Odiar a Messi, odiar a Arguiñano | Mundial 2026 de Fútbol

A veces se me olvida que hay gente que odia visceralmente a Messi, gente adulta, personas que crían a sus hijos en comunión con el Señor y cenan pizza los domingos, casi como una persona normal. Sin embargo, en cuanto ven a Lionel aparecer por la puerta de chiqueros se transforman en algo parecido a ese señor —de nombre Juan Ramón Constante, por cierto— que baja cada día a tomarse un vino con mi padre en el chiringuito del puerto y no puede evitar ponerse hecho un basilisco en cuanto ve aparecer a Karlos Arguiñano en la pantalla de televisión. Pues sí que eres constante, Juan Ramón, suele canturrear el dueño del local mientras el otro insulta a medio pueblo vasco.

Sobre las razones que pueden sostener en el tiempo semejante ojeriza podemos teorizar sin apenas miedo a equivocarnos. Habrá quien no le perdone el color de la camiseta: la actual albiceleste y la vieja azulgrana, pues hay heridas que no cicatrizan nunca. A los aficionados nos cuesta superar algunas de las derrotas infligidas, aunque lo que más molesta de Messi podría ser esa costumbre suya de resolver los partidos caminando mientras el resto del mundo debemos enfrentarnos a la vida al galope, corriendo como pollos sin cabeza. Todo esto entra dentro de lo razonable. A fin de cuentas, el fútbol vive precisamente de estas pequeñas enemistades civiles que nos permiten discutir durante horas sin dejar de saludarnos al día siguiente.

El siguiente escalón es el verdaderamente fascinante. Me refiero a ese instante en el que un adversario deja de ser un futbolista extraordinario para convertirse en un fraude universal. Da igual si vuelve a levantar la Copa del Mundo, si marca el enésimo gol imposible o si el portero rival le pida la camiseta al final del partido a modo de bella cicatriz. Siempre habrá quien encuentre el momento más inoportuno para recordarnos que a él nunca le pareció para tanto, que es una actitud tan nuestra como explicarle a los demás en qué punto hay que comerse la carne o echarle gaseosa al vino.

Existe en todo el mundo una corriente de pensamiento según la cual reconocer el talento ajeno equivale a rendirse. Si uno admite que Messi es un genio irrepetible, automáticamente pierde la custodia compartida de Cristiano Ronaldo, la de Mbappé, la de Maradona y hasta la de Don Ramón Mendoza. No debería ser así, pero las redes sociales no mienten y algunas columnas de opinión tampoco. Discutirle el trono a Messi se ha convertido en un ejercicio parecido a los juicios sumarísimos y la justicia no se detiene por mucho que al acusado le hayan salido canas o esté a punto de tener a su primer nieto.

Tal vez por eso me despierta tante ternura el bueno de Juan Ramón Constante cuando vuelve a despotricar de Arguiñano mientras moja el pincho de tortilla en el agua de las aceitunas. En el fondo necesita que el cocinero aparezca en la pantalla cada día y a la misma hora para poder enfadarse otra vez. Con Messi ocurre algo parecido. E incluso ahora que se acerca el final de su carrera hay quien sigue pendiente de cada control, de cada falta, de cada arbitraje y de cada paseo por el campo con la secreta esperanza de que algún día, por fin, se le conceda la oportunidad de decir: “¿Lo veis? Si es que ya lo decía yo que no era para tanto”. Lo malo es que ya llevan más de veinte años esperando y, a estas alturas, incluso ellos empiezan a sospechar que el problema nunca fue Messi. Ni Arguiñano.

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