El BCE deja los tipos sin cambios, pero eleva sus perspectivas de inflación por la crisis energética | Economía

El barril de petróleo se ha convertido en el artefacto explosivo que ha hecho saltar por los aires todas las previsiones económicas de 2026. Y mientras su escalada pone patas arriba los mercados energéticos y financieros, el Banco Central Europeo reclama tiempo: la entidad ha decidido este jueves por unanimidad dejar sin cambios los tipos de interés por sexta vez consecutiva, a la espera de contar con más datos sobre el impacto del conflicto. “La guerra en Oriente Próximo ha creado riesgos al alza para la inflación y a la baja para el crecimiento económico, que hacen que las perspectivas sean mucho más inciertas”, reconoce en un comunicado.

Hacerse una panorámica de qué está ocurriendo en tiempo récord se ha convertido en la obsesión del Eurobanco, hasta el punto de que su presidenta, Christine Lagarde, desveló que un experto militar estuvo presente en la reunión del Consejo de Gobierno en calidad de asesor. El equipo de analistas del banco ha hecho además un esfuerzo extra para contar con datos actualizados, ampliando de manera excepcional hasta el 11 de marzo el perímetro de la información recogida para elaborar sus proyecciones, con el objetivo de que aparezca mejor reflejado el shock energético.

Gracias a ello, las previsiones centrales de inflación ya recogen los efectos de la guerra: pasan del 1,9% al 2,6% para 2026, aunque siguen ancladas a medio y largo plazo, con un promedio del 2% para 2027 —justo en el objetivo—, lo que supone que por ahora no contemplan un escenario de enquistamiento de la inflación, si bien la situación es cambiante y la visibilidad escasa.

En cuanto al crecimiento, las malas noticias continúan, aunque sin un desplome de la economía a la vista: esperan que el PIB de la zona euro repunte un 0,9% en 2026 (tres décimas menos), y para 2027 calculan un 1,3%, una décima menos. La guerra devoraría cuatro décimas de PIB.

El factor tiempo, como era de prever, marca el relato de cómo de profundo será el golpe económico de la contienda. “Sus implicaciones a medio plazo dependerán tanto de la intensidad y la duración del conflicto, como del modo en que los precios de la energía afecten a los precios de consumo y a la economía”, ha recalcado el BCE. Las números que baraja, por tanto, son una foto desde el momento actual, pero las posibilidades de que vayan a peor son altas si no hay avances hacia la paz. “El análisis de escenarios sugiere que una interrupción prolongada en el suministro de petróleo y gas resultaría en una inflación superior y un crecimiento inferior a las proyecciones base”, advierte.

El BCE ha puesto números a esas circunstancias más turbulentas. En el escenario adverso, eleva al 3,5% la inflación para 2026, y deja en solo seis décimas el crecimiento. Esta hipótesis asume un barril de petróleo en 119 dólares —muy cercano al nivel actual—, y un megavatio hora de gas a 87 euros —este más lejano, porque el gas ronda los 60 euros—. Detrás de esas cotizaciones estaría una interrupción del 40% de los flujos de petróleo y gas natural que transitan por el estrecho de Ormuz en el segundo trimestre, pero una normalización a partir del tercero.

En el escenario severo, el peor de los contemplados, el fantasma de la estanflación aparece. Los precios se dispararían un 4,4% en 2026, con un avance del PIB de únicamente cuatro décimas, merced a un barril a 145 dólares y un megavatio hora de gas a 106 euros. Para que se diera, el BCE supone que un 60% del tránsito de energía quedaría bloqueado, habría daños significativos a infraestructuras energéticas, y un restablecimiento de la normalidad mucho más tardío, ya en 2027.

El repunte simultáneo del crudo y el gas natural por el bloqueo del estrecho de Ormuz y la destrucción de instalaciones de gas y crudo suponen un nuevo examen para Lagarde y los suyos. Un test que llega cuando todavía no se ha borrado el recuerdo de lo sucedido en 2022. En aquel entonces, el diagnóstico de una inflación transitoria fue erróneo, lo que propició una reacción tardía, pero Lagarde ha querido marcar distancias entre ambas crisis: recordó que al empezar la invasión de Ucrania la inflación rondaba el 6%, frente al 1,9% actual, e insistió en que las herramientas de análisis que utilizan ahora son más eficaces para anticipar tendencias. “Estamos bien posicionados y bien equipados”, resumió.

El dilema, en cualquier caso, regresa de nuevo de la mano de una campaña militar: ¿inflación temporal o persistente? En la respuesta está parte de la solución. Pero el acertijo es endiablado: nadie, salvo tal vez el inquilino de la Casa Blanca y algunos de sus más cercanos colaboradores, sabe cuánto durará la guerra. Quizá tampoco ellos. Ni siquiera un final repentino es garantía de normalidad: existen incertidumbres sobre cuánto se tardaría en retomar la producción energética si EE UU e Israel dan por finalizado el ataque, y hasta qué punto Irán permitirá el paso seguro de crudo y gas en la posguerra si el régimen sobrevive. Esa falta de visibilidad empuja al BCE a centrarse en los datos, pero le obliga a ser paciente. Dentro de seis semanas, cuando vuelva a reunirse, sí contará con un arsenal actualizado de números de inflación, empleo y crecimiento.

Mientras tanto, el encarecimiento de la energía ya golpea el bolsillo de los ciudadanos al llenar el depósito o poner una lavadora, daña los márgenes de la industria más intensiva en energía, eleva los costes de transporte, y puede acabar reduciendo los márgenes empresariales si el consumo se ve afectado. Esa capacidad de las cotizaciones de la energía de filtrarse masivamente a la economía real preocupa. Cualquier producto, de los alimentos a la tecnología, es susceptible de subir de precio si también lo hacen los costes de mover mercancías de un lado a otro, las cadenas de suministro continúan sufriendo retrasos y recargos, y los salarios mejoran para paliar la pérdida de poder adquisitivo.

Todo ello eleva la presión sobre el BCE para que aumente los tipos de interés, actualmente en el 2%. Y da argumentos al sector más halcón, partidario de no dar tregua a la inflación aun a costa de penalizar el crecimiento, aunque el banco no da por hecho que vayan a producirse esos temidos efectos de segunda ronda. “La transmisión del impacto de la subida de los precios de la energía a los precios de los bienes y servicios no energéticos sigue siendo muy incierta”, afirma.

El mercado de futuros predice dos subidas de tipos de interés en este 2026. Y el euríbor está recogiendo esas predicciones en su cotización, que está viviendo un marzo de fuertes incrementos. El castigo a los hipotecados a tipo variable y a quienes buscan endeudarse próximamente parece inevitable si la guerra continúa.

¿Qué va a mirar el BCE en las próximas semanas para decidir si es hora o no de tocar los tipos? Lagarde citó entre los aspectos a vigilar la marcha de los mercados de materias primas, los cuellos de botella en las cadenas de suministro, las expectativas de subidas de precios de las empresas, los indicadores de demanda, producción y confianza o los salarios. Esa ensalada de datos marcará la política monetaria de un año que se preveía plácido para Fráncfort hasta que las bombas empezaron a caer sobre Teherán.

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