Kazajistán, la república exsoviética que aspira con su uranio a ser la meca del mundo cripto y de los datos | Economía

En Ekibastuz, una ciudad industrial del norte de Kazajistán conocida por su carbón, el Gobierno está apostando 30.000 millones de dólares a una idea poco explotada: que el futuro de la inteligencia artificial dependa tanto de la geología como del software. Allí, sobre un nodo energético heredado de la era soviética, el Ejecutivo actual quiere levantar un complejo capaz de escalar hasta un gigavatio de potencia computacional —una cifra que situaría el proyecto Data Center Valley en la liga de los grandes hubs globales de datos—. Su objetivo final es atraer desde mineros de criptomonedas hasta gigantes de la inteligencia artificial.

El momento no es casual. Mientras la guerra entre Estados Unidos e Irán fragmenta aún más el sistema internacional —afectando a rutas energéticas, flujos comerciales y de capital, o el suministro de insumos— y las infraestructuras tecnológicas empiezan a estar expuestas a riesgos geopolíticos, países ajenos a las grandes potencias como Kazajistán (que comparte frontera con China y Rusia, lo que lo convierte en un nodo logístico) están intentando rentabilizar ese desorden.

La tesis de su presidente, Kasim-Yomart Tokáyev, es simple: en un mundo dividido en bloques tecnológicos y financieros, habrá una prima creciente para países “neutrales” que ofrezcan energía barata, conectividad y seguridad jurídica. Su ambición por esta transformación digital ha podido ser constatada por EL PAÍS, durante un reciente viaje de prensa internacional al que ha sido invitado, coincidiendo con la celebración del foro tecnológico Freedom Inside 2026 en la capital kazaja.

El pilar en el que se apoya este país exsoviético, independiente desde 1991, es una electricidad abundante y barata. Mientras que los centros de datos en Europa se enfrentan a precios de hasta 40 céntimos de euro por kilovatio-hora, Kazajistán ha fijado una tarifa reducida de apenas 2,5 centavos de dólar para los proyectos de computación de alto rendimiento, que por su naturaleza exigen un consumo eléctrico masivo. Este precio, que compite incluso con los centros de datos más eficientes de Virginia en Estados Unidos, es posible gracias a la inmensa riqueza mineral del país, que ostenta el título de mayor productor de uranio del mundo.

Las autoridades confían en que el actual conflicto en Oriente Próximo apague el debate nuclear y les permita beneficiarse de los quebraderos de cabeza que sufre Occidente por su dependencia de los combustibles fósiles, algo en lo que también son competitivos al tener grandes yacimientos como el de Tengiz y Kashagan. Esto, sumado a la propia naturaleza de la estepa ―con temperaturas que caen hasta los 40 grados bajo cero—, les permite ser competitivos en un proceso donde el termómetro debe mantenerse muy bajo. Gracias a ello, el país se ha convertido en líder mundial de la criptominería, una actividad que requiere de unos dispositivos con elevado poder computacional, mucha energía y refrigeración continua para evitar el sobrecalentamiento de los equipos.

Sin embargo, la energía barata es inútil para la atracción empresarial sin un marco legal que lo proteja. Es aquí donde Kazajistán ha jugado su segunda carta con la creación del Centro Financiero Internacional de Astaná (AIFC). Operando bajo los principios del derecho común inglés, con jueces británicos independientes y su propio sistema de arbitraje, el AIFC pretende ser un oasis contra el riesgo de que las sanciones internacionales aíslen al país. El diseño ha logrado su objetivo, pues ha propiciado que, tras la invasión de Ucrania y la subsiguiente desconexión de Moscú de los mercados globales, el capital internacional que antes se gestionaba desde Rusia se haya relocalizado masivamente hacia Astaná, convirtiendo a la ciudad en la nueva puerta de entrada de la inversión en Asia Central.

Este entorno ha servido de caldo de cultivo para el primer mercado de criptoactivos institucionalizado de la región. El lanzamiento del fondo BETF, el primer ETF (fondo cotizado) de bitcoin al contado en Asia Central en agosto de 2025, que se intercambia en la Bolsa Internacional de Astaná (AIX) y custodiado por la firma estadounidense BitGo, marca un hito para el país. Zhaslan Madiyev, viceprimer ministro de Kazajistán y ministro de inteligencia artificial y desarrollo digital, insiste en que el país ha pasado de un auge minero descontrolado a un régimen de licencias estrictas para operadores globales como Binance (el mayor exchange cripto en el mercado, con unos 300 millones de usuarios) y Bybit. Esta transición responde a lo que el ministro describe como un dilema estratégico: “¿Permites primero que el sector crezca enormemente y luego pones la regulación para controlarlo, o pones la regulación primero e intentas crecer después?”. Según Madiyev, “Kazajistán ha elegido el camino más difícil pero más seguro”. Su visión a futuro pasa por facilitar que las entidades bancarias ofrezcan la posibilidad de cambiar moneda fiduciaria por criptomonedas, y viceversa.

La ambición del país por ser una meca digital ha permitido a actores privados utilizarlo como plataforma de experimentación. Ese es el caso de Freedom Holding Corp, liderada por Timur Turlov, de origen ruso pero nacionalizado kazajo. Su filial bancaria, Freedom Bank, ha desarrollado servicios financieros muy digitalizados que reducen procesos tradicionales —como la concesión de hipotecas o préstamos— a tiempos inusualmente cortos. Este modelo se apoya en la integración con 120 bases de datos estatales y en el uso extensivo de aprendizaje automático para evaluar riesgos y verificar identidades casi en tiempo real. Turlov insiste en que si esto ha sido posible es porque “aquí la competencia es menor y resulta más fácil tener acceso directo al Gobierno”. Además, al tener menos trabas burocráticas, “es mucho más barato lanzar nuevos productos y usarlo como campo de experimentación para después desplegarlo en otros mercados”.

Pero, a pesar del optimismo gubernamental, todavía quedan muchos flecos para que el país se consolide como un jugador de las grandes ligas en el mundo digital. Primero, debe completar proyectos de conectividad, como el cable de fibra óptica transcaspiano, que uniría Asia con Europa sin cruzar territorio ruso. A ello se suma la imagen de un país bajo un sistema centralizado, autoritario y con un historial complejo de derechos civiles. A nivel interno, el reto es igual de complejo. El propio Gobierno reconoce que una economía basada en datos exige, además de energía, capital humano, ciberseguridad y resiliencia de red. La creación de un ministerio específico de inteligencia artificial y la apuesta por formar talento local reflejan esa urgencia gubernamental. En cualquier caso, el ministro Madiev tiene esperanza en que podrá convencer a las Big Tech de que la seguridad de la estepa es preferible a la incertidumbre del Golfo.

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