La paradoja del subsuelo de Venezuela, ¿oportunidad o ilusión? | Opinión
El subsuelo venezolano es un libro abierto para un geólogo porque narra una historia de abundancia extrema y paradojas profundas. El país que supuestamente atesora las mayores reservas probadas de petróleo del planeta se debate en una crisis sin precedentes.
Existe una correlación negativa entre la abundancia de recursos y el crecimiento económico, un fenómeno que se conoce como la paradoja de la plenitud en los Estados petroleros. Venezuela lo ha experimentado de forma radical: la renta petrolera financió no el desarrollo, como en el caso noruego, sino la destrucción sistemática de su propia industria y sus instituciones. La apuesta total por el petróleo se basó en gran parte en un volumen reclasificado masivamente como recurso a reserva probada entre 2007 y 2011, durante la presidencia de Hugo Chávez, sin que hubiera un cambio tecnológico o económico radical que justificara tal reclasificación. Se catalogó como económicamente recuperable un volumen inmenso antes de demostrar la viabilidad comercial a gran escala. Fue una decisión política y contable no basada en criterios geológicos y destinada a catapultar a Venezuela al primer lugar mundial en reservas. Cuando cayó el precio del petróleo en 2014 no había sector productivo que amortiguara el golpe, provocando el colapso.
Es un hecho geológico innegable que el petróleo venezolano es extrapesado, denso, de alto contenido en azufre y metales. Su extracción requiere la inyección masiva de vapor, diluyentes para su transporte y refinerías especializadas. Esta complejidad técnica lo hace poco atractivo. Sin embargo, pese a sus desventajas, puede generar productos derivados que tienen una demanda resiliente y nichos de mercado específicos (gasóleos en sentido amplio, asfaltos y betunes) donde el país puede ser competitivo, siempre y cuando los costes de extracción, mejora, procesado y transporte se mantengan controlados.
Las refinerías norteamericanas complejas del golfo de México, diseñadas para procesar precisamente esos crudos pesados, siguen siendo clave para producirlos. Esta oportunidad técnico-comercial es limitada actualmente, aunque totalmente real. La petrolera estadounidense Chevron, operando en la actualidad bajo una licencia limitada de la OFAC (Oficina de Control de Activos Extranjeros de EE UU), demuestra que, con márgenes adecuados y estabilidad contractual, el negocio puede ser viable a pequeña escala. Aun así, el escepticismo de la industria es categórico. Reflotar la producción a niveles significativos, por encima de 1,5 millones de barriles diarios, es un desafío hercúleo que requiere una inversión masiva y a largo plazo. En este sentido, se estima que se necesitarían más de 200.000 millones de dólares y una década para recuperar niveles de producción de 3 millones de barriles diarios. Así mismo, sería necesaria la recuperación del capital humano perdido por la diáspora de más de 20.000 técnicos y profesionales de PDVSA y la rehabilitación de infraestructuras, ya que la escasa producción actual se sostiene sobre una fracción mínima y degradada del entramado industrial.
Por otra parte, en el contexto de la crisis climática, la explotación a gran escala de crudos pesados de alta intensidad de carbono es cada vez más cuestionable (aunque el declarado negacionista climático presidente Trump no lo vea así). La huella de carbono de la Faja del Orinoco es significativamente mayor que la del crudo convencional. Esto supone un riesgo de que las inversiones se conviertan en activos varados (stranded assets) si la transición energética se acelera, dado que podrían perder su valor económico prematuramente debido a cambios tecnológicos, regulatorios, de mercado o sociales ocasionados por el tránsito hacia una economía baja en carbono, volviéndose improductivos o inviables antes del fin de su vida útil esperada y generando pérdidas financieras significativas para las empresas y los inversores.
Con o sin el Gobierno de EE UU, cualquier actor necesitará garantías jurídicas sólidas, un control operativo real y un mecanismo transparente de gestión. La ayuda de Washington, principalmente a través de licencias y el deshielo de activos, puede ser un catalizador, pero no sustituye estos requisitos fundamentales. Sin ellos, las inversiones serán marginales y cautelosas.
La visión geológica de Venezuela apunta también a un potencial más estratégico a largo plazo: los minerales críticos para la transición energética. El Arco Minero del Orinoco, más allá del oro, alberga recursos de importancia vital como el coltán (fuente de tantalio y niobio), esencial para la microelectrónica y las turbinas eólicas; tierras raras críticas para imanes de motores eléctricos y generadores de todo tipo; bauxita, fuente del aluminio como metal fundamental para la electrificación y vehículos livianos; así como níquel y cobalto, claves para las baterías.
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha alertado repetidamente sobre la creciente tensión en las cadenas de suministro de estos minerales. Venezuela tiene un potencial geológico enorme, aunque su viabilidad real es hoy casi nula debido a la gestión de las últimas décadas. La explotación actual, bajo control militar y de grupos irregulares, es ambientalmente devastadora por el uso de mercurio, la deforestación masiva, documentada por imágenes satelitales de la NASA y organizaciones como SOS Orinoco, y socialmente destructiva. La corrupción sistémica denunciada en informes de la ONU ha impedido que se convierta en una industria formal.
Por tanto, Venezuela enfrenta una encrucijada geológica. Por un lado, un recurso petrolero maduro, costoso y ambientalmente cuestionable que podría ofrecer un salvavidas económico de corto a medio plazo solo si se dan condiciones políticas y de inversión extraordinarias. Por otro, un potencial minero estratégico para el futuro, literalmente enterrado bajo un modelo de saqueo. La verdadera oportunidad económica no está en aferrarse al viejo paradigma del petróleo pesado como panacea, sino en diseñar una hoja de ruta dual y realista: atraer inversión especializada para monetizar de forma eficiente y menos contaminante el crudo pesado donde aún tenga mercado, y paralelamente sentar las bases de gobernanza, transparencia y sostenibilidad para poder integrarse en el futuro a la cadena global de minerales críticos. Esto requiere un cambio de modelo mucho más profundo que cualquier acuerdo petrolero.
El subsuelo venezolano todavía tiene mucho que ofrecer, pero su riqueza solo dejará de ser una maldición cuando la gestión de lo que hay bajo tierra esté a la altura de la complejidad que la geología impone.
