Estados Unidos y Europa chocan por el futuro del dinero digital | Negocios
El enfriamiento de las relaciones entre Europa y Estados Unidos no se consuma solo en las tensiones geopolíticas o en el caos arancelario. El auge de las criptomonedas, impulsado por el giro de 180 grados de Donald Trump y su administración, que prometían una época dorada para estos activos, ha abierto una nueva brecha entre las dos regiones que no puede ser más grande: el debate entre el dinero público digital y las stablecoins privadas. Mientras las máximas autoridades monetarias del Viejo Continente pisan el acelerador para desarrollar su moneda digital del banco central, como el euro digital, el país norteamericano apuesta todo por las criptomonedas estables, es decir, activos cuyo valor está ligado al de una divisa tradicional, como el dólar.
El republicano lo dejó claro de inmediato. Nada más volver al Despacho Oval, firmó una orden ejecutiva que veta explícitamente cualquier desarrollo del dólar digital, al considerarlo una amenaza para la estabilidad del sistema financiero, la privacidad individual y la soberanía de EE UU. Pero a la vez, puso su sello para promover las criptomonedas y crear un marco regulatorio para estos activos. Una promesa que acabó cumpliendo: en verano de 2025 se aprobó el Genius Act, la primera normativa que regula el mercado de monedas estables.
Así, el afán de consolidar la hegemonía del billete verde pasa también por impulsar las monedas virtuales, fomentando su uso como medio de pago, a la par de los demás, incluso fuera de las fronteras del país. En estados con economías débiles, una moneda frágil y una inflación desbocada, como Venezuela o Argentina, estos activos han ganado popularidad. Pero el respaldo hacia estas alternativas ha llegado hasta el punto que el imperio empresarial de Trump ha irrumpido en este negocio y ha lanzado su propia moneda estable, USD1, que se ha convertido en la quinta más importante del mercado, con una capitalización de unos 4.000 millones de dólares, superando la de PayPal.
Europa, en cambio, va contracorriente. La política procripto de la administración estadounidense sorprendió con la guardia baja la Unión que decidió apresurarse y desempolvar el euro digital, el proyecto estrella del Banco Central Europeo que había quedado estancado. Una iniciativa que nació como una respuesta que las autoridades europeas dieron a Facebook cuando en 2019 anunció su intención de lanzar libra, una criptomoneda que pretendía facilitar el intercambio de dinero transfronterizo y en los países en desarrollo. En el seno de las autoridades se encendieron las alarmas ante la posibilidad de que una organización privada sería capaz de almacenar un gran poder monetario gracias a su base de usuarios y tendría una gran influencia sobre el sistema financiero.
La amenaza de las stablecoins —que en su gran mayoría están ligadas al billete verde— despertó esos viejos fantasmas, y la imprevisibilidad de EE UU, un socio comercial en el que Europa ya no puede confiar, desató la urgencia de actuar. Así, a la espera de un marco legislativo que se está en manos del Parlamento Europeo, el BCE prevé lanzar el euro digital en 2029. Para la máxima autoridad monetaria de la UE, se trata de un proyecto clave para limitar la dependencia del Viejo Continente de los sistemas de pago extranjeros, principalmente los estadounidenses como Visa y Mastercard que dominan el espacio, y también para tener una alternativa a estos activos emergentes y evitar que logren afianzarse como medio de pago en la zona euro. El temor es que, con su influencia, sean capaces de crear un ecosistema monetario paralelo, fuera del alcance de los bancos centrales, mermando así la eficacia de la política monetaria.
Javier Molina, analista de eToro, destaca que mientras Estados Unidos ha optado por dejar que el sector privado expanda el dólar digitalmente a través de las stablecoins, Europa prioriza el control sobre la infraestructura monetaria. “El euro digital responde a una lógica de soberanía interna más que de competencia global. Reduce la dependencia de intermediarios privados y mantiene la transmisión de política monetaria bajo supervisión pública. Son dos modelos distintos: uno está orientado a expansión de red y el otro, a la preservación del sistema”, detalla.
No obstante, para el experto la capacidad del euro de escalar internacionalmente puede ser limitada si no se acompaña de un ecosistema privado competitivo. “Si el euro digital fortalece la independencia interna, las stablecoins en euro fortalecen la independencia externa“, asevera. Algo que los bancos centrales parecen haber entendido. A finales de septiembre, François Villeroy de Galhau, gobernador del Banco de Francia, advirtió que las entidades financieras del Viejo Continente corrían el riesgo de quedarse atrás frente a EE UU en el rápido desarrollo de las monedas estables.
Así, para explotar el mercado prácticamente virgen de activos ligados al euro y el potencial de hacer más eficiente la infraestructura actual, varias entidades financieras en Europa, como Caixabank, BBVA y Unicredit se han unido en un consorcio, llamado Qivalis, para lanzar una moneda estable ligada al euro en la segunda mitad del 2026. Lo hacen con el visto bueno de los bancos centrales de la región que, si bien con cautela, dan la bienvenida a estas iniciativas, que consideran un paso adelante en la innovación del sistema financiero. Varias autoridades monetarias de la zona euro han explicado a este periódico que lo que más les gusta es que estén emitidas por bancos, es decir, por entidades que conocen, en las que confían, y que ellos mismos supervisan.
Además, para las autoridades monetarias la existencia del euro digital y de las monedas estables en euros no es excluyente, sino pueden convivir. De hecho, dudan de que las stablecoins en euro tengan el potencial para convertirse en un instrumento de pago cotidiano masivo: para eso está el euro digital, que conciben como la versión digital del efectivo. Las monedas estables, en cambio, están pensadas para redefinir y mejorar los procesos de pagos en operaciones de mayor tamaño, por ejemplo en los movimientos de dinero entre bancos, o en el comercio transfronterizo.
Algo que también ha reconocido el BCE. En su estrategia para alcanzar la autonomía europea en materia de pagos ha reconocido la semana pasada que las monedas estables en euros, correctamente diseñadas y reguladas, pueden aportar beneficios en casos de uso específicos, por su programabilidad, liquidación atómica (que permite que una operación se ejecute de forma simultánea e instantánea, lo que elimina los riesgos de contraparte y los retrasos bancarios) y su alcance global. “Pueden ofrecer ventajas particulares en los pagos con dimensión transfronteriza, donde estas características resultan especialmente relevantes”, reconoció.
Pese a la distancia abismal entre las dos posturas, para Andrew Whitwoth, profesor asociado a IE, la idea de que las finanzas tradicionales adopten la blockchain está aceptada de uno al otro lado del Atlántico. “Hace pocos años, las instituciones tradicionales eran escépticas en el uso de esta tecnología, pero ahora ha cambiado totalmente. El sector de finanzas está más avanzado”, concluye.
