Argentina, el fútbol y la épica del sufrimiento

Los argentinos se toman muy en serio el fútbol, ese problema ficticio al que les encanta entregarse, acaso porque también es uno de los pocos triunfos posibles para una porción del mundo donde el viento sopla en contra. Esa magnitud supone muchas veces un problema: las derrotas no son una posibilidad sino una plaga, y los fracasos derivan en un tribunal de justicia popular.

Lionel Messi necesitó ganar el Mundial de Qatar 2022 para que se terminaran sobre él las miradas acusatorias de una parte de los fanáticos. El 10 acumulaba 41 títulos, pero no podía escaparse de los contadores de carencias ajenas ni de los burladores con micrófono. El tema a veces deriva literalmente en una cuestión de vida o muerte: las oleadas de violencia en los estadios provocaron cientos de víctimas mortales desde finales de los años cincuenta.

Pero en el anverso de esa moneda, la trascendencia que Argentina le concede a su patria en pantalones cortos, elevándola a mucho más que un entretenimiento, implica su principal fortaleza. En los tobillos de América, el fútbol nunca deja de ser un juego —¿cómo no podría serlo en el país donde nacieron Lionel Messi, Diego Maradona y Alfredo Di Stéfano?—, pero es también un sentimiento y un sufrimiento, acaso una continuidad sobre el césped de una sociedad que desde hace décadas surfea sobre múltiples crisis. A veces Argentina juega para sobrevivir y otras sobrevive para seguir jugando.

Al final del taquicárdico triunfo ante Egipto, Messi, Lionel Scaloni y Enzo Fernández no se rieron ni bailaron ni pensaron en festejos para TikTok, sino que se descargaron en llantos. Tipos curtidos, que habían subsistido a mil batallas de Termópilas, pero que igual daban por hecho que, si no hubiesen recurrido a los anticuerpos albicelestes contra las derrotas para revertir el 0-2, al final del partido los esperaba otro tipo de lágrimas, las de la derrota. El autobús de la Albiceleste había quedado al borde del precipicio y ellos, aunque ya se ganaron la inmortalidad en Qatar 2022, habían visto su propia caída.

Argentina sabe jugar al fútbol, pero eso lo saben muchos. El tema es que Argentina además sabe sufrir el fútbol, y eso no es para cualquiera. Cabo Verde en octavos de final y Egipto en cuartos —dos equipos menores, sí— tuvieron contra las cuerdas al campeón del mundo, pero al final del camino se encontraron ante la misma encrucijada. A la Albiceleste no basta con ganarle: hay que rematarla, pisarla y volver a ganarle para terminar de liquidar a una selección que tiene dentro de sí un gen que construyó con décadas de cultura futbolística, hecho de talento pero también de resiliencia ante la adversidad. Cuando al equipo de Scaloni no le alcanza para ganar —y mostró poco fútbol en este Mundial—, recurre a otra carta: que alguien le gane.

Argentina en 2026 parece agonizar, pero avanza a los tumbos, como si de fondo sonara la voz desgarrada de Roberto Goyeneche en Naranjo en Flor, ese tango que proclama “primero hay que saber sufrir”. O, también, como si el soundtrack de los goles de Messi en Estados Unidos fuera Mercedes Sosa cantando Como la Cigarra: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, y sin embargo estoy aquí, resucitando. Gracias doy a la desgracia, y a la mano con puñal, porque me mató tan mal, y seguí cantando”.

El próximo rival será Suiza, el sábado, en un partido ya contaminado por la sospecha sobre los árbitros que lanzó el técnico de Egipto, Hossam Hassan, y que buena parte de los simpatizantes de otros países parecen validar. El entrenador suizo, Murat Yakin, dijo además en voz alta lo que todos vieron de la Albiceleste en el Mundial pero que tal vez se le convierta en un bumerán: “Argentina es vulnerable”. Son recelos o diagnósticos que no suelen ser una buena idea para los adversarios del campeón defensor, en el césped y en las redes: los futbolistas y entrenadores argentinos se especializan en transformar la bronca en su combustible y crearse enemigos, reales o ficticios, para darse más fuerzas.

En los últimos 50 años de los Mundiales, los compatriotas de Maradona y Messi se convirtieron en una de las principales potencias de la Copa, o acaso en la principal: tres títulos, cinco finales y los dos jugadores más grandes de la era de la televisión a color. Pero no solo es fútbol. Es también un drama. Y Argentina está diseñada para sobrevivir.

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