¿Cómo será ser Messi? | Mundial 2026 de Fútbol

Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
Seguro que lo viste, Granjuán, y quizá te preguntaste lo mismo que yo. El partido se acababa, él ya había sido reemplazado y allí estaba, sentadito en el césped, mascando y escupiendo alguna cosa, la mirada perdida. Simulaba, como siempre, que no pensaba nada y yo me preguntaba cómo será saber que los ojos del mundo están en vos, que en media hora la mitad de los medios del mundo clamará que sos descomunal maravilloso extraordinario, que dirán que lo has hecho de nuevo, que si el hat trick, que si el mayor goleador de los mundiales. ¿Una satisfacción tranquila, hastío, la imagen de la abuela una vez más, otra confirmación de que sos único, la sorpresa de que se sorprendan, qué va a decir Mateo? Digo: ¿cómo será vivir con todo eso? ¿Cómo será ser Messi?
El encuentro había empezado una hora antes como un desencuentro entre los hombres y las máquinas. A los siete minutos los hombres ya habían hecho dos goles y las máquinas habían dicho que no: el VAR había dicho que no por un hombro de más, un tobillo de menos. Es injusto: el offside debería serlo cuando la vista de un humano alcanza para verlo, cuando el delantero que lo comete puede verlo; la máquina debería aprender a mirar como humana, precaria, aproximada.
Pero no quiere hacerlo, así que iba ganando dos a cero y los hombres se dieron por vencidos por un rato, hasta que Messi decidió volver a mostrar lo que todos sabemos: que es la mejor máquina de jugar al fútbol que hayan armado nunca unos humanos.
Lo hizo, es cierto, aprovechando su estatura. Messi, por el interés del espectáculo o el peso de su historia, tiene derecho a ciertos privilegios: en este caso, por ejemplo, que el equipo contrario jugara sin arquero. Así que los argelinos tuvieron que poner en su puesto a un supuesto hijo de Zidane enmascarado y y por ahí se decidió el partido: dos de los tres goles del prodigio fueron presentes del hijo pródigo y sus dos manos menos.
Pareció mucho –fue mucho– en medio de un partido sin tantos aspavientos. Buena parte del mejor fútbol actual consiste en no hacer aspavientos, hacerse el tonto hasta que el contrario haga una tontería: pasarse la pelota en la zona neutral, tomala vos dámela a mí, o acechar al contrario mientras hace lo propio, y esperar que un error suyo de manejo o de colocación te abra el juego y entonces, de pronto y de repente, pim pam pum. Así lo hicieron esta noche los dos, sólo que los argentinos lo hicieron más en serio y estaba Messi con sus privilegios. Pero los argelinos intentaron hacer de argentinos y gambetear, mientras que los argentinos, argelinos, se conformaban con los pases preciosos. En este mundo donde todo es inversión, los papeles se invierten.
Y es otro ejemplo más de lo que está pasando. ¡Granjuán, lo estamos consiguiendo! Creímos que sería tan difícil, que requeriría levantamientos, sacrificios, un recorrido rabiosamente hercúleo, y sin embargo lo hemos logrado poco a poco, con un cambio lento de las mentalidades y la intervención paradojal de la Santa Madre Plata. Aquí estamos: quizá dentro de décadas se recuerde que este Mundial fue el que consagró el principio del fin de la desigualdad.
Durante más de un siglo el poder en el fútbol estuvo más que claro; ya no tanto. Esto no significa –todavía– que no vaya a ganar el Mundial un poderoso. Es solo un inicio: por ahora, lo que vemos es que Cabo Verde puede aguantar a España, Arabia a Uruguay, Japón a Holanda, Marruecos a Brasil, y ofrecernos ese monumento a la igualdad que es el empate. (O, como sintetizó un irrefutable analista que lanza sus verdades como puños: “En el fútbol, lo que de verdad importa es meter más goles que el rival. Si no lo haces, pierdes. O, en el mejor de los casos, empatas. España fue incapaz de hacer un gol, tampoco recibió ninguno y, por eso, el resultado fue de 0-0”.)
La igualdad, en síntesis, era el asunto que me tenía preocupado hace unas horas, antes del partido. Tú, yo y tantos siempre hemos estado en contra de la desigualdad, humillados por la gran potencia global y por los poderosos de entrecasa. Y ahora, de pronto, a mí me toca ver las cosas desde su posición, el dueño amenazado: cómo es perder parte de ese poder y tolerar que otros, que nunca fueron nada, pretendan ser nuestros iguales. Ya sabes: la Copa del Mundo siempre fue un club muy exclusivo. Brasil, por supuesto, Alemania, Argentina, Francia, Italia, Uruguay y un par de parvenus: Inglaterra y España. Pero su superioridad no sólo consistía en ganar todas las copas; se veía sobre todo en que, salvo cataclismo, ningún Cabo podía molestarlos.
(Sí, ya sé, te veo venir: no me hables del Adolfo.)
No, Granjuán, siempre hubo casos sueltos, derrotas sorpresivas, pero no esta sensación de que un equipo de los nuestros –digamos, por ejemplo– teme jugar contra un africano, un europeo contra ciertos asiáticos. Es la venganza del capital contra sí mismo: de tanto comprar africanos para sus clubes ricos, los dueños del fútbol han fogueado a esos señores en las mejores competencias, los han vuelto temibles.
Así que la igualdad se va imponiendo, pero le falta un poco. Mientras haya un rey como este rey va a ser muy complicado. ¡Leo Primero, gran señor de las clases y las desigualdades, un desclasado te saluda! O, como dirían los amigos colombianos: un igualado te saluda.
Y a ti, Granjuán, con un abrazo a tu medida,
m.
