Convertir la longevidad en bienestar exige inversión y reglas claras | Opinión
La salud es uno de los valores más apreciados por la ciudadanía, y la esperanza de vida se puede identificar como uno de sus indicadores clave, en todos los continentes y para todos los colectivos. Un niño que nazca hoy vivirá, de media, más del doble que uno nacido hace apenas un siglo. El avance ha sido particularmente notable en Asia, América Latina y África, con incrementos que rondan los 45, 40 y 35 años, respectivamente, mientras en Europa y Norteamérica, que partían de una situación más favorable, el incremento se sitúa entre 25 y 30 años.
Hay múltiples factores para justificar este progreso tan rotundo, entre ellos el impacto estructural de las medidas de salud pública y la mejora de las condiciones de vida. Sin embargo, no es arriesgado señalar que los descubrimientos y avances que se han dado en los campos de la ciencia y la tecnología durante los últimos cien años están entre las causas que han podido intervenir en dicha senda tan positiva. El descubrimiento de las vacunas y los antibióticos son ejemplos paradigmáticos de avances científicos que han contribuido a este progreso vivencial.
Sin embargo, aunque la esperanza de vida ha aumentado de forma extraordinaria, existen hoy varios motivos de preocupación. Diversos estudios muestran una desaceleración del ritmo de mejora de la esperanza de vida observado durante décadas y, además, persisten profundas desigualdades globales. Por otra parte, en muchos países, los años de vida ganados no siempre se traducen en más años de vida con buena salud, debido al incremento de la multimorbilidad, la fragilidad y las enfermedades crónicas asociadas al envejecimiento.
Frente a estos desafíos, la ciencia y la tecnología vuelven a situarse como herramientas fundamentales. El descubrimiento de la genómica y otras ciencias ómicas que nos permiten profundizar en las bases moleculares de la enfermedad y saber de verdad cómo estamos constituidos los seres humanos, ha supuesto una revolución cuyo alcance final está todavía pendiente de conocerse. La convergencia de los conocimientos más clásicos de la medicina con los saberes emergentes de otras materias vinculadas a la biotecnología, la computación avanzada, las tecnologías digitales o la robótica han agigantado las capacidades de conocer, corregir y cambiar los problemas derivados de las enfermedades que a lo largo de los siglos han generado millones de muertes. La irrupción de la telemedicina y su extensión al concepto más amplio de cuidado y promoción de la salud de distancia a través de la tecnología son elementos nuevos que, correctamente aplicados, ayudarán a hacer sostenible ese incremento de esperanza de vida y sus correspondientes exigencias de atención sanitaria.
Hoy ya no nos basta con extender el número de años que vivimos, queremos además vivirlos mejor, conservando aquellos parámetros de calidad que hasta hace poco se asociaban al periodo vital de la juventud. La longevidad como una aspiración sostenida por los ciudadanos nos da nuevos retos para los cuales la ciencia y la tecnología también parecen estar dando respuestas.
Desde esta lectura positiva de las derivadas de la aportación científica y tecnológica en la cantidad y calidad de vida de los ciudadanos cabría imaginar un futuro siempre mejor, si seguimos aplicando las mismas reglas, los mismos métodos. Existe, sin embargo, una lectura más exigente a esa linealidad bien intencionada que no se cumple en casi ninguno de los comportamientos de los individuos. Es oportuno traer a esta reflexión la constancia de que las aplicaciones de los adelantos científicos y tecnológicos alcanzan su valor óptimo cuando se aplican en los entornos en los que se acompañan de objetivos orientados al bien común y se aplican métodos de gobernanza dedicados a esos fines.
Por ello, basándonos en la certeza de estar en la senda correcta en los ámbitos de la profundización en el conocimiento, para que la salud sea un objetivo indiscutible y tenga resultados incontestables en el bienestar de nuestras sociedades es imprescindible que se den algunas condiciones de entorno que así lo permitan. En este primer posicionamiento de Nausika al respecto nos gustaría apuntar los ámbitos en los que habría que profundizar a lo largo de los próximos tiempos. Ahí van como un adelanto de lo que nos debe preocupar:
-Sistemas sanitarios sólidos, orientados a resultados en salud y valor, con un contexto institucional que evite la fragmentación y facilite la evaluación, adopción, compra pública y escalado equitativo de la innovación en todo el territorio.
-Marcos profesionales y organizativos que reconozcan, incentiven y faciliten la participación de los profesionales sanitarios en los procesos de transformación tecnológica, generación de evidencia y rediseño asistencial.
-Un marco regulatorio y de evaluación que, preservando la seguridad, los derechos de los ciudadanos y la calidad asistencial, permita acompasar los tiempos de la innovación y de las empresas desarrolladoras con las necesidades de los pacientes y de los sistemas sanitarios.
-Estructuras de participación en las que los ciudadanos y pacientes no sean solo receptores de la tecnología, sino que puedan ejercer como agentes del sistema con capacidad para orientar el proceso de desarrollo, evaluación y adopción de la innovación,
-Procesos de gobernanza de datos de salud e infraestructuras para la integración con otras fuentes de datos que haga posible una medicina más preventiva, predictiva y precisa.
-Un marco ético que garantice el uso responsable de la tecnología, la equidad en el acceso, y la prevención de sesgos tecnológicos.
-Finalmente, y como elemento habilitador para hacer posible todo lo anterior, la inversión necesaria y sostenida en políticas de I+D, transferencia de tecnología e industrialización.
Para que el debate que se propone pueda fructificar en la búsqueda de ese bien común, todos los actores son fundamentales, pero existe un colectivo particularmente crítico. Nos referimos a los profesionales sanitarios que merecen ser considerados como claves y por lo tanto reconocidos como piezas insustituibles en la relación entre los pacientes y sus enfermedades. Ninguna interacción de las nuevas tecnologías debería de ir guiada a alejar a los que tienen problemas de aquellos que tienen las soluciones a los mismos.
