Orden en el caos de los mercados de predicciones | Opinión
Los tonos grises que marcan las fronteras entre inversión, especulación y juegos de azar nunca han estado determinados con claridad, sujetas siempre a una cierta subjetividad. Lo que para uno podía ser especulación puede ser, para otro, un juego de ruleta. Pero la deriva de los últimos años, en particular desde la pandemia, ha derribado todos los muros: los inversores se han lanzado a activos como las memecoins (criptodivisas sin propósito), los NFT (archivos informáticos) y similares, mientras en los mercados tradicionales han proliferado los derivados con más y más dosis de adrenalina. Los llamados mercados de predicciones o plataformas de apuestas predictivas son otra cara de la moneda, un caótico híbrido muy propio del espíritu de los extraños tiempos actuales, con mucho de apuesta (se puede uno jugar dinero, literalmente, a la cara o cruz que da inicio a un evento deportivo) y algo de componente financiero.
La prohibición en España responde a que no tienen licencia como juego de azar. Esta catalogación es la clave, no solo en España. La Unión Europea está, también, planteando qué legislación se aplica a estas operaciones, si la propia de la tecnología blockchain bajo la que opera Polymarket (no así Kalshi) o la de inversiones. En EE UU la complejidad es doble: los Estados regulan los juegos de azar, pero el Gobierno de Trump, partidario ferviente de los mercados de predicciones, quiere una supervisión única y dependiente del organismo encargado de los derivados financieros.
La diferencia fundamental de los mercados de predicciones con una casa de apuestas clásica es la descentralización: son los usuarios quienes apuestan entre ellos, además de poder vender sus posiciones a voluntad (siempre que haya un comprador). En este sentido operativo sí guardan una cierta similitud con las finanzas. En el fondo, no obstante, se parecen mucho más a un mercado de apuestas o a una compraventa privada de bienes (solo que no son tangibles, sino intangibles). El planteamiento de la Unión Europea es prudente; es preferible regular con rigor, aunque el proceso sea lento, que hacerlo con los tiempos apresurados que marca la actualidad en el mundo tecnológico. Sobre todo porque la inventiva humana seguirá planteando quebraderos de cabeza inesperados: el caso de la manipulación de las mediciones de temperatura del aeropuerto de París es un buen recordatorio. Un trabajo de calado para los legisladores, que tendrán que calibrar aspectos tan variopintos como estabilidad financiera, protección del inversor, libertad individual, abuso de mercado o salud mental.
