Los bancos centrales huyen de la precipitación pese a la escalada inflacionista | Economía

No tan rápido. Puede que el mundo esté ya inmerso en un repunte inflacionista engendrado en el estratégico estrecho de Ormuz. Puede que los datos de abril sean aún peores que los de marzo. Y que la historia reciente de lo ocurrido con los precios en la guerra de Ucrania sea un relato de terror para los bancos centrales por el fracaso que supuso no actuar a tiempo. Pero cada trance tiene sus particularidades, y los precedentes, aunque suenen parecido al enunciarlos —crisis energética nacida de un conflicto bélico—, no siempre demandan las mismas soluciones. Salvo sorpresa, ni el Banco Central Europeo ni la Reserva Federal estadounidense moverán ficha esta semana en los tipos de interés: eligen la prudencia frente a la precipitación, a la espera de contar con más datos sobre la intensidad y la duración del shock.
Los fantasmas del pasado están ahí, pero la memoria del fiasco de hace cuatro años no solo sobrevuela los despachos de Washington y Fráncfort. También condiciona las decisiones de los consumidores. Y eso, para Carsten Brzeski, jefe de Macro de ING, es una ventaja que se suma a otra: las cuentas corrientes están menos llenas que entonces, y aunque suene contraintuitivo, eso es un alivio para los bancos centrales, porque menos ahorro por gastar significa también menos inflación. “Persiste la idea de que el BCE tardó demasiado en responder al shock inflacionario de 2022 y, por lo tanto, actuará de forma más preventiva ahora. Sin embargo, en 2022, la economía global salía del confinamiento con balances saneados y un apetito consumista casi imparable por salir a gastar: el caldo de cultivo perfecto para una inflación de rápida propagación. Esta vez, es probable que el impacto inflacionario de una crisis de precios de la energía sea más moderado, ya que los consumidores serán mucho más reacios a gastar”, compara el analista del banco holandés.
Conforme pasaban los días, el suflé de predicciones augurando subidas inminentes del precio del dinero para contener la inflación ha ido menguando. La visión de un barril de petróleo que no parecía encontrar techo alimentó las tesis más pesimistas, que hablaban incluso de perforar los 200 dólares, pero la frágil tregua acordada entre Teherán y Washington, aunque no resuelve las incertidumbres sobre el suministro, sí ha contenido su cotización. Además, los Estados han asumido parte del coste con rebajas de impuestos a los combustibles que restan varias décimas a las estadísticas de inflación. Y el gas natural, clave para la factura eléctrica, cotiza incluso más barato que antes de la contienda.
En ese contexto, la pista definitiva sobre lo que está por venir en política monetaria la dio la presidenta del BCE, Christine Lagarde. Lo hizo el lunes pasado, durante su intervención ante la asociación de la banca alemana, cuando dijo que los precios de la energía aún no han subido lo suficiente como para alcanzar al escenario adverso del banco, y que necesita “recabar más información” para llegar a conclusiones firmes sobre qué hacer.
Esas tres palabras entrecomilladas bastan para pensar que este jueves los tipos se quedarán anclados en el 2%, y trasladan la atención a la rueda de prensa posterior a la reunión del Consejo de Gobierno: ¿insinuará, jugando con la ambigüedad habitual, una subida de tipos en junio? ¿O se contentará con lanzar al mercado la idea de que mantiene el enfoque habitual basado en datos y reunión a reunión? “El BCE es más ágil que en 2022, pero no modificará los tipos de interés sin datos suficientes que justifiquen sus decisiones”, corrobora Lorenzo Codogno, exsecretario del Tesoro italiano.
Otras voces internas han secundado el mensaje de Lagarde. “No tenemos prisa”, señaló la semana pasada Martin Kazaks, gobernador del Banco de Letonia. “Todavía contamos con el gran lujo de poder recopilar datos y formarnos nuestra propia opinión”, argumentó. Su vecino, el lituano Gediminas Simkus también se expresó en términos similares, aunque dejando la puerta abierta a futuras subidas.
La primera hornada de estadísticas de inflación ya es pública. Y como era de esperar, el golpe ha sido vistoso: una escalada de siete décimas en la zona euro, del 1,9% al 2,6%, y de nueve décimas en EE UU, del 2,4% al 3,3%. Sin embargo, son algo así como el aperitivo: los analistas de los bancos centrales aguardan cifras de crecimiento, encuestas de expectativas de inflación y la evolución de los salarios para tener un cuadro más completo. Y estas no llegarán a tiempo de condicionar la decisión de abril. Para junio será otra historia: la falta de datos dejará de ser un argumento, y se vislumbrará hasta qué punto hay apetito por incrementar los tipos, un movimiento que ya recogen indicadores como el euríbor, que ha subido con fuerza en marzo y ya encarece las hipotecas.
La marejada geopolítica ha restado atención a un cambio que en circunstancias normales habría hecho correr ríos de tinta: Luis de Guindos, número dos de Lagarde, afronta su última reunión como vicepresidente. Llegó el 1 de junio de 2018 con los tipos en negativo, y se marchará con estos en el 2%. Su adiós se produce en un momento de máxima inquietud, de los de tomar decisiones delicadas que se recuerdan pasados los años para bien o para mal, una responsabilidad que traspasa a su sustituto, el croata Boris Vujcic, que se enfrenta a un desembarco peliagudo.
La Fed, ante un “doble peligro”
En Washington también soplan vientos de cambio. Pero la despedida de Jerome Powell será, a buen seguro, menos plácida que la del español. Su mandato al frente del banco central estadounidense concluye oficialmente el próximo 15 de mayo. Trump ya ha nombrado a Kevin Warsh como su sustituto, pero aún debe superar el filtro del Senado, un camino que aparece más despejado después de que el Departamento de Justicia retirase el viernes los cargos contra Powell.
De hecho, todo apunta a que el nombramiento se llevará a cabo después de que el senador republicano Thom Tillis haya anunciado este domingo, en su cuenta de la red social X, que votará a favor de la confirmación del Warsh, tras constatar el viernes que Justicia había suspendido definitivamente la investigación sobre su predecesor. “Con estas garantías, espero poder apoyar la confirmación de Kevin Warsh. Es un candidato excepcional, y es hora de que la Reserva Federal supere esta distracción y vuelva a centrar toda su atención en su misión”, ha dicho Tillis.
Con ese ruido de fondo, anómalo si se compara la relación entre la Casa Blanca y la Fed en legislaturas anteriores, pero habitual desde que Trump asumió el mando, se llega a la reunión de este miércoles. En ella, se espera que la Reserva Federal mantenga los tipos de interés en una horquilla de entre el 3,75% y el 3,5%, sin cambios por tercera vez consecutiva.
La Fed no solo carece del margen del BCE para actuar por las mayores tasas de inflación y los tipos más altos que maneja, también lidia con un riesgo extra: el del impacto de los aranceles sobre los precios. La pasada semana, Austan Goolsbee, presidente de la Reserva Federal de Chicago, ya mostró en declaraciones al Financial Times su inquietud por esos dos frentes abiertos simultáneamente. “Si los precios del petróleo van a subir, es posible que empecemos a ver un aumento notable en las expectativas de inflación de los consumidores. Y haber añadido esto antes de que desapareciera la inflación arancelaria supone un doble peligro”, afirmó.
