La comunidad rumana en España se desangra | Economía
En diciembre de 2003 —tres meses antes de que Rumania entrara en la OTAN y pocos años antes de que ingresara en la Unión Europea, en 2007—, Andrei Stefcu se marchó de Bucarest. Tenía entonces 17 años y viajó con un permiso de turista con la intención de quedarse en Castelldefels (Barcelona), donde le aguardaba uno de sus siete hermanos. Sus ansias de sumergirse en una experiencia nueva, en contra de la voluntad de sus padres, lo llevaron a establecerse en este municipio en el que llegó a trabajar en negro casi siete años; al principio en una empresa de aires acondicionados y, después, en la construcción. “Pese a la tremenda transición económica hacia el capitalismo durante los noventa, después de una severa dictadura comunista que condujo al país a sufrir penurias, no pasábamos hambre ni nos faltaba de nada; mi padre trabajaba como mecánico en la compañía estatal ferroviaria y mi madre en una fábrica. Aun así, decidí irme”, explica Stefcu en una terraza del centro comercial de Chitila, una pequeña localidad colindante a la capital rumana.
Los años transcurrieron: cambió de trabajo, conoció a su mujer y tuvo cuatro hijos —todos nacidos en España—. Pero la crisis financiera de 2008 trastocó su idea de vivir para siempre en la costa catalana, donde sus progenitores y todos sus hermanos acabaron por instalarse. Al final, tras una larga reflexión, se decantó por volver a su país natal en 2021, movido por las dificultades para adquirir una vivienda. “El principal motivo fue ese”, señala Stefcu, ahora de 40 años. “Rumania cuenta con el mayor número de propietarios de Europa, alrededor de un 94%”, subraya. Pero “en España, hasta que te asientas y te suben la nómina no puedes solicitar una hipoteca que te conceden a 35 años, lo que significaría que habría vivido en un piso de alquiler hasta los 65”, prosigue. Cuenta, además, el ejemplo de su hermano, quien perdió su piso después de que le aumentara el préstamo hipotecario de 800 a 1.200 euros mensuales a raíz de la Gran Recesión: “Cogimos miedo a pedir una hipoteca, así que empecé a invertir en una casa a las afueras de Bucarest que pagué en nueve años gracias al dinero que reuní trabajando horas extra”.
Stefcu, que trabaja actualmente en la secretaría de una escuela de élite, forma parte de un numeroso grupo de rumanos, que todavía constituyen la segunda comunidad extranjera con más peso demográfico en España, que han regresado a su país en los últimos años. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la comunidad rumana descendió un 32% entre 2012 y el 1 de enero de 2025 (última fecha con datos definitivos), al reducirse de casi 897.203 personas —su mayor pico— a 609.270 personas.
La tendencia se mantiene. Alrededor de 29.600 rumanos más salieron de España desde comienzos de enero de 2025 hasta el 1 de abril de este año, según datos provisionales del INE. Pese a todo, suponen un 8,8% de los ciudadanos nacidos en otros países que residen en España, solo por detrás de Marruecos, con un 14%. Con datos menos actualizados, el equivalente rumano de la oficina de estadística española recoge como últimos datos la vuelta de 47.044 ciudadanos procedentes de España en 2024, que se suman a los 51.316 del año anterior.
“Básicamente, el declive económico en España con la pandemia [fue el país de la OCDE con mayor caída del PIB en 2020 por el golpe al sector turístico] acentuó una tendencia a la reinmigración de algunos rumanos”, indica Dumitru Sandu, sociólogo de la Universidad de Bucarest. Este experto recalca que la subida de los salarios y las prestaciones sociales en Rumania han sido otros factores que han propiciado el regreso al país. También ha habido otros que se han desplazado a diferentes países del norte de Europa. “Las ayudas a la familias por hijo o a la vivienda, así como sueldos más altos, han llevado a muchos a abandonar España”, considera el experto en fenómenos migratorios, quien augura que su marcha supondrá un duro golpe para la economía española, ya que ”perderá trabajadores valiosos, tanto los cualificados como los que no los están.
Esta tendencia a la baja en los residentes rumanos en España sigue produciéndose, pese a ser ahora más bien un goteo. El número de solicitudes a las ayudas familiares del Ministerio de Trabajo de Rumania de familias provenientes de España fue de casi 10.000 el pasado año. Además, según una encuesta realizada por Cult Market Research en 2023, un 59% de los rumanos afincados en España deseaban volver, 11 puntos más que los dos siguientes países: Italia y Alemania.
Más allá de la vivienda, el causante de una oleada de salidas a partir de 2021 fue la pandemia. Ese es el caso de Georgeta Anton, que puso rumbo en 2004 a Sant Andreu de la Barca (Barcelona) con dos hijos bajo sus brazos tras quedarse sola y tener que renunciar a su tienda de belleza por circunstancias ajenas. “Mi vida no pintaba mucho de rosa; tenía que hacer algo, así que me marché a la capital catalana, donde tenía una buena amiga”, relata esta mujer de 57 años, que dio a luz a una niña, su tercer hijo, en España. Allí, trabajó dos años de interna cuidando a un anciano, cuya familia le ayudó a solucionar los trámites de trabajo, antes de ser cocinera y, más tarde, empleada en una tienda. Todo iba bien. Junto a su nueva pareja, logró que le dieran una hipoteca para comprarse una apartamento y establecerse definitivamente, pero la pandemia cambió sus planes. “Los padres de ambos fallecieron, de modo que decidimos volver para acompañar a nuestras madres”, precisa Anton, que revela que quizás le gustaría mudarse de nuevo más adelante.
Para Marius y su mujer Andrea, la crisis de la covid-19 también fue el detonante de su regreso. Este matrimonio de 45 años añoraba un nuevo estilo de vida. Como gerente de artistas musicales, él necesitaba tan solo un lugar que le permitiera viajar fácilmente a sitios como México o Doha. “Preguntamos a todo nuestro entorno y el 80% nos aconsejó Barcelona, ya que nos ofrecía buenas conexiones, montaña, mar y buen clima, así que la visitamos primero y, luego, tomamos la decisión rápidamente”, cuenta Marius. Todo marchaba fenomenal. Sus dos hijos se adaptaron perfectamente a la escuela y ellos se lanzaron a abrir una tienda de juguetes en una céntrica calle de la ciudad condal. Incluso iniciaron un negocio de café de especialidad en Rumania con un amigo que llegó a ser subcampeón mundial de tostadores de este producto con la idea de ponerlo en marcha también en España.
Sin embargo, la irrupción del coronavirus truncó sus intenciones de vivir de forma permanente en Cataluña. “Tenía una agenda llena de eventos para más de un año, pero todo se derrumbó de repente; los ingresos se desplomaron, de modo que solo pudimos aguantar un año con los ahorros”, explica Marius. En paralelo, el negocio con el café estaba en alza: “Como la gente no podía salir, los pedidos por internet se multiplicaron de manera que nuestro socio no podía hacerle frente solo, así que nos volvimos en verano de 2021 a pesar nuestro”. En la actualidad, su negocio factura ya dos millones de euros y cuenta con tres cafeterías y unos treinta empleados.

El empresario cuenta que a su hijo mayor, que tiene ahora 17 años, le costó adaptarse casi 12 meses a su nueva vida. Al ver esta situación, sus padres decidieron inscribirlo en el Instituto Cervantes de Bucarest, pese a situarse a 13 kilómetros de donde viven.
Las numerosas solicitudes que recibe esta institución cada año son, precisamente, otro indicador de que los rumanos siguen regresando. “Aquí encuentran una isla en la cual el español es predominante, lo que suaviza un poquito la integración del hijo en la nueva realidad”, apunta Camelia Rădulescu, directora del centro. “El hecho de contar con un docente nativo les transmite confianza porque pueden comunicarse más fácilmente, ya que presenta elementos culturales en común”, remarca.
Una estudiante que se incorporó a las clases en noviembre es Sofia Suditu, de 16 años. Su madre y ella decidieron, ya con el curso iniciado, trasladarse a Bucarest desde Zaragoza, donde dejaron a su abuela y a sus tías. “Echábamos de menos vivir en nuestra tierra, hablar en nuestro idioma”, asegura la adolescente, que se maneja mejor con el humor español y no descarta volver a España.
