La victoria de Paul Seixas en la Itzulia devuelve la esperanza al ciclismo francés | Ciclismo | Deportes

Irlandés sentimental y loco, Ben Healy, en fuga bajo la lluvia con el pesado de Marc Soler y el tenaz Mattias Skjelmose, se empapa en la Itzulia con la cabeza puesta en las clásicas de las Ardenas, como también piensa en ellas, en la Amstel, en la Lieja, Paul Seixas, de amarillo Itzulia desde el primer día, la piedra sobre la que se edificará el ciclismo mundial los próximos años. Con él resucitará Francia, que no gana el Tour desde hace 41 años y que no tenía a un ganador de una prueba por etapas del WorldTour desde que Christophe Moreau se impuso en la Dauphiné de 2007, cuando Seixas no había cumplido ni un año. Entre medias, la sequía de grandes talentos, de Pinot, de Bardet, de Gaudu.
Chubasquero oscuro, impaciente, despreocupado, con la alegría de los niños que aman bailar bajo la lluvia, pasado Elgoibar Seixas ataca. Es la segunda ascensión a Elosua. Quedan 60 kilómetros hasta meta y dos puertos más, el segundo paso por Azkarate y Asentzio. La fuga, que no supone peligro para su puesto en la general, está lejos, a cuatro minutos. Es un regalo, una gesta innecesaria, como le gustan a los campeones generosos y al espigado francés del Beaujolais que enamora. Podía haberse mantenido discreto y silencioso toda la Itzulia, arropado en su equipo como hacían antes los líderes, administrando la ventaja que obtuvo en la contrarreloj del primer día, pero eligió convertir cada día en una proclama de su ser, su carácter, su voluntad de ganar siempre, de pelear, de su maillot amarillo. Un Pogacar de Lyon que abomina del cálculo y acaba pagando su osadía. Vuelve a ser el niño torpe de movimientos que se libera haciendo escalada de gimnasio y solo sabe correr al sprint desde el primer metro. La bicicleta es su liberación.
El amor al riesgo. Llega arrastrándose a Bergara, la meta final, pero llega vencedor. La Itzulia es suya. Su más joven ganador de la historia. Txapeldun orgulloso de la txapela que le distingue en el podio por delante de dos jóvenes con los que seguirá peleando los próximos años, Florian Lipowitz y Tobias Halle Johannessen. Luego, cambia la txapela por una gorra y acampa en el podio, donde recibe todos los maillots, el blanco de joven, el azul de la montaña, el verde de la regularidad.
Su ataque, la trompeta del Apocalipsis o algo así. El pelotón se disuelve en grupos pequeños, desperdigados, de supervivientes azotados por la lluvia. A Healy, Soler y Skjelmose los engulle otra fuga, otro grupito; a Seixas, una pájara. La lluvia no le devuelve su amor, le despoja de energía. A Andrew August, 20 años, Ineos, otro chaval, mofletes y rizos de niño criado en los suburbios de Nueva York, no le atrapa nadie. Gana la etapa. El segundo triunfo de su carrera después de otra etapa en la Comunitat Valenciana.
Los valles navarros, guipuzcoanos, vizcaínos han sido el escenario del advenimiento de Seixas a los 19 años, ya anunciado con fogonazos de genio solitario, ofensivo, audaz, en otras carreras —en las Strade Bianche, sobre todo, ante Del Toro, al que destroza en la subida a Siena, y Pogacar—, como son también el lugar, tan cerca de su cuna y sus raíces que elige Pello Bilbao para anunciar que 2026 será su último año en el ciclismo. Como para Ion Izagirre, que también está de gira de despedida en su Euskadi, para el corredor de Gernika, de 36 años (generación Mikel Landa, que, herido, aún resiste), las exigencias de la tercera década del siglo van más allá de lo que está dispuesto a sacrificar el líder del Bahréin que cuando pedalea parece que acaricia las teclas de un piano. Con concentraciones repetidas en altitud, en montañas, en las carreteras de las playas, lejos de la familia, el ciclismo ya no es el deporte de la gente de los pueblos, que solo se iba de casa para competir, el deporte que más une al deportista con su tierra. Y para Bilbao —muy buen escalador, magnífico descendedor, gregario de lujo cuando toca, líder que responde con victorias de etapa en Giro, Tour, Dauphiné, Itzulia…—, el ciclismo es sobre todo sentimiento.
