reservas de petróleo de China. La opacidad del almacenamiento controlado por el Estado dificulta cualquier lectura precisa, sobre todo del volumen guardado bajo tierra. Pero la firma de análisis Vortexa estima que China dispone de unos 1.400 millones de barriles en tanques de superficie de refinerías estatales, el equivalente a casi cinco meses de importaciones. Y varios analistas aseguran que las extracciones han sido limitadas hasta ahora, y que no creen que Pekín haya recurrido en absoluto a su almacenamiento subterráneo.

Dado que el país cuenta con más de 160 millones de barriles de capacidad de almacenamiento nueva o sin utilizar, según Vortexa —incluidos más de 100 millones de barriles en nuevas instalaciones estatales—, cabe pensar que Pekín querrá llenarla como seguro frente a un mundo inestable. Sin embargo, tras comprobar la flexibilidad de la demanda nacional, es posible que las autoridades chinas fijen un calendario menos precipitado para hacerlo.

En cualquier caso, una avalancha inmediata de importaciones encajaría mal con las pautas de compra de crudo del pasado de Pekín. Los grandes compradores —a menudo filiales privadas de gigantes estatales cotizados como Sinopec y PetroChina— tienden a acumular petróleo cuando está barato, en lugar de perseguir una subida. La campaña de reabastecimiento del año pasado se produjo con el brent cotizando entre unos 60 y 80 dólares por barril, muy por debajo de su nivel actual. Los analistas de Energy Aspects calculan que otro empuje sostenido es más probable por debajo de los 70 dólares por barril.

Nada de esto significa que las importaciones chinas vayan a estancarse en 7 millones de barriles diarios. En julio, Pekín ha relajado las restricciones a las exportaciones de combustible. El gasto en infraestructuras públicas del segundo trimestre, que quedó aplazado, podría impulsar el consumo de diésel si se reanuda a medida que se acelera la emisión de bonos de los gobiernos locales. Los inventarios petroquímicos tampoco pueden reducirse de forma indefinida, mientras que los consumidores conducirán más y la sustitución del crudo podría revertirse. Aun así, incluso en un escenario optimista, las importaciones del segundo semestre solo se recuperarán hasta situarse entre 1 y 1,5 millones de barriles diarios por debajo de los niveles previos a la guerra, según las estimaciones de Vortexa.

Existen, por supuesto, límites al margen de maniobra de Pekín. El crudo importado supone bastante más de la mitad del consumo nacional de petróleo, y no hay una vía evidente para reabrir Ormuz. Como cualquier otro comprador internacional, China podría verse obligada finalmente a aumentar sus importaciones si la crisis se prolonga. Aun así, un escenario apocalíptico en el que Pekín restablezca de forma instantánea las importaciones a 12 o 13 millones de barriles diarios por motivos puramente estratégicos —e impulse los precios del petróleo mucho más arriba— está lejos de ser el único desenlace posible.

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