Del pelota al adulador digital: cómo medrar en la era de las oficinas híbridas | Negocios

No hay oficina, despacho o espacio de trabajo donde no se dé. De hecho, lo más probable es que usted conviva a diario con este perfil, el del adulador corporativo. Ese compañero acostumbrado a merodear cerca del poder o reír la ocurrencia del jefe. Un superviviente que, en plena era digital, como buen camaleón, se ha transformado. Ya no corre por compartir ascensor con la dirección ni ocupar estratégicamente la mesa cercana al despacho del superior. Su territorio ahora es virtual: plataformas colaborativas, chats corporativos o redes profesionales. Un marco donde no solo sobrevive sino que gana enteros.

Para el arribista de manual, personaje alineado en demasía con la dirección, la proximidad física ha dejado de ser una prioridad. Se ha echado en brazos de una tecnología que le permite gestionar eficazmente su imagen y alcanzar la visibilidad que busca en los círculos directivos. En entornos híbridos, donde parte de las plantillas trabaja a distancia y se reúne por videollamada, ser visto se ha convertido en un recurso altamente valioso que ha aprendido a manejar. Cada exposición se convierte así en una competición silenciosa por ocupar espacio en la mente de los superiores. Ya no se trata de trabajar bien sino de conseguir que el trabajo sea percibido.

Su presencia digital ocupa ahora el centro de su estrategia: es el primero que responde a los correos del jefe, quien celebra sus iniciativas en los chat grupales y secunda sus post en Facebook, X, LinkedIn o Instagram. “Los entornos tecnológicos generan más formas de participar. Para todo aquel que busca hacerse notar, el espacio virtual le ofrece muchas más posibilidades que la presencialidad”, reconoce Enrique Dans, profesor de IE University. Y sentencia: “Pero nada es gratis”. El docente se refiere a un “peaje” que no todos están dispuestos a pagar. “En las organizaciones todos saben, y más aún los aduladores, que la visibilidad adicional se paga. Y este perfil está dispuesto a estar disponible cuando otros no lo están. Con un objetivo: crecer a toda costa y que se le tenga en cuenta para nuevos proyectos”.

“En mi carrera he visto la típica gente que entra a las reuniones para ver qué es lo que hay y nadie sabe qué hace ahí”, señala el ingeniero de Acciona, David Rodríguez. “Si no lo hacen como aduladores, sí para ver otras formas de trabajo, comentar, no aportar nada y marcharse”. En una era donde las publicaciones laborales son diarias, “hay personas que lo harán para engordar su currículo refiriendo más funciones de las que tienen y otras para sentirse importantes en un trabajo donde tienen poco alcance e intentan escalar posiciones”, añade. Por su parte, el administrador de empresas, Paulo Fernandes, confiesa que ha coincidido con este perfil “que se desarrolla porque los compañeros lo permiten”. Y reconoce: “He trabajado con algún equipo donde hemos utilizado al adulador como llave porque le caía bien al jefe”.

Fotos con el director

Javier Zaballa, director de recursos humanos, tiene claro que el pelota es una figura omnipresente en las organizaciones, que sobrevive muy bien, y se ha profesionalizado. “El arribista, no el pelota de caricatura, tiene una extraordinaria capacidad para identificar dónde reside el poder real dentro de la organización y lo más importante, encontrar la forma de llegar a esas personas”. Y coincide en que la tecnología ha multiplicado su radio de acción. Sin embargo, ante esta nueva capacidad de exposición, que abre oportunidades, el directivo habla de “líneas rojas”. Y ejemplifica. “En los foros internos que muchas empresas habilitan para debatir sobre clima laboral, gestión o innovación, es delicado generar contenido calculadamente ambiguo para puentear a un jefe directo e incluso captar la atención de la alta dirección”. Para Zaballa, es algo que va más allá de una simple cuestión de ego. “Quien publica primero se convierte auto­máticamente en prescriptor y puede acabar imponiendo un relato, incluso moldeando una opinión colectiva sobre algo que no se corresponde con la realidad”.

Un terreno especialmente sensible sobre el que se adelanta “hay compañías que estudian cómo regular ciertas prácticas para evitar que la búsqueda de visibilidad individual acabe distorsionando las dinámicas internas”. Uno de los ejemplos más ilustrativos se produce cuando el adulador aprovecha cualquier oportunidad para asociar su imagen a la cadena de mando. “Asiste a un evento corporativo, se fotografía con un alto directivo, incluso con el consejero delegado, redacta un post bien elaborado y lo publica en canales internos o redes profesionales”. Y añade: “Este perfil suele poseer cierta habilidad para construir un relato con matices distintos para transformar la realidad en beneficio propio”.

Para la directora general del Instituto Superior de Estudios Psicológicos, ISEP, Raquel Valverde, el verdadero riesgo de la adulación aparece cuando la complacencia deja de ser una estrategia individual y se desarrolla como cultura de empresa. “Cuando la cultura pasa por cambiar de opinión en función de la aprobación del superior, surge la mediocridad, un cáncer para cualquier entidad”. Una escena “mucho más habitual de lo que muchas compañías estarían dispuestas a reconocer”. Valverde refiere consejos de administración que funcionan como auténticas cortes donde abundan más los cortesanos que los directivos. “He visto equipos dedicar semanas de trabajo a preparar un proyecto para abandonarlo en cuestión de minutos tras una mala cara o un gesto de desaprobación del líder”.

Según la directiva, “cuando el criterio profesional queda subordinado al deseo de agradar, la organización pierde capacidad para detectar errores y anticipar riesgos, lo que acaba pasando factura a los resultados”, concluye.

Sesgo de proximidad

Uno de los efectos más habituales de la adulación es que puede confundirse con compromiso, entusiasmo o alineamiento de la cultura corporativa. El trabajo híbrido ha añadido una nueva complejidad y ya se habla del sesgo de proximidad. El que se produce cuando los directivos tienden a favorecer, de forma consciente o inconsciente, a los empleados que ven con mayor frecuencia. La consultora McKinsey advierte de que los modelos híbridos pueden generar una división entre quienes tienen más presencia física y quienes trabajan a distancia. Alerta de que los empleados pueden perder oportunidades de desarrollo, patrocinio y visibilidad si se asocia presencia física con compromiso o rendimiento.

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