Vivir en una cooperativa, la “contracultura” frente a la especulación inmobiliaria

“Esto es una contracultura”, resume Rubén Méndez al otro lado del teléfono. Este santurzano de 49 años reside desde 2024 con sus dos hijos y su expareja en la cooperativa Ametxe, en Gordexola, un pequeño municipio vizcaíno de menos de 2.000 habitantes. Comparten un caserío con cuatro siglos de historia, rehabilitado, rodeado de 600 metros cuadrados de terreno verde. Junto a ellos conviven otras cinco unidades familiares, en la que se convirtió en la primera de las tres cooperativas de vivienda que existen hoy en el País Vasco. Antes de mudarse, Méndez tenía un piso en propiedad, ligado a una hipoteca. Ahora paga 660 euros mensuales por su espacio privado, con acceso a las zonas comunes. “No veo otra forma de vida”, afirma, en referencia a la situación de crisis que atraviesa la vivienda. A su juicio, las respuestas institucionales para hacerle frente son insuficientes: “Todo lo que han hecho ha sido poner parches. Este modelo es el más sostenible en el tiempo”.
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