España busca opciones ante el fiasco del futuro eurocaza: desarrollarlo con Alemania o comprarlo a Francia | Economía
“Frustración y alivio”. Esas son las dos palabras con las que fuentes gubernamentales españolas definen su estado de ánimo después de que Francia y Alemania hayan certificado la defunción del NGF, el futuro avión de combate europeo de sexta generación. Frustración porque el NGF era el núcleo del NGWS/FCAS (Sistema de Armas de Nueva Generación/Futuro Sistema de Combate Aéreo), el mayor programa europeo de defensa de toda la historia, con un presupuesto estimado en unos 100.000 millones de euros.
Alivio también porque la decisión, aunque se trata de un durísimo revés para la construcción de la autonomía europea de defensa, pone fin a una agonía que se prolongaba desde hace ya casi un año y desbloquea una situación de parálisis que empezaba a perjudicar a las empresas afectadas.
La ministra de Defensa, Margarita Robles, ha reconocido este martes en el Senado que se trata de “una mala noticia, muy preocupante para la autonomía europea”, que debe servir de aldabonazo. “Esto nos tiene que hacer reflexionar. No vale hablar de la Europa de la defensa e invertir en ella si, cuando llega el momento de los grandes programas, algo falla”, ha advertido. Robles tiene muy claro dónde ha estado el fallo: “Se han antepuesto los intereses de la industria a los de la seguridad de Europa y eso es grave”.
La liquidación del proyecto, después de que el presidente francés Emmanuel Macron y el canciller alemán, Friedrich Merz, hayan constatado la imposibilidad de poner de acuerdo a sus respectivas empresas, Dassault Aviation y Airbus Defence & Space, no ha pillado por sorpresa a nadie. Desde el otoño pasado, cuando hubo que suspender la anunciada firma de la segunda fase del programa, este se encontraba en un impasse, a la espera de un acercamiento que no acababa de llegar, debido a la exigencia de la empresa francesa de pilotar el desarrollo de la plaataforma, sin ceder al socio alemán el coprotagonismo que este reclamaba.
España ha asistido a la disputa entre los dos gigantes como convidado de piedra, a pesar de que en 2019 asumió un tercio del coste del desarrollo del programa iniciado dos años antes por alemanes y franceses. Sus intentos por empujar a sus socios para que alcanzaran un acuerdo ―el presidente Pedro Sánchez llegó a pedir en abril en Nicosia (Chipre) “que se desbloquee de una santa vez”― han resultado baldíos.
De momento, el Gobierno español ha abierto un “periodo de reflexión” para analizar las distintas alternativas antes de decantarse, según admiten fuentes del Ministerio de Defensa. Las mismas fuentes subrayan que el Ejército del Aire y del Espacio necesita, “sí o sí”, un sustituto para sus cazas F-18, que concluirán su vida operativa en la próxima década. Sustituirlos por más aparatos Eurofighter no solo supondría condenar toda la flota al monocultivo de un solo modelo, con la vulnerabilidad que ello conlleva, sino que la dejaría tecnológicamente obsoleta, al tratarse de un avión de 4ª o 4,5ª generación, cuando hace años que están en servicio aviones de 5ª generación, como el F-35 estadounidense.
Robles ha subrayado que “España va a seguir apoyando que haya una solución conjunta. Vamos a hacer todo lo posible para que este proyecto tenga otra vía, [aunque] evidentemente, la plataforma no va a ser conjunta”, ha admitido.
Sobre la mesa hay dos alternativas. La primera es embarcarse en el desarrollo de un nuevo caza de sexta generación con Airbus como líder industrial. Muchos expertos dudan de que España y Alemania tengan capacidad, por sí solas, para diseñar y producir con garantías un caza de alta tecnología, por lo que aconsejan buscar un socio con experiencia, como la sueca Saab. Ello obligaría, en todo caso, a renegociar el reparto ya acordado de contratos. La otra opción es comprar el futuro caza francés, que en ningún momento ha interrumpido su desarrollo, pese al parón del programa, pero el papel de las empresas españolas sería en ese caso marginal. Además, Francia busca un caza con capacidad nuclear ―un papel que para Alemania cumplen los 35 aparatos F-35 comprados a EE UU― y con una versión naval, por lo que los requisitos técnicos del Ministerio de Defensa alemán se ajustan más a las necesidades españolas.
Robles ha anunciado que en los próximos días habrá conversaciones entre los países participantes en el programa y también con terceros interesados y ha subrayado la necesidad de salvaguardar la llamaba nube de combate. El NGF, el caza tripulado, es solo una parte del sistema, que incluye otros pilares (drones, sensores, motor o tecnologías de baja detectabilidad), en los que las empresas españolas Indra, Airbus España, ITP, Sener, Tecnobit y GMW tienen un papel relevante e incluso de liderazgo. Cualquier solución que se busque, destacan las fuentes consultadas, debe ser compatible con los proyectos tecnológicos asociados y mantener las posiciones de la industria nacional.
También se trata de garantizar los fondos ya invertidos: en total, el Gobierno ha presupuestado más de 2.000 millones en los últimos años, aunque debido a los retrasos no todo lo previsto se ha ejecutado. El 10 de junio del año pasado, el Consejo de Ministros aprobó dos partidas por valor de 540 y 160 millones respectivamente para los programas NGWS y FCAS, los dos nombres que recibe el proyecto, prefinanciadas por el departamento de Industria con créditos de 270 y 80 millones.
El contencioso entre Francia y Alemania ha hecho además que se haya perdido un tiempo precioso. Cuando en mayo de 2021 se firmó la fase 1B del programa, la última completada, se anunció que el primer demostrador estaría en vuelo en 2027. Este calendario ha saltado por los aires. Incluso en el caso de que se consiga poner en marcha con rapidez un nuevo proyecto es ya imposible que este llegue a tiempo para la fecha prevista de 2040, por lo que los ejércitos del Aire de los países afectados insisten en la necesidad de buscar una solución puente.
Además, si no se producen fusiones entre los proyectos en marcha, el futuro caza, cuando esté en servicio, deberá competir al menos con otros dos modelos europeos: el francés, de un lado; y el GCAP (Programa Aéreo de Combate Global), más conocido como Tempest, que desarrollan Reino Unido, Italia y Japón, de otro. Se repetirá así, pero agravada, la fragmentación que ya se produjo a principios de este siglo, cuando el Eurofighter (Alemania, Reino Unido, Italia y España) tuvo que competir con el Rafale (Francia). La Europa de la defensa avanza hacia atrás.
